Es bien conocida la leyenda, y no es momento de referirla ahora. La pedagogía de los tiempos de nuestros abuelos no se cansó de hacerlo, Bernard Shaw la llevó al teatro, y los irónicos y los cursis le sacaron, cada cual por la parte que les es propia, todo el jugo posible. Quien se decía Pigmalión llamaba Venus o Diana a sus pupilas, soñaba con idealizaciones apolíneas o furores dionisiacos, aborrecía los excesos pánicos y encendía velas a Clío o a Melpómene para ser guiado por la senda correcta.
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