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EDICIÓN: Águilas | Lorca

EL TIEMPO: Águilas | Lorca

La nostalgia del centro

“El pensamiento de Dios desciende sobre la soledad y el tedio. Es el maná que cae sobre el desierto”. G. A. Borgese.
“Dios es la evidencia invisible”. Víctor Hugo.
“El siglo XXI será religioso, o no será”. A. Malraux.

Este ensayo es una felicitación navideña, amigo lector, a la que podrás adherirte con total independencia de tus creencias y tus descreimientos. Una reflexión para todos, escrita, eso sí, con mi estilo propio y a mi aire.
Apelo a las posibilidades que entraña la Navidad como tiempo propicio para la reflexión, si sabemos ignorar los cantos de sirena de la universal incitación al consumo desenfrenado propia de esta época, en la que la conmemoración religiosa es un barniz cada vez más epidérmico y desfalleciente.
Hay una frecuentísima valoración negativa de la Navidad. Conozco a muchas personas que se sienten particularmente infelices en estas fechas, y se trata de una infelicidad que no se justifica solamente en la nostalgia de tiempos mejores, disfrutados en compañías entrañables que quizás ya no están.
Creo que lo que propician estas fechas, y da origen a esa melancolía, es un sentimiento de carencia; la percepción de una falta primordial de sentido, de hondísimas raíces anímicas.
Ese sinsentido fundamental nos acompaña siempre a lo largo de la vida, pero la alienada rutina cotidiana amortigua su presencia. Y, en estos días, la herida se reabre y nos escuece su dolor antiguo.
Vivimos en un mundo sin centro, un mundo descentrado.
Y la carencia de centro es una fuente de perpetuo malestar, de desasosiego, de permanente tensión. No se puede descansar al filo del abismo. Solo es posible hacerlo sobre un apoyo firme, sintiéndonos acogidos por un orden que nos afirma y nos trasciende.
Ese papel de orden centrado lo cumplía tradicionalmente la Religión, que es un sistema de creencias y preceptos que, al margen de su significado o su absurdo aparentes, nos asignaba un lugar concreto en la realidad, integrado en un todo ordenado; en un cosmos que era, conforme al sentido tradicional del término, lo contrario del caos.
La Religión vertebraba ese cosmos alrededor de Dios, mediante mitos muy diversos dependientes del tiempo y la geografía.
Dios era la fuente originaria, el logos que descendía, impregnándolo todo de sentido, sobre todos los estratos de la Creación.
El Universo entero giraba alrededor de un centro, el Sol místico; un círculo cuyo centro estaba en todas partes y su circunferencia en ninguna, como argumentaba el filósofo Nicolás de Cusa.
La metáfora precedente es extremadamente certera y precisa. En cualquier creación cultural, en la estética y el pensamiento se advertía esa centralidad del logos.
Esa plenitud buscada, que hacía de cada obra humana una “imitatio Dei”, por secundaria o periférica que pareciese con relación al referente divino, llevaba a la búsqueda y persecución de la excelencia, sin que importasen el esfuerzo y el sacrificio invertidos.
La famosa tríada platónica de lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, fundamentada en el logos, ha jalonado la historia humana de obras maestras.
Una historia que pasa por las pirámides egipcias, el Partenón griego, el Panteón romano, las catedrales góticas.
Una historia que pasa por las filosofías de Platón o Aristóteles, por el canto gregoriano, Juan Sebastián Bach o Beethoven.
El complejísimo proceso, en cuyo desarrollo aún permanecemos hoy, y que algunos filósofos como Nietzsche denominaron “la muerte de Dios”, acabó con esa centralidad del logos, con infinitas, inagotables consecuencias en todos los ámbitos de la vida.
Consecuencias muchas veces tan paradójicas como trágicas.
Los totalitarismos políticos, con todas sus secuelas de crímenes y horrores; los fundamentalismos religiosos, con todas sus consecuencias de represión, intolerancia y crueldad; el capitalismo feroz de la globalización, con su avaricia inagotable y su absoluta inhumanidad, son todos, aunque parezcan realidades antitéticas, consecuencias de una misma pérdida.
El Dios del logos ha sido reemplazado por el Estado, el dinero, o un malvado y sanguinario demiurgo que exige sometimiento y muerte.
La pérdida del centro conlleva importantísimas pérdidas derivadas; referentes y criterios de validez que van cayendo sucesivamente como fichas de dominó alineadas.
Por citar algunas de amplio alcance, ahí están la inversión de jerarquías haciendo de la fealdad, la mediocridad y la mentira valores meritorios y criterios dominantes, la perversión moral de la política, o la universal sustitución del ser por el parecer, que nos lleva a un mundo de apariencias y espejismos, de fachadas sin edificios por detrás, por emplear un símil arquitectónico que es, por cierto, de plena aplicación actual para la Arquitectura contemporánea.
En la situación de crisis en la que penamos, crisis aún más anímica que material, con serlo ésta mucho, el retorno a la espiritualidad es lo único que puede ayudarnos.
Una espiritualidad que reconoce, más allá de religiones establecidas, más allá de una fe determinada, una chispa divina en lo más hondo de nuestra alma, una huella del Absoluto. Una chispa que nos habla al corazón más que a la mente, si estamos dispuestos a escucharla en el recogimiento y el silencio, buscando para nosotros un espacio y un tiempo de calma y serenidad.
El filósofo Frederic Lenoire relata cómo logró que convivieran durante una semana un monje benedictino y un lama tibetano.
Mientras contrastaron dogmas y creencias, no hubo encuentro posible entre ellos; en cambio, cuando intercambiaron experiencias espirituales, cuando hablaban de cosas como la meditación, el silencio, la compasión o el dominio de las pasiones, percibieron una identidad fundamental: similares caminos para alcanzar un mismo fin.
De ese encuentro nació una amistad extraordinaria. Los dos comprendieron que todos los que tienen una experiencia espiritual profunda pueden dialogar y entenderse perfectamente.
Yo animo a mis lectores, y éste es el mejor mensaje de Navidad que se me ocurre, a que, estos días venideros, inviertan tiempo y esfuerzo en pararse y reflexionar, en examinarse a sí mismos, en reconsiderar críticamente sus objetivos y prioridades.
Os animo a que os hagáis a vosotros y a las personas que amáis, un regalo intangible. Consiste en que abráis los ojos a la belleza que hay fuera y dentro de cada uno esperando a ser descubierta.
Buscadla, cultivadla, compartidla…

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