El otro día estuve en un concierto de música heavy. Tengo la suerte (regular, mala o excelente) de ser muy aficionado a esta clase de música, que para muchos de mi edad es absolutamente espantosa.
Escucharla habitualmente en casa o en el coche es delicioso y excitante, en cambio escuchar ópera (otro vicio), es delicioso en el más amplio sentido de la palabra.Cuando acudes a conciertos en directo, donde el grupo heavy toca ante tus narices , la sensación pasa a un nivel superior, pasa de ser sensación para los oídos a serlo para el estómago, que se mueve al son de las baterías, como en un ritmo ancestral se movían las barrigas de los africanos cuando suenan los tam-tam o de las bailarinas cubanas cuando suenan los bongos.
Es curioso observar a los espectadores de un concierto y de otro: a un concierto de ópera acuden parejas habituales, mayores y normalmente muy elegantes, convirtiendo el concierto en un acontecimiento inolvidable. A un concierto heavy no hay seguridad en que vayan en parejas, suelen ir en grupos irregulares, tíos con tías, pero mayormente tíos con tíos porque esta música suele ser más del gusto masculino, sin explicación lógica.
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