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El espejo rebelde

En un bestiario fantástico, Borges (el Grande) nos habla de la fauna de los espejos, seres fabulosos que vivirían ocultos en el otro lado del espejo, y cuya aparición, cuyo descubrimiento, sería, según una leyenda china probablemente apócrifa, el preludio de un apocalipsis de subversión y de locura en el mundo: el día de la Rebelión de las Imágenes.

Nosotros hemos logrado con la tecnología darle peso y sustancia a esa maldición profética. Hemos fabricado espejos rebeldes en cadena, en masa, y los hemos instalado en el corazón de nuestra intimidad doméstica; en ese lugar sagrado donde se emplazaba antaño el fuego del hogar, allí donde al abrigo y amor de la lumbre coincidían en silenciosa contemplación o en conversación sosegada los vivos y los muertos; los habitantes de la casa y sus lares protectores.

Hoy no tenemos generalmente presidiendo la casa desde su centro cordial al fuego, enmarcado y contenido por simples o barrocas arquitecturas que hacían de las chimeneas casas dentro de las casas; O más bien templos, santuarios. En el fuego, en sus dedos aéreos y mudables, en sus destellos y colores, en los fulgores rojizos que construían paisajes fantásticos y cambiantes en las brasas, nosotros teníamos una metáfora viva y constante de los orígenes.

En el principio fue el fuego, y al fuego nos remitíamos; A la escenificación constantemente renovada del mito de la creación, en cada hogar encendido.
Hoy el fuego ha desertado de nuestras casas. Frecuentemente, microondas y vitrocerámicas lo han erradicado por completo. En otros casos conserva una presencia testimonial y vergonzante en artilugios metálicos que lo doman y desnaturalizan; Quemadores de asépticas cocinas que solo hablan de frialdad y eficacia energética. ¡Qué frío es ese fuego, aunque pueda quemarnos!.

En su lugar tenemos el símbolo mismo de nuestro tiempo de “modernidad y progreso económico y social”. Porque la televisión es un electrodoméstico sin el cual no se concibe hoy la intimidad doméstica, pero tiene una dimensión simbólica que trasciende de sus muchas y variadas utilidades.

Escribo este artículo porque el tema lo requiere, y no ya uno sino una serie de ellos serían posibles con tal materia, y porque me brinda la oportunidad para hacerlo la celebración que se ha hecho recientemente en España del cincuentenario de las primeras emisiones televisadas.

De niño la televisión entró en mi casa como un regalo familiar para suavizar la convalecencia de mi padre, que había sufrido un accidente y se vio condenado durante largos meses a una inmovilidad forzosa. Tardó en hacerlo porque mi padre no era especialmente partidario de aquella “radio con imágenes” o “cine en casa”, como pretendían que fuera quienes la desarrollaron y pusieron en circulación.

Hoy que hemos perdido la ingenuidad y la inocencia sabemos que la televisión no es en realidad ni lo uno ni lo otro, y actualmente menos que nunca, pues en medida mucho mayor que la que nosotros pidiéramos alcanzar, la televisión no es ingenua ni inocente.
Nos han vendido con el cincuentenario un eslogan de falsedad manifiesta: “La televisión. Cincuenta años enseñándote el mundo”.

Si hay algo que la televisión no hace es enseñarnos el mundo, como no sea “el mundo de la televisión”, como ya diagnosticó certeramente Umberto Eco hace años.

Esa pegajosa melaza de imágenes inconexas, llanas de fusiones, metamorfosis, sincopas, discontinuidades; ese tejer y destejar de formas sin más lógica que su atropellado e incesante fluir desde el rectángulo radiante que preside los hogares no es “el mundo que entra”.

Es más bien el espacio íntimo y personal, ese que resguardaba y caldeaba ayer el fuego, que sale, atrapado por el canto de sirena del constante fluir de las imágenes. Es el espacio íntimo del hogar el que es absorbido y arrebatado, evacuado a la fuerza hacia el universo “plano” de la pantalla.

Nos lo recuerda Miguel Lizano en un lúcido ensayo dedicado a la “caja tonta”: una tira de Quino en la que Mafalda está viendo la televisión. Su madre comenta: “¿Mafaldita no crees que ves demasiado la t…?”.

No llega a terminar el comentario y se queda ella misma también absorta. La niña pregunta distraída: “¿Qué decís mamá?”, a lo que la madre, atrapada ya irremediablemente, solo acierta a responder “mmummm…”.

Esta caricatura retrata la esencia del fenómeno denominado televisión. La madre ve a su hija abstraída y como hechizada, y no tiene ninguna confianza en el valor de los programas que captan de tal manera su atención, y decide entonces intervenir, lo que no le impide quedar inmediatamente atrapada ella también, como una mosca en la melaza.
Hay una paradoja que atañe a la forma de presencia que proporciona la televisión, y es la insaciabilidad que generan en el espectador esas imágenes incompletas y vacías, que se suceden interminables.

La televisión es como una bebida que no sacia ni complace, pero que no podemos dejar de beber sin embargo, y la botella no se acaba nunca. Es en si un fenómeno adictivo de una clase nueva, y me temo que no bien estudiada.

Es un tópico hablar del poder alienente de la televisión. Pero no por tópico es menos cierto. Y actualmente, superadas las consignas ideológicas concretas que pudo transmitir en otro tiempo, como vehículo de adoctrinamiento político directo, se ha convertido en un medio alienante “per se”, en el mismo sentido en que Mac Luhan enunció un día que “el mensaje es el medio”.

La televisión no transmite ya un mensaje concreto: la televisión; ese continuo de imágenes sin principio ni fin, hecho de trozos de películas, publicidad abrumadora, programas basura, noticiarios, videoclips, todo ello junto y revuelto: ese continuo es el mensaje.

Un mensaje pensado, amigo lector, por los “especialistas en ti” para que “seas tu mismo”.

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