Reconozco que se trata de un tema recurrente , el del puñetero “ Estatut “ ,pero cada semana alguien tiene el empeño de añadir leña al fuego, que también son ganas.
Tal como está la cosa, tal como estamos viviendo la mayoría de los españoles el intento descabellado de acercarse a la independencia por parte de los catalanes, de cómo se ha mostrado el enfado de la mayoría con el boicot al cava, etc., siempre hay que intenta rizar el rizo. Y eso que ya no es fácil añadir más despropósitos al gran despropósito: Por un lado los guardianes de la “ lengua de cocina “ ( la que sólo sirve dentro de ella ) que van y revisan cientos de historias clínicas, con datos muy confidenciales, para aplicar la inquisición lingüística a los pobres médicos que han dedicado su tiempo más a saber de enfermedades y de sus posibles curaciones, que a aprender catalán.
Ahora imagino que andarán de consulta en consulta dejando avisos inquietantes, como hacían los secuaces de don Vito Corleone en los años veinte : “ que te dejes de buscar soluciones para el cáncer, que lo que tienes que hacer es escribir correctamente el catalán, que eso es lo importante, nen….” .
O eso o le meten una cabeza de caballo en la cama.
Luego va el reconvertido al nacionalismo más radical, el antiguo socialista Maragall, que no para de soltar disparates por esa boca de piñón, pero no merece la pena revisárselos, que nos llevaría demasiado tiempo.
Luego ayuda también, el militar que ha sacado a la calle lo que debe ser charla habitual en las cantinas de jefes y oficiales. El gallito ha dejado caer una amenaza tan grave que saca a relucir los peores sentimientos franquistas y tejerianos : otra vez españoles contra españoles, plantea el muy cabrón. Como si de eso no supiéramos ya bastante, como si no nos acordáramos ya del millón de muertos.
Y luego van algunos y le aplauden, demostrando que aún hay quien espera que Franco salga de la tumba ; oye, que a río revuelto…
Y luego va el jefe de los jueces y dice que le interesa tanto aprender catalán como bailar sevillanas, en plan gracioso. Y van , y se cabrean los otros. Coño, como decía Gila: “si no saben aguantar una broma que se vayan del pueblo “.
Un servidor sigue manteniendo una apuesta : que el gobierno actual está llevando a cabo lo que vulgarmente se llama un elegante “ pasteleo” , para conseguir aburrir a los catalanes, para que sean ellos mismos los que se tiren la toalla y se vuelvan a Barcelona siendo tan españoles como han sido siempre.
Quizá la única contrapartida sea que le paguemos el recibo de la luz a una empresa eléctrica catalana. Siempre nos tocará pagar a los mismos. Y que ahí quede la cosa.
Pero lo que sigo sin entender es por qué motivo no aprecian los catalanes , en lo que vale, el enorme cabreo que han provocado en tantos millones de españoles.
Por qué motivo les sigue valiendo la presión a costa de tantos grados de desprecio por los demás ciudadanos de a pié.
Quizá la cosa esté en que la mayoría de lo que es realmente el pueblo catalán, le importa muy poco lo que sus políticos están planteando, y les dejan hacer.
Me da la sensación de que la gente de la calle no está tan radicalizada como sujetos como Carod, Mas, Maragall, de Madre, etc. . El sentido común está en el pueblo.
El gran Don Camilo bautizó así a uno de los más acendrados beneficios de nuestra tradición idiosincrática. A uno de los más conspicuos y sabios signos de identidad del ser hispánico: la siesta. La siesta; puente tendido entre la necesidad de producir y el lujo de existir, entre la fisiología, la cultura y la naturaleza. El gran Don Camilo, que enarboló el estandarte hispano, con capa incluida, en la severa ceremonia luterana de la adjudicación del Premio Nóbel de Literatura hace algunos años, la defendió siempre.
Creo que es certero denominar yoga hispánico a la siesta. Reúne, amigo lector, los habituales beneficios que te procura la práctica del yoga, en orden a la relajación corporal, al descanso, a la clarificación de la mente, a la eliminación del estrés y las tensiones del día. Reúnelos y réstales la sumisión disciplinaria, el tono iniciático y misticoide que con frecuencia arrastra el yoga consigo, y regálate a cambio el frescor de amanecer otra vez cada día; ese pequeño, modesto e íntimo milagro cotidiano. Al producto de estas operaciones que te propongo se le llama siesta.
Tengo amigos muy respetables y laboriosos, ya mayores, que practicaron esa modalidad de yoga con aplicación y virtuosismo, no renunciando a ella ni en los momentos de mayor tribulación y penuria. Amigos de siesta mayor, como la misa de las efemérides eclesiásticas; siesta de pijama y orinal. Y no, no quebraron sus negocios, no fueron expulsados por gandules impenitentes de sus puestos de trabajo. Al contrario, fueron considerados modelos de seriedad y cumplimiento.
Los anglosajones y los germanos, adictos a la religión del trabajo y la productividad, moldeados por la ética activista del protestantismo, que ayer despreciaban la siesta, como cosa propia de pueblos pintorescos y atrasados, empantanados en tradiciones superadas e ineficaces, están saliendo hoy de su error. Están descubriendo el Mediterráneo, o sea, la siesta, avalada esta vez por sesudos estudios científicos.
Personalmente, soy creyente y practicante desde siempre, aunque la mía es la modalidad menor; a medio camino entre la siesta pantagruélica y eclesiástica y el descanso breve, al uso del Rey Felipe II (otro aficionado a la siesta) quien daba sus cabezadas sobre una butaca con una gran llave en mano que, al quedarse traspuesto, caía al suelo, poniendo fin al descanso de tan laborioso monarca, conocido en su día como el “Rey papelero”.
Pero, amigo lector, la necedad “progresada” (que no progresista) no conoce límites. Ya decía Albert Einstein que sólo conocía dos ejemplos de infinitud en la naturaleza: la de la extensión física del universo, y la de la humana estupidez. Y no estaba muy seguro de la primera de ellas. Acercándonos más a nuestros lares, el añorado crítico de arte Santiago Amón, prematuramente desaparecido y no reemplazado, solía repetir con buen conocimiento de causa que en España ya no cabe un tonto más.
Es el caso que la caterva de “progres” que nos desgobierna ha decidido acabar con la siesta por decreto. Lo se de buena tinta. Los grandes triunfadores de la política que nos han malquistado con los Estados Unidos y la Alemania de la “fracasada” Merkel, llevándonos de la mano de lo más granadito del planeta: Mojamé “el fiable”, Evo “el recolector” ( de deudas perdonadas, no de lechugas pese a las apariencias), Chaves “el Bolívar” de los descamisados, y el barbado Castro sempiterno; los que nos han dado la gloria y el orgullo de ser el país europeo que menos va a recibir de la Unión Europea y que más va a tener que aportar; etcétera, etcétera, esos mismos genios tutelares van a reformar de raíz el deplorable ser hispánico suprimiendo la siesta.
Es penoso comprobar una vez más el reflejo intervencionista existente, de viejo cuño marxista irredento, de nuestros desgobernantes. Es el eterno reflejo totalitario de la izquierda doctrinaria, heredado de tantos “ingenieros de hombres” habidos. (Así se llamaban a sí mismos los diversos “estalines” de infeliz recuerdo).
Ya se sabe que lo característico del totalitarismo es que nada le es ajeno. Hay una manera de pensar, de ser, de vestirse, de descansar, de hacer el amor, dictada por los totalitarios de turno. Pues bien, para los genios totalitarios que nos desgobiernan, la siesta es improductiva y sexista. La siesta es machista, reaccionaria y de derechas. Así la han calificado, y se proponen atajar ese error del pasado reduciendo a 45 minutos el tiempo de descanso laboral del mediodía. Dejan el tiempo justo para engullir, preferiblemente en el mismo lugar del trabajo, en soledad vergonzante, un perro caliente o un frío sandwich, aderezado con algún infame refresco de cola.
Ya han logrado regularizar a los chorizos de medio mundo, han equiparado la familia a los ayuntamientos gays y lésbicos. Ya no nos dejan fumar, y no quieren dejarnos beber. Pronto, es previsible que tampoco nos dejen comer, penalizando fiscalmente a los gordos (que generan mucho gasto a la Seguridad Social). Un paso más, y averiguarán que la lectura y la crítica provocan infelicidad en el ciudadano, entre otros inconvenientes de naturaleza política. Ese paso lo han dado ya los socios catalanes del desgobierno (Cataluña en la vanguardia como siempre). Recuérdese el CAC.
Entonces, es posible que un día, como ya anticipara Ray Bradbury, los bomberos encuentren una nueva función alternativa, organizando hermosas piras humeantes con los libros perniciosos. Y todos bailaremos y cantaremos alrededor de ellas con cívico entusiasmo: “¡por el talante, adelante!”.
Sin entrar en juicios de valor acerca de los diferentes ritos y doctrinas religiosas, reflexión que merecería un capítulo aparte, por ardua y arriesgada, pongo sobre la mesa los reiterados “sacrificios” de que son objeto, en este ocasión cientos, en otras han llegado a ser miles, los fieles musulmanes que cumplen con el precepto coránico de peregrinar al menos “una vez en la vida” a La Meca.
Desde luego que para aquellos que la dejan allí, el mandato divino se torna bastante paradójico; un sin sentido que no debería de repetirse ya tantas veces sin que nadie tome medidas al respecto. Estas medidas son anunciadas por las autoridades toda vez que vuelve a suceder la tragedia. En esta ocasión, como no, también ha sido así.
Habrá que preguntarse si realmente se cumplirán estas promesas, o simplemente se trata de silenciar “un año más” a la opinión pública. Ojalá este año “sí sea”.
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