21/11/06
Los gritos de alarma, desde hace ya algunos años, se oyen cada vez con más fuerza: Nuestro planeta está enfermo. La concentración atmosférica de CO2 ha crecido en los últimos años un 30%. La temperatura media global ha subido y los hielos de la Antártica y Groenlandia se derriten alarmantemente. Si no se toman las medidas oportunas desembocaremos en el primer cambio climático provocado por el hombre.
Estamos destruyendo nuestro propio hábitat. Por otro lado, mientras se erradican ciertas enfermedades, aparecen otras nuevas y resurgen antiguas dolencias con mutaciones resistentes a ciertas vacunas y antibióticos que las eliminaron tiempo atrás. Los diferentes tipos de cáncer y las enfermedades coronarias aumentan en los países llamados desarrollados. En otras latitudes mueren miles de personas por desnutrición y falta de atención médica, mientras otros utilizan misiles, bombas y armas de todo tipo, para matar a sus vecinos más próximos. El porcentaje de suicidios aumenta cada día, especialmente entre los más jóvenes. El ser humano está muy enfermo.
¿Piensan que soy catastrofista? Lo único que hago es resumir las noticias que escuchamos y leemos cada día. Hagan la prueba y verán que es ésta la información que nos llega una y otra vez desde todas las partes del mundo.
Por otro lado, la publicidad nos presiona para consumir cada vez más y así colaborar en todo tipo de enfermedad poniendo nuestro grano de arena. “Convierte tu baño en un balneario”, nos dicen, cuando sabemos que el agua escasea y no tenemos asegurado el suministro. Mientras, nos prometen todo tipo de sensaciones si consumimos una determinada bebida alcohólica, cuando el consumo de alcohol está aumentando cada día para mal de jóvenes y mayores. Se nos ofrecen todas las facilidades, por parte de las entidades bancarias, para adquirir todo aquello que se nos antoje y que nos llevará a hipotecarnos de por vida: Un nuevo coche de gran potencia, con el que contaminaremos más, o una estupenda casa cuya iluminación, climatización y otras comodidades eléctricas, aportarán un elevado consumo de energía. Al mismo tiempo nos esclavizaremos económicamente, lo que dará lugar a problemas cardíacos, subida de tensión arterial por el stress, etc.
Hemos tomado tal velocidad que no podemos parar; como la bola de nieve que aumenta de tamaño conforme baja por la ladera. ¿No podemos parar? Tal vez sí. La clave radica en nuestros razonamientos, o en la falta de ellos. Es imprescindible que examinemos nuestros caminos. Es nuestra mente la que está enferma y todo cuanto hay a nuestro alrededor se resiente por esa influencia, lo reconozcamos o no. Jeremías escribió: “Así dijo DIOS: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma”. Si estamos dispuestos a tomar medidas para impedir la destrucción de nuestro planeta y del ser humano, debemos empezar por nosotros mismos. Aun es posible parar y rectificar. La respuesta a todas nuestras necesidades y la única garantía está en JESUCRISTO, el Hijo de DIOS, pues en ÉL está la Vida.
15/11/06
Por Francisco López Belmonte
Con el tiempo todo cambia, ya que el ser humano es un animal sujeto a la moda, y, como el poder adquisitivo aumenta, muchos no sólo siguen la moda sino que se convierten en “esclavos” de ella. Un ejemplo a estudiar sería el equipo necesario por un estudiante para asistir a clase.
En 1960 el “ajuar escolar” era: Cartera de cuero con libreta, plumier con lápiz, sacapuntas, borrador y lápices de colores, y el libro de ese curso, uno sólo, con algunos dibujos. Para el recreo un bocadillo de verdad, o sea, pan auténtico con sobrasada, salchichón o queso. Se vestía, muchas veces, la ropa heredada del hermano/a mayor, y se calzaba con “colegiales” marrones bien embetunados. Sobre la ropa, a guisa de uniforme, un “guardapolvo” que variaba según el colegio. En los bolsillos los cromos, los caliches o el trompo.
En la actualidad el “ajuar escolar” se compone de: Mochila “de marca”, en cuyo interior, con un peso total de unos quince kilos, se encuentran blocs tamaño folio, de tapa dura, en diferentes colores, cuyas hojas están troqueladas para poder archivar. Un libro de texto por materia, con gran número de gráficos, mapas y fotografías, a todo color, papel satinado y diseño y contenido actualizado cada año. El estuche contiene todo tipo de virguerías. En los múltiples bolsillos de la mochila, objetos de los más variados; no entraremos en detalle. El atuendo del estudiante: Unos vaqueros “tal” y una camiseta “cual”. En un bolsillo, el móvil con todo tipo de sonidos estúpidos y estridentes; al cuello el MP3 con la música del momento, con sus correspondientes auriculares. En otro bolsillo, el “lápiz” de datos para el ordenador, para poder pasarse textos, presentaciones y mil cosas más, y unos cuantos euros para comprarse lo que le apetezca en el recreo. Unas zapatillas, por supuesto de una primera marca, y, bajo el trasero, una moto que haga juego con la personalidad de cada individuo. Sobre la nariz unas gafas de sol y sobre la cabeza el casco correspondiente.
Con este equipazo los jóvenes tienen muchos más conocimientos, estudian muchísimo, obtienen unos resultados óptimos en las clases y su formación cultural y su educación es impresionante. ¿Verdad? Pues no. Penosamente hemos de reconocer que cada vez la formación es peor, a pesar del esfuerzo de los profesores, y que la cantidad ha ido en detrimento de la calidad, una vez más. ¿Son los chicos más felices ahora? Tampoco.
Entonces, ¿Para qué ha servido todo este adelanto? Para esclavizarnos a todos. Nos hemos apartado del camino correcto y hemos perdido de vista lo importante: El interior. La formación ética y espiritual es lo único básico que el ser humano necesita; lo demás es secundario, incluso superfluo. Los mayores somos los responsables de haber “vaciado” de DIOS a esta generación y haberla llenado de cosas inútiles y dañinas. Tendremos que dar cuenta algún día. Salomón escribió: “Dejad las simplezas y vivid y andad por el camino de la inteligencia… el respeto a DIOS es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del santísimo es la inteligencia”. Procura administrar a tus hijos el equipamiento adecuado.
8/11/06
Por Francisco López Belmonte
Al leer un libro de Eva Díaz Pérez, periodista sevillana, titulado “Memoria de Cenizas”, cuya historia se desarrolla en la Sevilla de S. XVI, comprendo que las cosas no han cambiado mucho desde entonces, en cuanto a fanatismo religioso se refiere. Si en aquella época oscura que vivió España, y parte de Europa, se persiguió, se torturó y se asesinó escudándose en la religión para ejercer una violencia implacable, hoy observamos comportamientos semejantes a nuestro alrededor.
30/10/06
Por Francisco López Belmonte
Hace unos días, escuchaba una entrevista que se le hacía a José Manuel Caballero Bonald (Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Poesía 2006), y el título de unos de sus poemas me llamó la atención: “Somos el tiempo que nos queda”. Fue muy interesante conocer los datos biográficos de este escritor, sus numerosos premios y galardones, su multitud de conocimientos, tras una larga vida de experiencias, y su gran maestría y dominio de la lengua castellana. Sin embargo, tras finalizar el programa, en mi mente sonaba aún esa frase: “Somos el tiempo que nos queda”.
Sin aspirar a elucubraciones filosóficas, en realidad ¿Qué somos?, ¿Lo que hemos vivido?, ¿Lo que creemos ser?, ¿Lo que los demás piensan que somos? Recuerdo que, de niños, solíamos jugar a la escritura invisible. Escribíamos con una pluma mojada en zumo de limón, mensajes secretos, sobre un papel, que luego leíamos al aplicarle el calor de una vela, o pasando una plancha por encima.
Algo parecido a lo que ocurre con la impresión fotográfica; el líquido revelador hace aparecer lentamente una imagen que ha sido impresionada con anterioridad. Es una técnica muy interesante que espero no desaparezca con el auge de la fotografía digital. De esa forma, una simple hoja de papel en blanco puede transformarse en un mensaje, o en una imagen; depende del procedimiento que apliquemos.
También nosotros, hombres y mujeres, podemos parecer hojas en blanco; pero, sometidos a la acción de un determinado procedimiento, puede quedar patente y a la vista lo que efectivamente somos.
Es por esta razón, que no siempre estamos dispuestos a someternos a cualquier actividad que desvele nuestra realidad. A veces, es nuestra propia lengua la que nos pone en evidencia al manifestar nuestros actos o pensamientos. Pero, la mayoría de las personas pasamos por la vida sin que nadie llegue a conocernos verdaderamente; porque somos muy hábiles aparentando aquello que nos conviene y ocultando lo que no se ajusta al modelo que queremos representar. La Palabra de DIOS, la Biblia, tiene ese efecto para el ser humano. Se trata de un procedimiento que revela todo cuanto somos, a partir de una apariencia limpia e intachable. Por eso, hay muchos que no quieren exponerse a su revelación, porque lo que ven aparecer en ellos mismos no les gusta y no están dispuestos a reconocerlo.
Pero DIOS nos conoce a la perfección y, por más que nos ocultemos de ÉL, o le demos la espalda, tarde o temprano quedaremos expuestos a ese procedimiento que revelará nuestros más ocultos secretos. De modo que siempre estamos a tiempo de efectuar un giro y cambiar de dirección. Someternos al procedimiento revelador que contiene la Palabra de DIOS y, entonces, con la imagen bien clara, proseguir el único Camino que nos conducirá hacia la Verdad “el tiempo que nos queda”.
24/10/06
Por Francisco López Belmonte
Me ha gustado mucho el spot publicitario que, desde hace algún tiempo, podemos ver en televisión para promocionar la lectura. Se trata de una niña que imita en todo a su padre, con gestos idénticos, mientras no cesa de leer. Ojalá que cunda el ejemplo y muchos se sientan atraídos por la lectura a través de esta promoción. Y es que, queramos o no, tendemos a imitar gestos, actitudes, costumbres y comportamientos de las personas que tenemos cerca de nosotros, sobre todo de aquellos que, por cualquier circunstancia, ejercen cierta influencia sobre nosotros.
Por supuesto, imitamos lo que nos agrada, o lo que nos parece adecuado, o que queda bien, pero a veces, también se nos “pegan” otras costumbres que no son positivas o convenientes, y nos ocurre sin darnos cuenta. Tal es el caso de compañeros de clase que hacen los mismos gestos, o compañeros de trabajo que utilizan el mismo lenguaje. Es, prácticamente, inevitable.
Pero, además, somos capaces de imitar, también, todo cuanto observamos en la naturaleza. Así, desde tiempos remotos, el hombre ha pintado cuadros con paisajes, bodegones, marinas, seres queridos, escenas de caza, dioses, etc. Se confeccionan flores con todo tipo de materiales, algunas tan auténticas que debemos tocarlas para cerciorarnos si son reales o no. En cuanto a la escultura, tenemos ejemplos magníficos, desde la época clásica a la actualidad, de figuras humanas y de animales que te dan la sensación de que se van a mover de un momento a otro.
Lo cierto es que, cada uno de nosotros, tiene en su mente el modelo de persona que nos gustaría ser; y es posible que estemos satisfechos de nuestra imagen y de nuestro comportamiento y no queramos imitar a nadie. Eso no quiere decir que seamos orgullosos, sino que no tenemos otras pretensiones diferentes, y nos sentimos bien.
Sin embargo, si con toda sinceridad nos examinamos a nosotros mismos, puesto que conocemos perfectamente nuestras aptitudes y condicionamientos, nuestros pensamientos y nuestros deseos, podemos estar seguros de que vamos a encontrar ciertas cosas que nos gustaría cambiar. Porque la satisfacción total y constante no existe. Porque el ser humano vive en continua renovación física y psíquica. Unas veces para bien, otras para mal.
Muchas veces oímos a un niño decir que, cuando sea mayor, le gustaría ser como Beckham; o a un músico que le gustaría ser como Herber von Karajan. Se trata de sana admiración por otras personas que consideramos extraordinarias y, por lo tanto, dignas de imitar. Eso no es malo; muy al contrario, sugiere un afán de superación que tiene el ser humano y que lo hace muy diferente a cualquier otro animal sobre la tierra. El “quid” de la cuestión radica en saber escoger el modelo adecuado, y precisamente aquí es donde solemos fallar. De ahí las decepciones que nos llevamos, la mayoría de las veces, con personas que durante años han sido objeto de nuestra admiración. Así también me ha ocurrido a mí con muchas personas a lo largo de mi vida; y, es curioso, que a través de las experiencias, con la madurez que te dan los años, sólo me ha quedado una persona que es realmente perfecta y digna de imitar en todo: JESUCRISTO. Nunca me ha decepcionado y nunca me ha fallado. Si de verdad, con sinceridad, necesitas un modelo a imitar en tu vida: Busca a JESÚS.
4/10/06
No creo en DIOS porque ÉL tiene la culpa de todo lo que pasa, especialmente de lo que me pasa a mí. Por SU culpa murió mi hijita, así que ahora yo lo voy a castigar”.
Algo así debió pensar ese asesino que entró en un colegio de una Comunidad Amish en Pensilvania y mató a cinco inocentes niñas. Ni más ni menos; si su hija no vive que tampoco vivan las de los demás. Así castigó ese hombre tan inteligente a DIOS y después se suicidó él. Por ahí podía haber empezado, por quitarse de en medio y no hacer daño a nadie. Pero, claro, ahora vendrán los profesionales, estudiosos de la mente y el cuerpo de los humanos, diciendo que ese individuo estaba enajenado, que era víctima de antiguos traumas y que no sabía bien lo que hacía porque su mente estaba enferma y perturbada. Eso es; digno de lástima ¡pobre hombre!
Porque decir que se trataba de un malvado asesino está desfasado. Porque la expresión “hombre malo” hoy día está en desuso; es arcaica. No existen malas personas, existen personas “con problemas psíquicos”. Somos tan comprensivos y solidarios… No se cómo se sentirán de comprensivos con este individuo los padres y familiares de esas niñas asesinadas con premeditación y alevosía. Y en cuanto a DIOS: ¡Menudo castigo se ha llevado con la venganza de este justiciero!
Es estupendo eso de tener a alguien a mano para culparlo de todo lo que nos acontezca. Me llama la atención la gente que confiesa no creer en la existencia de DIOS, pero que cuando le parece bien culpan al Creador de todo cuanto les da la gana a ellos. Se quedan sin recursos, sin explicaciones a sus contrariedades y entonces reconocen la responsabilidad de DIOS en todos sus males. ¿En qué quedamos? ¿Existe o no existe?
El rey David escribió en uno de sus Salmos: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, hacen obras abominables; No hay quien haga el bien”. La necedad persiste en el corazón (o la mente) de los seres humanos, a pesar de los adelantos de la ciencia y el desarrollo de los conocimientos y la cultura. El apóstol Pablo (Saulo de Tarso) escribió en su Carta a los Romanos: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”.
Esta es una definición muy actual, a pesar de que han pasado dos mil años por el ser humano, desde entonces. Ya sabemos que la ignorancia es muy atrevida, por eso el hombre o la mujer se enfrentan a DIOS y le piden cuentas, cargados de razones y derechos. La soberbia los corona.
Procuremos más bien ser responsables de nuestros propios actos y aceptar que vivimos en un mundo con dificultades, problemas y adversidades, fruto del desorden y del desequilibrio que nosotros mismos hemos implantado. Dejemos de buscar culpables en quienes depositar nuestros rencores e impotencias. Y, por lo que a DIOS se refiere, no es ÉL el que tiene que darnos explicaciones a nosotros, sino nosotros a ÉL.
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