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Pórtico navideño

“Al calvo, in memoriam”….

Ya se van cumpliendo los tiempos. Ya se van acortando los días, rumbo a la fecha clave del 21 de diciembre, cuando la rueda de la vida y la muerte cambia el sentido de su rotación, cuando se abre la fase ascendente del ciclo anual. Sin embargo, esta fase ascendente señala el comienzo del invierno, así como la fecha del inicio de la fase descendente del ciclo señala el comienzo del verano. Hay una correspondencia inversa entre los solsticios y las estaciones que ha sido objeto de valoración simbólica en las diversas culturas.

Así el simbolismo latino de las puertas solsticiales representado por las dos caras del dios Jano. Están también, momento posterior, los dos San Juan, el de invierno y el de verano.

Es la puerta invernal la que conduce a la fase luminosa del ciclo, y la puerta estival la que lleva a su fase oscura. Esto se corresponde con el nacimiento de Cristo en el solsticio de invierno y el de San Juan Bautista en el de verano, así como con una notable fórmula evangélica que reza de este modo: “es preciso que El crezca y yo decrezca”. (Juan 3-30) (Tomado del diccionario de símbolos de J. Chevalier y A. Geerbrant).
En China, el solsticio de invierno se corresponde con el país de los muertos y es el signo de su renacimiento. Viene asociado al nacimiento y la gestación; es el tiempo favorable para concebir.

En India, el solsticio de invierno abre la “vía de los dioses”, y el estival la de los antepasados, en correspondencia con las puertas de los dioses y los hombres de la tradición pitagórica.

Vemos como en las diversas tradiciones la llegada de la oscuridad es el signo del triunfo de la luz, y la apoteosis de la luz la señal de su decadencia. Esta dialéctica circular que lleva de cada término a su opuesto, porque cada término contiene al otro en el curso de su evolución temporal, es el símbolo directo y la metáfora viva del Tiempo Sagrado, del tiempo circular que gira y gira en torno al eje vacío de la eternidad, donde casa cosa coincide finalmente con su opuesta.

El tiempo de experimentar esto, el tiempo de regocijarse porque la luz yace en el fondo de las tinieblas, es el sentido esotérico y primordial de la Navidad, en correspondencia con la efeméride del nacimiento de Cristo, que traslada ese simbolismo cósmico a una dimensión trascendente para los creyentes, y para los que no siendolo, somos sensibles, no obstante, al arte y la belleza.

En nuestra tradición cristiana, no hay momento del año -excepción hecha de la Semana Santa- que haya suscitado tanto fervor artístico y creativo como la Navidad.
¡Cuánta música hermosa, conmovedora, cuánta pintura y escultura a lo largo de los siglos, dedicadas a cantar el Nacimiento!.

Y es que por todo lo muy someramente expresado aquí, resulta patética y deplorable la actitud tan generalizada hoy de rechazo, de odio incluso, a la Navidad, por parte de determinadas inclinaciones o confesiones ideológicas (especialmente “gauche – divinos-”, nostálgicos filomarxistas y hierbas afines, fervientes practicantes todos ellos, por cierto, de modo confeso o vergonzante, de lo que no dejan de ser, mal que les pese, herejías del cristianismo).

Ellos se lamentan de una “nauseabunda” inflación de falsos buenos sentimientos”, deploran el “consumismo desaforado de estos días”, hablan a voz en grito de “hipocresía social”….

No les falta razón.

Pero yo voy a saltarme los tópicos de la “horrible Navidad”, precisamente dirigiendo la mirada hacia esos orígenes esotéricos y mistéricos que he apuntado antes.

Esos que están presentes en el hecho significativo de que se haga coincidir el sorteo de Navidad con el solsticio de invierno, significando que el día del nacimiento de la luz en las tinieblas -exactamente el 22 de diciembre- es una inflexión propicia en el destino de los hombres, donde los hados derraman generosos sus venturas y abundancias.
Y ahí estaba, estos años atrás, como mago oferente, como hierofante y guía de la “baraka” a quien este año echamos clamorosamente en falta.

Y esta ausencia sí que es una señal de decadencia preocupante. Las otras, los tópicos a que he aludido antes, esos que llenan la boca a tanta cabecita hueca retroprogre, no son sino lo único que cabe esperar de una sociedad como la nuestra, cuya transformación de fondo en estos días sí que sería un auténtico milagro, en el que no se atrevería a confiar ni la más ingenua y crédula de las catequistas.

Pero esta ausencia, esta falta, que no nos acompañe este año asomado a la ventana catódica de nuestras intimidades “el calvo”, esto sí que me acongoja. Esto sí que es una merma del encanto simbólico de los días venideros. Aquí sí que oso doy la razón, retroprogres: la Navidad ya no será más lo que era.

Todos nos sentiremos un poco más huérfanos este año bajo las frías luminarias de diseño que levitan en las calles, a todos se nos harán un poco más empalagosos los atracones, los cavas y las llamadas fraternales de los pelmazos que llevábamos un año intentando olvidar.

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