Volvemos a la fábula que relaté en mi última mirada. Os expuse a grandes rasgos, mis apreciados y pacientes lectores, bajo una forma metafórica, la inverosímil aventura del arte y su mundo en los tiempos llamados modernos, esos que se anticiparon en el alba del siglo XX y alcanzaron su sazón inmediatamente después de la I Guerra Mundial. Fue un momento convulso, con revoluciones sociales y tecnológicas en marcha, con la memoria de una gran catástrofe reciente que, unos años antes, en la tan nostálgicamente evocada “Belle Epoque” nadie hubiera considerado posible. Con un vasto experimento político-social en marcha, la Unión Soviética, de rasgos tan ambiguos como inquietantes, con la sombra negra de la inflación y la crisis, y los rencores y desaguisados de la guerra y la paz consiguiente, impuesta sobre la injusticia, el abuso y la humillación de los vencidos, incubando la oscura camada de los fascismos y el nacionalsocialismo.
Era un panorama de ocaso, en donde los valores y credos que languidecían en el fin de siglo había periclitado definitivamente, y se buscaban, en una explosión de experimentalismos sin precedentes históricos conocidos, otros nuevos, sin más crédito o fundamento muchas veces que su mera novedad, que su definición a la contra de los establecido.
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