La Actualidad de Águilas y Lorca

Periódico con noticias locales de Águilas, Caravaca y Lorca

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EL TIEMPO INM: Águilas - Lorca - Caravaca

José Luis González Cobelo

26/12/06

  • José Luis González Cobelo

La Navidad y sus símbolos

Seguimos en la plenitud del tiempo navideño. Y el lector me va a excusar por la reiteración, pero considero oportuno insistir en ello: creo que esa generalizada tristeza que invade tantos corazones en estas fechas es consecuencia del vaciamiento simbólico que se ha producido en relación con su significado primordial.

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12/12/06

  • José Luis González Cobelo

Pórtico navideño

“Al calvo, in memoriam”….

Ya se van cumpliendo los tiempos. Ya se van acortando los días, rumbo a la fecha clave del 21 de diciembre, cuando la rueda de la vida y la muerte cambia el sentido de su rotación, cuando se abre la fase ascendente del ciclo anual. Sin embargo, esta fase ascendente señala el comienzo del invierno, así como la fecha del inicio de la fase descendente del ciclo señala el comienzo del verano. Hay una correspondencia inversa entre los solsticios y las estaciones que ha sido objeto de valoración simbólica en las diversas culturas.

Así el simbolismo latino de las puertas solsticiales representado por las dos caras del dios Jano. Están también, momento posterior, los dos San Juan, el de invierno y el de verano.

Es la puerta invernal la que conduce a la fase luminosa del ciclo, y la puerta estival la que lleva a su fase oscura. Esto se corresponde con el nacimiento de Cristo en el solsticio de invierno y el de San Juan Bautista en el de verano, así como con una notable fórmula evangélica que reza de este modo: “es preciso que El crezca y yo decrezca”. (Juan 3-30) (Tomado del diccionario de símbolos de J. Chevalier y A. Geerbrant).
En China, el solsticio de invierno se corresponde con el país de los muertos y es el signo de su renacimiento. Viene asociado al nacimiento y la gestación; es el tiempo favorable para concebir.

En India, el solsticio de invierno abre la “vía de los dioses”, y el estival la de los antepasados, en correspondencia con las puertas de los dioses y los hombres de la tradición pitagórica.

Vemos como en las diversas tradiciones la llegada de la oscuridad es el signo del triunfo de la luz, y la apoteosis de la luz la señal de su decadencia. Esta dialéctica circular que lleva de cada término a su opuesto, porque cada término contiene al otro en el curso de su evolución temporal, es el símbolo directo y la metáfora viva del Tiempo Sagrado, del tiempo circular que gira y gira en torno al eje vacío de la eternidad, donde casa cosa coincide finalmente con su opuesta.

El tiempo de experimentar esto, el tiempo de regocijarse porque la luz yace en el fondo de las tinieblas, es el sentido esotérico y primordial de la Navidad, en correspondencia con la efeméride del nacimiento de Cristo, que traslada ese simbolismo cósmico a una dimensión trascendente para los creyentes, y para los que no siendolo, somos sensibles, no obstante, al arte y la belleza.

En nuestra tradición cristiana, no hay momento del año -excepción hecha de la Semana Santa- que haya suscitado tanto fervor artístico y creativo como la Navidad.
¡Cuánta música hermosa, conmovedora, cuánta pintura y escultura a lo largo de los siglos, dedicadas a cantar el Nacimiento!.

Y es que por todo lo muy someramente expresado aquí, resulta patética y deplorable la actitud tan generalizada hoy de rechazo, de odio incluso, a la Navidad, por parte de determinadas inclinaciones o confesiones ideológicas (especialmente “gauche - divinos-”, nostálgicos filomarxistas y hierbas afines, fervientes practicantes todos ellos, por cierto, de modo confeso o vergonzante, de lo que no dejan de ser, mal que les pese, herejías del cristianismo).

Ellos se lamentan de una “nauseabunda” inflación de falsos buenos sentimientos”, deploran el “consumismo desaforado de estos días”, hablan a voz en grito de “hipocresía social”….

No les falta razón.

Pero yo voy a saltarme los tópicos de la “horrible Navidad”, precisamente dirigiendo la mirada hacia esos orígenes esotéricos y mistéricos que he apuntado antes.

Esos que están presentes en el hecho significativo de que se haga coincidir el sorteo de Navidad con el solsticio de invierno, significando que el día del nacimiento de la luz en las tinieblas -exactamente el 22 de diciembre- es una inflexión propicia en el destino de los hombres, donde los hados derraman generosos sus venturas y abundancias.
Y ahí estaba, estos años atrás, como mago oferente, como hierofante y guía de la “baraka” a quien este año echamos clamorosamente en falta.

Y esta ausencia sí que es una señal de decadencia preocupante. Las otras, los tópicos a que he aludido antes, esos que llenan la boca a tanta cabecita hueca retroprogre, no son sino lo único que cabe esperar de una sociedad como la nuestra, cuya transformación de fondo en estos días sí que sería un auténtico milagro, en el que no se atrevería a confiar ni la más ingenua y crédula de las catequistas.

Pero esta ausencia, esta falta, que no nos acompañe este año asomado a la ventana catódica de nuestras intimidades “el calvo”, esto sí que me acongoja. Esto sí que es una merma del encanto simbólico de los días venideros. Aquí sí que oso doy la razón, retroprogres: la Navidad ya no será más lo que era.

Todos nos sentiremos un poco más huérfanos este año bajo las frías luminarias de diseño que levitan en las calles, a todos se nos harán un poco más empalagosos los atracones, los cavas y las llamadas fraternales de los pelmazos que llevábamos un año intentando olvidar.

27/11/06

  • José Luis González Cobelo

El arte de leer

WHay tres clases de lectores: una, la de los que disfrutan sin juzgar, otra, la de los que juzgan sin disfrutar, y otra entre estas dos, la de los que juzgan mientras disfrutan y disfrutan mientras juzgan. Esta última clase reproduce nueva y verdaderamente una obra de arte; sus miembros no son númerosos”.
Goethe (Correspondencia).

¿No será el leer lo que primero se nos enseña y lo último que aprendemos?. Comienzo con esta interrogación, cuyo fin es remover prejuicios de añeja constitución en el lector, y hacerle consciente de la paradoja que ya de entrada le propongo, pues ¿no está ahora mismo brindándome la deferencia de su lectura de esta “mirada” mía?.

¿Cómo puedo poner en duda ni tan siquiera su competencia con una práctica tan común como es la lectura en nuestra letrada sociedad?.

Me veo, pues, obligado en primer lugar a deshacer un equívoco, no vaya a herir susceptibilidades, y reducir aún más el menguado número de los meritorios afortunados que aún me leen. Sólo pretendo aquí llamar la atención sobre uno de los cuatro o cinco grandes placeres auténticos de la vida (dejo a la perspicacia del lector la determinación de cuáles pudieran ser los demás), ajenos a toda la barahunda consumista que se nos avecina en los próximos días navideños de “felicidad colectiva y obligatoria”.

No dude el lector de que vivimos en una sociedad de placeres acumulativos y tristes, que nos abruma y dispersa ofreciéndonos con aplastante abundancia lo que no nos hace falta, y que sistemáticamente y por principio nos escamotea lo esencial, lo que verdaderamente necesitamos. Por ejemplo, la sabiduría.

En este sentido es en el que debe tomar el lector mi advertencia: no se trata de que no se lea, si no de que no se lee bien. Y al no saber leer bien, se nos escapa algo fundamental y profundamente benéfico.

Y, no lo dude el lector, a la actual sociedad, y no digamos a la clase política del momento, lo ultimo que les conviene es que se convierta en un consciente, crítico, asiduo y agradecido lector. Otra cosa muy distinta es que incluya los libros en la mecánica consumista, que una cosa es comprar libros y otra muy distinta leerlos, o que, puestos a leer, se convierta en un compulsivo devorador de “pest”- sellers (más bien “pest” que “best”: “pest” que viene de “peste”, como suele comprobarse si antes no se cae de las manos el tocho).

Quiero evocar aquí la imagen de un don Francisco de Quevedo, ya en el otoño de su vida, acomodado en un butacón de cuero viejo junto a un fuego que le alivia algo de los dolores y reumatismos que se trajo como recuerdo de la cárcel de San Marcos, en el rigor del invierno manchego, allá en su torre de Juan Abad. Tiene, cómo no, calados los “quevedos”, la expresión grave, el ceño fruncido de cogitaciones y los ojillos chispeando reflejos de inteligencia tras de los cristales.

Sostiene un libro viejo, de tapas de cuero, hecho a mano, con buen papel áspero al tacto. Es probablemente de un autor latino: el heroico Virgilio o el epigramático Marcial. Aplica en su quehacer el consejo eterno del rey Sabio, Alfonso X: “quemad viejos leños, leed viejos libros”.

Escribirá al poco don Francisco, en poema memorable cantando su vida retirada, desengañado de oropeles cortesanos:

Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Y con ello se salva en este mismo momento de la muerte, hecho inmortal por la atenta relectura de los clásicos, condición que ya Píndaro anunció al advertir que “cuando la ciudad que celebro haya muerto, cuando los hombres a quienes canto se hayan desvanecido en el olvido, mis palabras perdurarán”

George Steiner, nos señala, en un bellísimo ensayo, un cuadro del pintor dieciochesco Chardin titulado “Le philosophe lisant”, que puedo también traer aquí a colación. Representa a un artista amigo de Chardin leyendo con su mujer un libro abierto sobre la mesa. Están ambos vestidos como para una fiesta, compartiendo con unción una ceremonia tan intensa como placentera. El lector aborda la lectura con la cabeza cubierta, como lo hacían los oficiantes que se acercaban a los textos sagrados, como lo hacían los lectores de los oráculos.

El libro que acarician sus manos es un objeto importante, una cosa mágica llena de magnetismo y de poder, una llave impresa y finamente trabajada con cariño de orfebre, que abre puertas en la mente.

El “oficio” de la lectura aparece rodeado en el cuadro de objetos simbólicos, que abundan en la importancia y la significación del acto. Uno de ellos, especialmente esclarecedor, es un reloj de arena.

Y es que la lectura atenta inserta el tiempo breve y biográfico del lector en la vasta corriente temporal de las sucesivas lecturas que actualizan el texto a lo largo de los siglos.

El lector trasciende además la anécdota de su tiempo presente, y anuda su lectura de un momento con otras lecturas realizadas por él en momentos anteriores, como si todas ellas fueran partes de un texto único y de un único autor, a cuya aproximación dedicaría su vida entera de lector, si lo es de verdad.

Un autor y un texto que serían, según el poeta Mallarmé la razón última de ser del universo.

13/11/06

  • José Luis González Cobelo

El colapso

He leído en la prensa un comentario sobre un libro de Jared Diamond de recientísima aparición. Se titula “Colapso” y trata, con extenso aparato erudito y agudeza crítica, al parecer, del fracaso de las civilizaciones. El fracaso de esas empresas colectivas denominadas civilizaciones, confrontadas con dificultades insuperables procedentes de un entorno hostil, de invasiones y conquistas, de deterioros medio ambientales, de epidemias, hambrunas o revoluciones. La obra considera la cuestión desde una óptica interdisciplinar, ya que los declives estudiados son siempre el resultado de complejas interacciones que atañen a disciplinas diversas.

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30/10/06

  • José Luis González Cobelo

El espejo rebelde

En un bestiario fantástico, Borges (el Grande) nos habla de la fauna de los espejos, seres fabulosos que vivirían ocultos en el otro lado del espejo, y cuya aparición, cuyo descubrimiento, sería, según una leyenda china probablemente apócrifa, el preludio de un apocalipsis de subversión y de locura en el mundo: el día de la Rebelión de las Imágenes.

Nosotros hemos logrado con la tecnología darle peso y sustancia a esa maldición profética. Hemos fabricado espejos rebeldes en cadena, en masa, y los hemos instalado en el corazón de nuestra intimidad doméstica; en ese lugar sagrado donde se emplazaba antaño el fuego del hogar, allí donde al abrigo y amor de la lumbre coincidían en silenciosa contemplación o en conversación sosegada los vivos y los muertos; los habitantes de la casa y sus lares protectores.

Hoy no tenemos generalmente presidiendo la casa desde su centro cordial al fuego, enmarcado y contenido por simples o barrocas arquitecturas que hacían de las chimeneas casas dentro de las casas; O más bien templos, santuarios. En el fuego, en sus dedos aéreos y mudables, en sus destellos y colores, en los fulgores rojizos que construían paisajes fantásticos y cambiantes en las brasas, nosotros teníamos una metáfora viva y constante de los orígenes.

En el principio fue el fuego, y al fuego nos remitíamos; A la escenificación constantemente renovada del mito de la creación, en cada hogar encendido.
Hoy el fuego ha desertado de nuestras casas. Frecuentemente, microondas y vitrocerámicas lo han erradicado por completo. En otros casos conserva una presencia testimonial y vergonzante en artilugios metálicos que lo doman y desnaturalizan; Quemadores de asépticas cocinas que solo hablan de frialdad y eficacia energética. ¡Qué frío es ese fuego, aunque pueda quemarnos!.

En su lugar tenemos el símbolo mismo de nuestro tiempo de “modernidad y progreso económico y social”. Porque la televisión es un electrodoméstico sin el cual no se concibe hoy la intimidad doméstica, pero tiene una dimensión simbólica que trasciende de sus muchas y variadas utilidades.

Escribo este artículo porque el tema lo requiere, y no ya uno sino una serie de ellos serían posibles con tal materia, y porque me brinda la oportunidad para hacerlo la celebración que se ha hecho recientemente en España del cincuentenario de las primeras emisiones televisadas.

De niño la televisión entró en mi casa como un regalo familiar para suavizar la convalecencia de mi padre, que había sufrido un accidente y se vio condenado durante largos meses a una inmovilidad forzosa. Tardó en hacerlo porque mi padre no era especialmente partidario de aquella “radio con imágenes” o “cine en casa”, como pretendían que fuera quienes la desarrollaron y pusieron en circulación.

Hoy que hemos perdido la ingenuidad y la inocencia sabemos que la televisión no es en realidad ni lo uno ni lo otro, y actualmente menos que nunca, pues en medida mucho mayor que la que nosotros pidiéramos alcanzar, la televisión no es ingenua ni inocente.
Nos han vendido con el cincuentenario un eslogan de falsedad manifiesta: “La televisión. Cincuenta años enseñándote el mundo”.

Si hay algo que la televisión no hace es enseñarnos el mundo, como no sea “el mundo de la televisión”, como ya diagnosticó certeramente Umberto Eco hace años.

Esa pegajosa melaza de imágenes inconexas, llanas de fusiones, metamorfosis, sincopas, discontinuidades; ese tejer y destejar de formas sin más lógica que su atropellado e incesante fluir desde el rectángulo radiante que preside los hogares no es “el mundo que entra”.

Es más bien el espacio íntimo y personal, ese que resguardaba y caldeaba ayer el fuego, que sale, atrapado por el canto de sirena del constante fluir de las imágenes. Es el espacio íntimo del hogar el que es absorbido y arrebatado, evacuado a la fuerza hacia el universo “plano” de la pantalla.

Nos lo recuerda Miguel Lizano en un lúcido ensayo dedicado a la “caja tonta”: una tira de Quino en la que Mafalda está viendo la televisión. Su madre comenta: “¿Mafaldita no crees que ves demasiado la t…?”.

No llega a terminar el comentario y se queda ella misma también absorta. La niña pregunta distraída: “¿Qué decís mamá?”, a lo que la madre, atrapada ya irremediablemente, solo acierta a responder “mmummm…”.

Esta caricatura retrata la esencia del fenómeno denominado televisión. La madre ve a su hija abstraída y como hechizada, y no tiene ninguna confianza en el valor de los programas que captan de tal manera su atención, y decide entonces intervenir, lo que no le impide quedar inmediatamente atrapada ella también, como una mosca en la melaza.
Hay una paradoja que atañe a la forma de presencia que proporciona la televisión, y es la insaciabilidad que generan en el espectador esas imágenes incompletas y vacías, que se suceden interminables.

La televisión es como una bebida que no sacia ni complace, pero que no podemos dejar de beber sin embargo, y la botella no se acaba nunca. Es en si un fenómeno adictivo de una clase nueva, y me temo que no bien estudiada.

Es un tópico hablar del poder alienente de la televisión. Pero no por tópico es menos cierto. Y actualmente, superadas las consignas ideológicas concretas que pudo transmitir en otro tiempo, como vehículo de adoctrinamiento político directo, se ha convertido en un medio alienante “per se”, en el mismo sentido en que Mac Luhan enunció un día que “el mensaje es el medio”.

La televisión no transmite ya un mensaje concreto: la televisión; ese continuo de imágenes sin principio ni fin, hecho de trozos de películas, publicidad abrumadora, programas basura, noticiarios, videoclips, todo ello junto y revuelto: ese continuo es el mensaje.

Un mensaje pensado, amigo lector, por los “especialistas en ti” para que “seas tu mismo”.

16/10/06

  • José Luis González Cobelo

A través del espejo

La niña Alicia atravesó un buen día el espejo, y se encontró en un mundo de prodigios y fantásticas criaturas, donde el fuego no quemaba y todo era posible. La niña Alicia había salido anteriormente en pos de un conejo apresurado, que siempre llegaba tarde, y, cayendo por un pozo en la tierra, se encontró en un lugar fantástico, también lleno de prodigios y seres fabulosos. El ilustrador John Tenniel fabricó- con los materiales literarios proporcionados por las lucubraciones del canónico Dobson, más conocido como Lewis Carrol, maestro de los delirios racionales agazapados detrás de la lógica y las matemáticas- un mundo onírico a medio e inquietante camino entre el delirio y la pesadilla, que era como el reverso siniestro de la doméstica cotidianeidad victoriana.

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