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Holocausto y metafísica

Amigos de mente fría y ambigua intención me lo hicieron llegar. Era un pequeño volumen con la crítica que un filósofo hacía de la obra de otro filósofo. Asunto académico, diréis, no nos interesa. Pero sí amigos lectores, sí os interesa. No me obliguéis a recordaros ese certero poema de Brecht que expresa la desesperanzada reflexión de un hombre acorralado, que asistió indiferente a la desaparición de los homosexuales, pero él no era homosexual y no le incumbía, de los comunistas, pero él no era comunista y no le importaba, de los judíos y de los curas, pero él no era judío y tampoco era cura. “Ahora vienen a por mí, pero ya es tarde”…

La obra en cuestión era un estudio monumental sobre el Genocidio firmado por un tal Horst Aspernicus. El libro que llegó a mis manos, la crítica de la obra en cuestión, era un texto firmado por Stanislaw Lem, polaco y una de las mentes más lúcidas del siglo pasado. A éste acaso lo conozcáis, al menos por sus obras de anticipación científica en la línea de corrosiva crítica social de un Jonathan Swift o un Voltaire. Su notoriedad es grande, al menos en los círculos de lectura atenta y reflexiva, siempre minoritarios, es cierto. Al primero, seguro que no lo conocéis. Ni vosotros ni quizá nadie. Bien pudiera ser éste un caso de erudición apócrifa, del estilo en que era maestro Jorge Luis Borges.

La relación con el autor argentino no acaba ahí, por cierto. Su “Deutsches Requiem” podría haberle servido a Aspernicus para ilustrarle ejemplarmente sus propias tesis. Ya sabéis: es ese relato en que un criminal de guerra nazi a la espera de su próxima ejecución rememora el pasado; cómo y por qué un erudito se convierte en director de un campo de exterminio, y anticipa el futuro; un futuro que mira con la confianza en una victoria final del nazismo en su esencia, no por momentáneamente aplazada menos segura.

El “mutuo exterminio asegurado”, la muerte atómica asegurada fue durante medio siglo el fundamento del “orden político internacional” y la “paz”.

Es sorprendente la escasa atención crítica que el tema del “Exterminio masivo planificado” ha despertado entre generaciones de filósofos prontamente dispuestos, por otra parte, a disertar sobre naderías. Sorprendente y escandaloso. Aún más escandaloso y vergonzoso ha sido el movimiento masivo de Europa y el mundo hacia la exculpación y el olvido, hacia la omisión cómplice del deber de hurgar en la herida, de delimitar responsabilidades individuales y colectivas, de afrontar la vergüenza y la culpa.

El pueblo alemán se volvió amnésico. Nadie sabía nada, nadie era culpable de nada y poco menos que no había habido nazis en Alemania. Los aliados, por su parte, se preocuparon más de reciclar a los responsables y científicos del régimen caído en el nuevo escenario de la Guerra Fría, que de hacer, bien y a fondo, justicia.

Ha habido dos interpretaciones “académicas” del fenómeno nazi, y una interpretación heterodoxa o esotérica. El nazismo habría sido para unos un fenómeno de tipo gangsteril. La toma del poder por una especie de sanguinario sindicato del crimen al estilo de Chicago. Ésta fue, al parecer, la interpretación que predominó en los Juicios de Nüremberg. Para otros, habría sido un fenómeno de crisis y alienación de masas explicable por la sociología y la economía. Hay una tercera aproximación al asunto desde la óptica del ocultismo y sus terrenos afines, que se apoya en el oscuro simbolismo del que el nazismo hizo gala, y en las reconocidas inclinaciones de sus principales dirigentes hacia la magia negra, la astrología y la teosofía, así como en la naturaleza de las sociedades secretas que dieron origen a este movimiento político.

Aspernicus añade una cuarta interpretación, indispensable según él, para amalgamar las explicaciones parciales de las otras tres en un todo coherente que explique lo que ninguna aclara: la complicidad histórica, la amnesia colectiva. Podría llamarse la interpretación metafísica.

Se basa en considerar al nazismo como una auténtica (y novedosa) cultura de la muerte. El nazismo es el retorno simbólico-¡y tan real!- de la muerte, progresivamente expulsada del horizonte vital de las sociedades europeas con la secularización y los avances técnicos y sociales, en el seno de una sociedad avanzada y tecnificada, sumida por avatares históricos bien conocidos, en un profundo nihilismo, en una grave desesperanza histórica. El nazismo es la prueba de que una cultura nihilista es, o fatalmente deriva, en una cultura de la muerte. No se ha reparado lo suficiente en la profunda irracionalidad, a efectos prácticos y utilitarios, de la empresa exterminadora nazi. A los nazis les hubieran sido mucho más útiles los judíos vivos que muertos (y los gitanos, los eslavos, etc., etc.) y, en el paroxismo exterminador de los años finales de la guerra, los recursos empleados en trasladar a millones de personas para su asesinato en los campos se habrían necesitado con urgencia para el esfuerzo bélico que se estaba realizando. Sin embargo, con la guerra perdida, sin esperanzas de supervivencia como régimen, el nazismo siguió matando.

Aspernicus brinda aquí su clave: los nazis estaban matando al Dios “en efigie”, ya que directamente no les era posible hacerlo. De ahí, las escenografías “Kitch” y apocalípticas, las multitudes desnudas subiendo la rampa denominada “camino del cielo” que terminaba en las cámaras de gas. La cultura nihilista de la muerte quería exterminar al “pueblo elegido” como símbolo viviente portador de los valores judeocristianos en los que se funda Occidente.

Así pues, lo esencial que no aproxima a los nazis es pertenecer a una cultura nihilista, en la que fatalmente rebrota una y otra vez la cultura de la muerte. El “mutuo exterminio asegurado”, la muerte atómica asegurada fue durante medio siglo el fundamento del “orden político internacional” y la “paz”.

En el seno de ese equilibrio nihilista de la muerte, surge hoy el terrorismo como rebrote del nazismo en tanto que cultura de la muerte en estado puro. Podemos esperar, aunque no nos atrevamos a imaginar, otros diversos en el futuro.

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