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Mi réplica a Stephen Hawking

“El valor del hombre está en su consciencia del Absoluto”.
“No somos nosotros quienes conocemos a Dios, es Dios quien se conoce en nosotros”.
Frithjof SchuonStephen Hawking es, probablemente, el científico vivo más brillante. Es, desde luego, el de mayor mérito, y, sin duda, el más mediático del momento. Es un mito viviente.
Habla mediante un sintetizador de voz, y esos tonos metálicos de autómata de película de ciencia ficción de serie B que emite al hacerlo se han convertido en la Voz de la Ciencia por antonomasia.
Y ocurre, como con cualquier otra figura mediática, que tiene un margen añadido de credibilidad que convierte en sentencias cualquier opinión o comentario, aún cuando carezcan de valor intrínseco.

Este poder mediático que da la fama, mejor dicho, esa aura mediática envolvente, ha fabricado legiones de opinadores profesionales sin acreditación de ningún tipo, bien por ser figuras del deporte, ídolos de la canción, artistas varios, actores de moda o tertulianos vociferantes de meritoria entrepierna, que pontifican alegremente sobre lo humano y lo divino.
Incluso Stephen Hawking se ha dejado contaminar por esa tendencia, propasándose fuera de su ámbito de competencia, que es la Física Teórica, para pregonar su “fe religiosa” en el Ateismo puro. Ello ha tenido lugar últimamente en la entrevista exclusiva con el diario “El Mundo” publicada el domingo 21 de septiembre de 2014.
En ella: “El astrofísico británico explica su postura contraria a la Religión y proclama su fe en la capacidad de la Ciencia para desentrañar los misterios del Universo”.
No voy a dejar pasar una línea más sin expresar la admiración que siento por este coloso de la ciencia moderna. Un hombre extraordinario, con una mente genial encerrada en un cuerpo paralizado casi por completo.
Stephen Hawking dice no creer en los milagros. Sin embargo, bien cerca tiene uno, que es él mismo. Un hombre que lleva cincuenta años combatiendo una terrible parálisis progresiva que debería haberlo llevado a la tumba en dos años. Un hombre que se relaciona con el mundo desde una silla robótica controlada por los movimientos que aún puede hacer con la mejilla; que es capaz de expresar unas pocas palabras por minuto, y que necesita tener varios días antes el cuestionario del entrevistador para dar sus respuestas.
Y en esas condiciones, sigue siendo capaz de elaborar y demostrar matemáticamente las teorías más complejas sobre el Tiempo o los agujeros negros.
La mera existencia de nuestro científico, un moderno Job, es un triunfo de la voluntad de vivir y de hacer, y del coraje sobrehumano que no se acobarda ante dificultades abrumadoras.
La ciencia no puede demostrar la existencia del Dios que retratan las religiones reveladas, (salvo que un día haga posible el viaje en el tiempo).
Pero la ciencia de vanguardia sí que puede mostrar, aunque no demostrar totalmente, la existencia del Absoluto; de una Realidad fundamental y originaria que contiene en sí los atributos con los que la mente humana concibe a Dios.
Un científico objetivo y de mente abierta no puede desechar la “hipótesis de Dios” a la luz de los conocimientos actuales, con independencia de sus convicciones religiosas particulares. Como señalaba Louis Pasteur “un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha devuelve a Él”.
Hay una enseñanza de la filosofía moderna que nos descubre que la realidad radical es la vida humana, no en general, sino en particular, cada cual la suya. Todas las demás realidades del mundo son realidades radicadas, es decir, que radican o se encuentran en esa realidad radical.
Incluso la ciencia más objetiva se encuentra enclavada en el seno de ese sistema complejísimo de naturaleza biográfica. La razón profunda de un pensamiento, por objetivo que sea o parezca ser, se encuentra en un proceso de naturaleza biográfica.
No es la ciencia la que realmente sostiene la “fe atea” de Stephen Hawking. Antes lo he asemejado a Job, y no casualmente. Job fue sometido a durísimas pruebas, como consecuencia de una apuesta por su alma entre Dios y el diablo. Pero Job tenía fe, y aunque sus desgracias se le antojaban incomprensibles, su fe lo sostuvo.
En el caso de Hawking, no había una fe previa que diese sentido a una existencia repleta de sufrimiento y dificultades.
Pero había una enorme voluntad y una inagotable sed de conocimiento.
Desde la perspectiva de Hawking, Dios parece absurdo. No es solo que sea, como le explicaba el astrónomo Laplace a Napoleón, una hipótesis innecesaria. Para el hombre Hawking, antes que para el científico, la única excusa que tiene Dios es que no existe, aunque eso no lo reconocería jamás.
Su inexistencia no es una constatación; es un punto de partida necesario.
Y como existe la evidencia de un Origen del Universo, para evitar el concepto de Creación, acude al concepto de Fluctuación Cuántica en la Nada Originaria. No acaba de entenderse como esa fluctuación cuántica genera un Universo que evoluciona inexorablemente hacia la vida y la consciencia…
Pero esto, el recorrido por las aproximaciones científicas al Absoluto, será objeto de un próximo artículo.
Una última consideración me parece necesaria: ¿Y si Hawking no fuese totalmente sincero con su ateismo?
El mismo que, hace años, se refería a la Mente de Dios, declara hoy que la ciencia; la mente del hombre, desentrañará todos los misterios del Universo.
¿No implica esto la creencia en un orden sustentante, por debajo del aparente caos?
¿No supone esta afirmación la existencia de algo divino en el intelecto humano?
¿Y por qué motivo un Universo surgido de la Nada por puro azar habría de ser inteligible para la razón humana?

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