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El efecto Chávez

“Los honores y las injurias que provienen del vulgo han de tenerse en la misma cuenta; no te alegres de los unos ni te ofendas con las otras”. (Séneca)
“Decir mentiras constituye el único arte de la capacidad mediocre y el único refugio de los hombres viles”. (Chesterfield)

Pasan los días, y no ceja. Sigue, como la lluvia inclemente que anega las tierras castigadas por el monzón. Sigue como la famosa “pertinaz sequía” que nos abrumó en los años grises de franquismo y subdesarrollo, o en estos años, igualmente grises, de satrapías autonómicas y desidias estatales, donde ministras feroces como Erinnias del Averno nos niegan el agua y el vino, el pan y la sal, el tabaco y el café, la caza, los toros y el toro de Osborne. Sigue, como la gota que horada la piedra, o el craneo dolorido del sometido a tormento chino. Sigue y sigue. Chávez no se calla.

Esta claro que hablo aquí del Bolivar del cono sur, del fiero Robestpierre de las Américas. Este habla por los codos. No. Me desdigo. No habla.

Pido un respeto para la palabra, que, según la afortunada definición de Ortega (el filósofo, no el salteador de caminos metido a presidente) “es sacramento de muy delicada administración”.

Si el uso ponderado de la palabra le otorga valor sacramental, el uso diarreico y logorreico, el abuso descomedido y maledicente, el bombardeo verbal para destruir, calumniar, insultar y confundir, la reduce a flatulencia cacofónica y maloliente, convirtiendo la faz de quien la profiere en un trasero perdido y descolocado.

He visto, amigo lector, alguna fotografía del ente llamado Chávez tomada recientemente; alguna fotografía de primer plano del ente, retratado en pleno delirio oratorio-defecatorio, insultándote a ti y a mi, al Rey y a España. Y no son figuraciones mias. Una curiosa configuración perceptiva de tipo gestáltico, acentuada sin duda por los mofletes hinchados, los ojillos porcinos convertidos en casi inexistentes ranuras, los labios carnosos y felatorios incurvadas en forma de O, fruncidos por la energía del gesto, era responsable del efecto.

Porque se producía un efecto-un “efecto Chávez” – que convertía la imagen facial retratada en lo que un objetivo indiscreto podría captar si se disimulase en el fondo de uno de esos artilugios de loza popularizados por el señor Roca, y que se suelen encontrar en los cuartos de baño, cuendo el tal artilugio estuviese cumpliendo sus funciones propias.

Y es que, una vez más, se cumple el axioma evolucionista: la función crea el órgano. Cuando la palabra se degrada a residuo digestivo de desecho y eso acontece de forma prolongada y habitual, al final pasa lo que pasa.

No merece la pena que dedique una sola línea a la refutación de los improperios vertidos por ese cauce vil. Se trata de una argumentación excremencial y demencial, que no conviene remover para evitar las nauseas.

Sí me interesa en cambio, seguir viendo las posibles acepciones de lo que he dado en llamar el “efecto Chávez”.

“Efecto Chávez” en cuanto a la dudosa consistencia y sustancia del sujeto. El ente Chávez no tiene esencia, es intrínsecamente insustancial. No está donde está por su peso específico, aunque se pueda decir de él siguiendo diversas acepciones que es un pesado.
Él es tan solo un efecto, una consecuencia indeseable de una situación de endémica corrupción política, de decadencia social, de injusticias flagrantes, de irracionalidad y crueldad revolucionarias. ¡Pobre país, y pobre gente, con una capital reputada no hace mucho como la ciudad más peligrosa del mundo, y con una clase política tan decadente como para encumbrar a presidente a un rufián tabernario de la peor ralea!.

El “efecto Chávez”, como el “efecto Castro”, el “efecto Ortega”, o el “efecto Morales”, son el espejo deformado hasta lo tenebroso y lo grotesco donde se mira la política exterior de España llevada de la mano trémula y pánfila del ministro de Exteriores. Mientras ese espejo nos estalla en la cara, como de costumbre, el “efecto Chávez” suspende- noticia esta de última hora- su torrente de insultos para irse a negociar con Irán tratados ventajosos, se supone que de aplicación inmediata tras la Tercera Guerra Mundial, que estallará – no lo dudes, amigo lector- al día siguiente de que Ahmadineyad considere cumplido su programa de desarrollo nuclear.

Todavía me queda por considerar otra vertiente del “efecto Chávez”. Es, por una parte, la puesta en evidencia de la inanidad, de la nulidad táctica y estratégica de la Política Exterior de España en estos últimos años. Nos hemos malquistado con los vecinos poderosos, cuya cooperación supone prosperidad y seguridad para todos. Hemos renunciado a un papel relevante en el concierto internacional, hemos perdido respeto, consideración, mercados e ingresos, a cambio de afrontar en solitario los insultos, desprecios y puñaladas por la espalda de nuestros “nuevos amigos”; algunos de los regímenes más despreciables y míseros del planeta.

Es, por otra parte, la puesta al día, la actualización del valor del Rey- no tanto de la Monarquía-, un tanto desdibujado por muchos, y quizás prudentes, silencios.
Hemos oído al Rey, fuerte y claro, como cuando puso un día en su sitio a un puñado de espadones nostálgicos. Con una sola frase, lapidaria, enérgica, sin necesidad de apuntalamientos soeces, ha puesto también en su sitio- lo ha sentado “de cara”, podríamos decir- al “efecto Chávez”. Una sola frase, acompañada del porte patricio, del gesto noble, ha puesto contra las cuerdas, ha dejado al descubierto la miseria moral del “efecto Chávez”.

Hoy, en su país, mucha gente de bien, harta de la mordaza “democrática” que se ha extendido allí implacable, la lleva impresa en pegatinas y camisetas, la ha convertido en un lema de resistencia.

En esta última acepción, el “efecto Chávez” no podía ser más conveniente.

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