Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

El esparto (II)

Procedíamos del esparto y había visto desde la infancia cómo mi padre mismo iba en una camioneta renqueante a Almendricos o a Pulpí a cargar haces de esparto que le servía Pepe o Lorenzo de Haro. Y si recuerdo ver sufrir a la camioneta subiendo la cuesta del Capitán, peligrosa en sus curvas y en su vileza, había visto mucho antes cómo los numerosos mulos tiraban de los carros que llevaban las llamadas balas al puerto para ser cargadas por los vapores que llegaban al puerto para llevarse la carga que se acumulaba a veces varios días.
Y sabía cómo llevaban en esos mismos carros el esparto a la playa de los Cocedores en La Carolina –que alguien llamaba de don Máximo- y el fuerte olor que arrojaban aquellos haces primeramente mojados en las aguas templadas y más tarde desparramados sobre la misma arena. Un fuerte olor, a putrefacción, se quedaba detenido en el aire, en todo lugar que tuviera relación con el esparto.
Y más aun contemplaba cómo llegaban los miles de kilos de esparto a la fábrica antes de ser rastrillados y picados con denuedo y entereza, sin piedad, temiendo que fueran cuna de serpientes o culebras en las numerosas montañas que se formaban en la entrada. Se iban acumulando en haces antes de ser rastrillada a base de golpear contra pinchos de hierro. Y me divertía mucho, sobre todo con la familia de los Mori, los últimos artesanos del género, que hilaban en el trecho que les dejaba el sendero que iba desde el cuartel de la Guardia Civil hasta el final de la fábrica, allí con sus sombreros, cabeza gacha, el esparto en el pecho, haciendo soga más o menos ancha, más o menos trenzada, más o menos, según las indicaciones que se les diera para hacer hilos para la pesca, para las anclas o para otras necesidades. Lo cierto es que se pasaban el día para arriba y para abajo, pendientes del chaval que les daba a la rueda, pendientes que no se partiera el filete, haciendo hilo de esta o aquella clase.
En nuestra fábrica no había mazos o al menos yo no los recuerdo como aquellos que los Muñoz Calero tenían en la carretera de Vera, junto al huerto Larrea. Allí, con una regularidad asombrosa, sonaban los postes estrellándose contra la tierra, retumbando con cierto temor porque de vez en cuando sabíamos que si la mujer no había sido diestra o había tenido un descuido, debía soportar el peso del duro castigo; acabar con la mano machacada, perder un par de dedos de la mano, soportar el duro golpe. Un grueso bloque de madera, reforzado en hierro, se estrellaba contra su carne. Los mazos apenas dejaban de sonar nunca y nosotros, incluso jugábamos en el huerto de Larrea con los espolones de los gallos o a la pelota, los oíamos como un susurro permanente e inalterable pero nos acercábamos a las bajas ventanas desde las que observábamos aquel rudimentario trabajo de poner las hebras para que fueran machacadas contundentemente. Eran las mujeres, en una atmósfera cerrada, en un ambiente denso y nublado, las que ejercían tan duro oficio, y lo ejercían estando sentadas en el mismo suelo, en posición compleja, temerosas del duro golpe, prestas a recoger el esparto antes de que sonara la madera contra la tierra.
Al esparto se lo llevó el plástico en la década de los cincuenta -aunque persistió en la siguiente década- y propició la ruina, como digo, de muchos empresarios que hubieron de cerrar mazos, trillos, cocedores, incluso se perdió la costumbre de arramblar con las atochas porque ya nadie las cortaba. Águilas intentó aferrarse, como Cieza, hasta el último suspiro y hubo fábricas que perduraron –por la antigüedad de su cartera de clientes- pero muchos de los hiladores que prestaban sus servicios con los Navarro en la rambla del Rubial o en las de los Garriga tuvieron que colgar sus trastos y hacer la maleta para Francia o Alemania. Muchos de los trabajadores de los Muñoz Calero se marcharon a otros lugares. La fábrica de los Garriga –la familia de mi abuela paterna- cerró del todo, la de Bartolomé Marín, a la salida del pueblo siguió la misma suerte. Llegaba la modernidad, pero nos traía la miseria y el hambre por segunda vez y en poco tiempo. Estaba saliendo Águilas de la dura posguerra y pronto, sin quererlo, se topó con una segunda y terrible guerra industrial: la de los plásticos.

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