Nuevo Elogio de la locura

¡Ah, si los hombres renunciasen enteramente la sabiduría, si estuviesen conmigo (la Locura) durante el transcurso de toda su vida, ignorarían los sufrimientos de la triste vejez, y los encantos de una juventud eterna les proporcionarían en todo momento la alegría y la felicidad!” (Erasmo de Rotterdam., Elogio de la Locura).
“Sólo conozco dos infinitos: el del Universo, y el de la estupidez humana, y no estoy muy seguro del primero de ellos”. (Albert Einstein).
Corren nuevos vientos de cambio y libertad en Europa. Todo se cuestiona, las laboriosas certidumbres escolásticas empiezan a sonar a letra muerta, y la Naturaleza empieza a verse como un misterio y un reto abierto a la Razón. Magia y simbolismo sí, pero también crítica y experimentación, aplicación abierta y libre de la Razón. Es el Renacimiento.
Y en ese tiempo, se da un nuevo tipo de hombre, que hace de su libertad de conciencia el fundamento primero y más firme de su identidad. De entre ellos, quizás los más grandes sean Montaigne, Erasmo, y nuestro Luis Vives. Y el examen crítico de las acciones humanas, ese “libre examen” de textos y tradiciones que afectará también, con incalculables consecuencias, a los textos bíblicos, revela hasta qué punto los hombres están ciegos y perseveran en el error.
Erasmo dará voz as la necedad y a la locura para justificar irónicamente la importancia de su presencia para la buena marcha de los asuntos humanos.
La mirada de la “stultitia” romana; la “moria” griega, que en castellano habría que llamar antes estupidez o necedad que locura, revela con dolorosa nitidez el verdadero perfil de la condición humana.
Entre los tontos de todos los tiempos es un lugar común afirmar que felicidad e ignorancia van de la mano.
Y no sólo entre los tontos. Voltaire ya lo llegó a aconsejar: “Il faut s’abêtir” (Conviene hacerse el tonto). Hasta la Biblia advierte que aumenta sus penas quien acrece su sabiduría.
Parece pues, que coexisten en el hombre dos inclinaciones contrapuestas: la voluntad de conocimiento, encarnada en los menos; los más valerosos y lúcidos, la “aristocracia del espíritu”, por una parte. Y la voluntad de insipiencia por la otra, la renuncia al conocimiento y a la lucidez, la muelle aceptación de la ofuscación y la pereza.
No saber, no pensar, sentir tan sólo.
Para unos la intemperie, desnudos frente al viento cortante y puro de la Verdad. Para otros, el húmedo calor animal del establo.
Pero con nuestro autor, ese esquema se complica. No perdamos de vista al personaje: Erasmo-Desiderio (“El deseado”, en sucesiva versión griega y latina) de Rotterdam.
Es un humanista, algo propio y casi exclusivo del Renacimiento; algo que no se había dado antes. Había habido sabios, pero no humanistas.
Algo que sobreviviría a duras penas en los siglos posteriores, hasta su completa extinción en los duros tiempos de Internet.
Erasmo, que hoy les sonará a muchos a dispensador de becas baratas para el zascandileo académico internacional, centra su mirada en el hombre.
Convierte al hombre en el foco de su atención y su pensamiento. Como es un humanista, lo ve de un modo global, integral, completo, tal y como lo considera Pico de la Mirandolla en su “Oración por la dignidad del hombre”.
Pico ve en el hombre un ser que no es ni ángel ni bestia, y cuya dignidad rebasa la de ambos géneros, ya que es una criatura libre para inventarse a sí mismo, para darse a sí misma un ser propio, eligiendo lo que, sea alto o bajo, quiere llegar a ser.
“Erasmo, que es humanista, no se va a limitar a fustigar y a satirizar la estupidez humana, en la estela de muchos escritores grecolatinos, o los trovadores medievales, ni tampoco la va a juzgar como algo inherente a la condición biológica, animal o incluso mecánica que verán en el hombre los sucesivos reduccionismos científicos que se sucederán en épocas posteriores.
Reduccionismos que nos llevan hasta un presente en el que Richard Dawkin y Jacques Monod nos llegan a ver como meros portadores efímeros de un código genético surgido por azar (consúltese “El gen egoísta”, del primero, y “El Azar y la necesidad”, del segundo).
Existe una apreciación paradójica en esa locura que tan locuazmente se defiende a sí misma en el Elogio de Erasmo. De hecho, en esta obra se trata tanto de la mera estupidez (moria, stultitia), como de la locura en el sentido de una percepción alterada de la pura y dura realidad; de una acomodación de esa realidad, a menudo indigesta, a veces letal, para poder, pese a todo, vivir con ella, hacerse un hueco a su lado.
Ése es un mecanismo defensivo que la lucidez total de Erasmo nos enseña a detectar en todos los campos de la actividad humana, incluido el religioso, lo que no dejará de acarrear después serios problemas a su obra, puesta más de una vez en el índice de los libros prohibidos.
Pero la actitud de Erasmo ante esa locura, o delirio interpretativo, es abierta, tolerante, dialogante. De ahí la inevitable ruptura con la soberbia y la intolerancia de Lutero, de quien un día fue amigo.
Erasmo, cinco siglos antes que Daniel Goleman, había intuido ya ese concepto de “inteligencia emocional”; esa forma de intelección a través de los sentimientos y flaquezas humanas, de la que hace gala la Locura, en su discurso, tan lleno de cordura.
No es de extrañar que un hombre tan sabio y de tan rica y profunda experiencia vital como Miguel de Cervantes se dejase influir tan intensamente por el pensamiento de Erasmo.
El Quijote, tanto en la visión del mundo que sostiene la trama de la novela, como en la caracterización de sus principales protagonistas, es puro erasmismo. La lúcida locura de Don Quijote es la misma que hace anteriormente el Elogio de sí misma, tomando posesión de la vida apacible y del enjuto cuerpo del buen hidalgo Alonso Quijano, y empujándolo a reinventarse a sí mismo en una aventura maravillosa.
Hoy día, los poderes que mueven este mundo nos quieren estúpidos.
Han tejido para ello una red opresiva y ubicua de engaños y mentiras que nos sitúan individual y colectivamente en la irrealidad.
Frente a su necia y letal cordura, bienvenida sería la sabia y liberadora locura erasmista. Con ella podríamos abrir los ojos sin temor a quemarlos, y aprender a ser libres…

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