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La broma del estatut

Parece que Pascual Maragall sigue haciendo de las suyas sin cesar en su actitud nepotista; erre que erre con el Estatut, sin valorar el desgaste político que le está ocasionando al gobierno de Zapatero, que ya sólo superaría a los populares en un punto y medio si se celebraran hoy elecciones, tal y como publicaba El País el pasado fin de semana.

Y es que, nadie duda que la filosofía que parte de este Estatuto ha olvidado la esencia de las leyes democráticas, con un pensamiento debilitado que se presta a desencadenar una dictadura del relativismo en suma, dejando demasiada letra pequeña… Pardiez, no se puede aprobar un texto intervencionista y desequilibrado, que no pasa de ser un batiburrillo legal, dejando a un lado los derechos universales e incluyendo competencias que parecen extraídas del diario de Bart Simpson. Un texto que hipertrofia el poder público, que crea un gobierno intervencionista en esceso y que margina al ciudadano y a la sociedad civil.

Son muchos los motivos que aconsejan el rechazo abosulto del Estatuto, aunque principalmente podemos hablar de cinco: morales, filosóficos, políticos, económicos y todos aquellos que parten del pragmatismo del día a día. Igualmente, tampoco se citan condiciones ineludibles de los poderes básicos del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial), leyes que subyacen de la democracia y que garantizan la igualdad, la justicia, la libertad y la solidaridad.

No me gustaría estar en el papel de Maragall, menos aún ahora cuando asistimos a una batalla a pecho descubierto entre un partido y su máximo dirigente, por mucho que unos y otros se esfuercen en lanzar el mensaje de la unidad de criterios. El presidente de la Generalitat intenta jugar sus últimas bazas, mientras que en el PSC, Montilla ha cogido el timón y trata de ajustar las enmiendas al texto estatutario para evitar una catástrofe mayor, porque precedentes ya los hay: rabietas en abierto con Bono o Rodríguez Ibarra; por cierto, muy divertida la riña a garrotazos dialécticos que mantuvieron delante del mismísimo Rey.

En definitiva, los ciudadanos catalanes deberían leer de nuevo su Estatuto y valorarlo, esta vez no tanto por lo que consigue arrebatar al Estado central español, sino por lo que logra arrebatar al propio ciudadano.

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