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Fanatismo

Por Francisco López Belmonte

Al leer un libro de Eva Díaz Pérez, periodista sevillana, titulado “Memoria de Cenizas”, cuya historia se desarrolla en la Sevilla de S. XVI, comprendo que las cosas no han cambiado mucho desde entonces, en cuanto a fanatismo religioso se refiere. Si en aquella época oscura que vivió España, y parte de Europa, se persiguió, se torturó y se asesinó escudándose en la religión para ejercer una violencia implacable, hoy observamos comportamientos semejantes a nuestro alrededor.

“Fanático” viene del latín “fanaticus” que quiere decir exaltado, intolerante, frenético, según la R.A.E.: “Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones. Entusiasmado ciegamente por algo”. Esta palabra se usaba en relación con los antiguos sacerdotes paganos que practicaban violentas actividades religiosas.

El fanatismo conlleva intransigencia y un celo desmesurado por una idea determinada. A veces nos entusiasmamos con algo, hasta tal punto de caer en el fanatismo, bien sea político, religioso, incluso deportivo. Podemos ser fanáticos seguidores de un actor o de un músico en especial. Podemos ser fanáticos hasta llegar a la locura; y esto lo vemos a diario si leemos un periódico o vemos la televisión. Muchos de los crímenes que se comenten (hoy y siempre) obedecen a un celo desbordado, a un fanatismo violento, que ciega a las personas y las lleva a cometer acciones horrendas.

Leí en una ocasión que el fanatismo es “hijo del falso fervor y de la superstición y padre de la intolerancia y la violencia”. Y es cierto, porque distorsiona la verdad y convierte algo que podría ser bueno (unos principios morales, unas creencias religiosas) en una pesadilla que termina en dolor y muerte. Podemos constatarlo mirando hacia atrás, además de la “Santa Inquisición”, están los hornos crematorios de Hitler o la locura de Jim Jones, aquel predicador que condujo a cientos de personas al suicidio en la Guyana; hechos vergonzosos para la humanidad.

La peor forma de matar, la más absurda, es aquella que manda matar en nombre de Dios (no olvidemos “las Cruzadas”). José Saramago dice: “Durante siglos, la inquisición fue, también, como hoy los Talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer”.

No se puede privar al ser humano del derecho a su libertad de conciencia. DIOS nos hizo libres para escoger y no podemos ser privados de ese don por unos fanáticos que se creen Sus seguidores y defensores. No hay nada más absurdo y malévolo. Prefiero un ateo a un fanático; porque el ateo puede llegar a conocer a DIOS, pero el fanático destruye el conocimiento de DIOS. Recuerdo el caso de Esteban, un discípulo de JESÚS, que fue lapidado en el siglo I por judíos fanáticos que no podían tolerar que las enseñanzas del “Nazareno” dieran la libertad a los hombres. Las organizaciones religiosas siempre pretenden controlar las vidas y mentes de sus adeptos. Nada más lejano de la auténtica enseñanza de JESUCRISTO que dijo “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

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