La Actualidad de Águilas y Lorca

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27/11/06: las noticias del día

El señor embajador

El otro día, en la prensa nacional, un buen señor se quejaba de lo que una buena señora había escrito un par de días antes. Hasta ahí normal. Pero el buen señor era el embajador de Israel en España y la señora una columnista habitual de un periódico español y bastante cercana a la forma de ver las cosas de esa inmensa mayoría progresista de españoles.

El buen hombre estaba profundamente molesto porque la señora no hablaba bien de algunos de sus paisanos, de los que mandan más concretamente. Lástima, no aprovechar y darle por pensar que la buena señora podía reflejar un sentimiento más extendido.

El embajador, como es su obligación (y seguramente cobra muy bien por esa función) atacaba a la señora por mostrar su ira contra el gobierno judío. No entraba en las razones por las que la señora Torres decía cuanto decía y se basaba en lo que se basaba.

Al señor embajador se le olvidaban, puntualmente, las matanzas diarias de palestinos, los bombardeos que un día sí y otro también aplica su jefe sobre los miserables moritos, la guerra desigual que ha ejecutado sobre un país vecino, como Líbano, hace unos meses. Parece muy olvidadizo el señor embajador judío.

También se olvida del plan de su gobierno para complicar, fastidiar y evitar la unificación de familias palestinas a ambos lados del segundo muro de la vergüenza (el primero ya se derribó, en un alarde de europea tolerancia que no parece se vaya a repetir en Oriente Medio).

Claro, que allí tienen otro problema, el estado real y legal de Palestina procrea bastante más que el estado usurpador e ilegal de Israel, con lo que la tendencia es muy negativa en unos cuantos años más.

A este paso, en poco tiempo, las matanzas pueden ser más importantes y graves, la ONU seguirá mirando para Burgos, sí, pero los descontentos musulmanes serán muchos más y habrá que aumentar los misiles para acabar con más dirigentes radicales. Los radicales no nacen, se hacen; los hace Israel, concretamente.

Se quejaba el embajador del símil de la política judía actual con la nazi de los años 40.
Debería gastar una pasta en hacer una encuesta a gran escala, y comprobaría que una parte muy importante de la población piensa lo mismo de ellos que lo que decía la buena señora.

No han conseguido (tampoco se han esforzado) en convencer al mundo de que su exigencia es legítima. No lo es, simplemente. Y nadie, sin intereses creados, se la puede admitir. No por ser un damnificado de la guerra se alcanza el derecho de expulsar a unos miserables de sus tierras. Sólo por la fuerza, sin intención alguna de compartir, sino de arrebatar, de avasallar, de humillar y de asesinar groseramente a quien se ponga por delante. Y más fácil si son señoras y niños.

Dentro de muchos años esta historia habrá acabado, como acabó la del Imperio Romano o la del Imperio Otomano, que usurparon las tierras de otros, y la Historia revisará qué y por qué pasó.

Los hijos de nuestros hijos se sofocarán al estudiar los efectos de ese empeño ciego por invadir y asentarse en las tierras de otros, por regar con sangre de otros unos campos de cultivo y unas palmeras que dan dátiles que algunos no parecen tener objeción en comprar cada día en nuestros mercados.

El arte de leer

WHay tres clases de lectores: una, la de los que disfrutan sin juzgar, otra, la de los que juzgan sin disfrutar, y otra entre estas dos, la de los que juzgan mientras disfrutan y disfrutan mientras juzgan. Esta última clase reproduce nueva y verdaderamente una obra de arte; sus miembros no son númerosos”.
Goethe (Correspondencia).

¿No será el leer lo que primero se nos enseña y lo último que aprendemos?. Comienzo con esta interrogación, cuyo fin es remover prejuicios de añeja constitución en el lector, y hacerle consciente de la paradoja que ya de entrada le propongo, pues ¿no está ahora mismo brindándome la deferencia de su lectura de esta “mirada” mía?.

¿Cómo puedo poner en duda ni tan siquiera su competencia con una práctica tan común como es la lectura en nuestra letrada sociedad?.

Me veo, pues, obligado en primer lugar a deshacer un equívoco, no vaya a herir susceptibilidades, y reducir aún más el menguado número de los meritorios afortunados que aún me leen. Sólo pretendo aquí llamar la atención sobre uno de los cuatro o cinco grandes placeres auténticos de la vida (dejo a la perspicacia del lector la determinación de cuáles pudieran ser los demás), ajenos a toda la barahunda consumista que se nos avecina en los próximos días navideños de “felicidad colectiva y obligatoria”.

No dude el lector de que vivimos en una sociedad de placeres acumulativos y tristes, que nos abruma y dispersa ofreciéndonos con aplastante abundancia lo que no nos hace falta, y que sistemáticamente y por principio nos escamotea lo esencial, lo que verdaderamente necesitamos. Por ejemplo, la sabiduría.

En este sentido es en el que debe tomar el lector mi advertencia: no se trata de que no se lea, si no de que no se lee bien. Y al no saber leer bien, se nos escapa algo fundamental y profundamente benéfico.

Y, no lo dude el lector, a la actual sociedad, y no digamos a la clase política del momento, lo ultimo que les conviene es que se convierta en un consciente, crítico, asiduo y agradecido lector. Otra cosa muy distinta es que incluya los libros en la mecánica consumista, que una cosa es comprar libros y otra muy distinta leerlos, o que, puestos a leer, se convierta en un compulsivo devorador de “pest”- sellers (más bien “pest” que “best”: “pest” que viene de “peste”, como suele comprobarse si antes no se cae de las manos el tocho).

Quiero evocar aquí la imagen de un don Francisco de Quevedo, ya en el otoño de su vida, acomodado en un butacón de cuero viejo junto a un fuego que le alivia algo de los dolores y reumatismos que se trajo como recuerdo de la cárcel de San Marcos, en el rigor del invierno manchego, allá en su torre de Juan Abad. Tiene, cómo no, calados los “quevedos”, la expresión grave, el ceño fruncido de cogitaciones y los ojillos chispeando reflejos de inteligencia tras de los cristales.

Sostiene un libro viejo, de tapas de cuero, hecho a mano, con buen papel áspero al tacto. Es probablemente de un autor latino: el heroico Virgilio o el epigramático Marcial. Aplica en su quehacer el consejo eterno del rey Sabio, Alfonso X: “quemad viejos leños, leed viejos libros”.

Escribirá al poco don Francisco, en poema memorable cantando su vida retirada, desengañado de oropeles cortesanos:

Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Y con ello se salva en este mismo momento de la muerte, hecho inmortal por la atenta relectura de los clásicos, condición que ya Píndaro anunció al advertir que “cuando la ciudad que celebro haya muerto, cuando los hombres a quienes canto se hayan desvanecido en el olvido, mis palabras perdurarán”

George Steiner, nos señala, en un bellísimo ensayo, un cuadro del pintor dieciochesco Chardin titulado “Le philosophe lisant”, que puedo también traer aquí a colación. Representa a un artista amigo de Chardin leyendo con su mujer un libro abierto sobre la mesa. Están ambos vestidos como para una fiesta, compartiendo con unción una ceremonia tan intensa como placentera. El lector aborda la lectura con la cabeza cubierta, como lo hacían los oficiantes que se acercaban a los textos sagrados, como lo hacían los lectores de los oráculos.

El libro que acarician sus manos es un objeto importante, una cosa mágica llena de magnetismo y de poder, una llave impresa y finamente trabajada con cariño de orfebre, que abre puertas en la mente.

El “oficio” de la lectura aparece rodeado en el cuadro de objetos simbólicos, que abundan en la importancia y la significación del acto. Uno de ellos, especialmente esclarecedor, es un reloj de arena.

Y es que la lectura atenta inserta el tiempo breve y biográfico del lector en la vasta corriente temporal de las sucesivas lecturas que actualizan el texto a lo largo de los siglos.

El lector trasciende además la anécdota de su tiempo presente, y anuda su lectura de un momento con otras lecturas realizadas por él en momentos anteriores, como si todas ellas fueran partes de un texto único y de un único autor, a cuya aproximación dedicaría su vida entera de lector, si lo es de verdad.

Un autor y un texto que serían, según el poeta Mallarmé la razón última de ser del universo.

Se mueve27/11/06

Teatro demasiado aficionado

“Como en la mejores familias”, de la compañía Verea, no logra superar al resto de obras del Paco Rabal

Como en las mejores familias

Un momento de la representación

El pasado sábado se desarrolló la última de las representaciones que compiten este año dentro del Certamen Nacional de Teatro Aficionado Paco Rabal. En esta ocasión fue la obra “Como en las mejores familias” la encargada de poner el cierre a esta tercera edición del concurso teatral.

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Actualidad27/11/06

ASAJA no ve justificaciones para ensanchar la carretera del Garrobillo

Más de un centenar de agricultores y propietarios de La Marina se dieron cita en el Casino de Águilas

Asaja

Imagen de la reunión

La Asociación de Jóvenes Agricultores de Águilas (ASAJA) celebró, el pasado viernes, en el Sala de Usos Múltiples del Casino de Águilas, una reunión informativa que giró en torno al Plan General de Ordenación, actualmente en fase de exposición pública y cuyo “contenido” apenas conocen los agricultores, apunto el presidente de ASAJA, José Martínez.

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