26/07/06
A pesar de la historia, con un tiempo lineal que “ni vuelve ni tropieza”, una historia que nos arrastra a todos en un viaje inquietante que cada día nos descubre parajes más sombríos, tanto intra como extramuros, tanto en las perspectivas comunes como en la intimidad de los corazones, a pesar de la historia, pero quizás también gracias a ella, no deja de llamarnos con sugestión e insistencia el tiempo mítico, el tiempo circular. Ese tiempo que pasa y vuelve, y que incardina las existencias en vastos ciclos regidos por el eterno retorno, dando argumento y sentido- a veces- a ese fluir alocado a no se sabe donde ni cuando de la historia, de los acontecimientos que -siempre- se están precipitando.
En el tiempo mítico circular, el estío es el tiempo de la sazón, de la cosecha, del cumplimiento.
Quizás es también por ello el tiempo del viaje. Navegar es necesario, vivir no tanto. Así reza el aforismo latino, y ese precepto que antepone el descubrimiento de otros mundos al asentamiento, tanto da si laborioso o muelle, en la rutina, no ha sido nunca tan universal y compartido como lo es hoy. El tiempo mítico, nunca tan añorado y necesario como ahora, nos dice que es hora de partir, de levar anclas rumbo a esos paisajes soñados donde, nos enseñaba el poeta que inventó la Modernidad, “Tout est ordre et beauté, luxe, calme et volupté”; donde todo es orden y belleza, lujo, calma y voluptuosidad.
El viaje es una de las posibilidades vitales más apasionantes y enriquecedoras. Nosotros, que vivimos a plazos, condensando en un breve tiempo cualitativo de libertad e intensidad de experiencias lo que usualmente nos niega el ajetreado, rápido y a la vez lentísimo curso del tiempo meramente cuantitativo (del tiempo lineal, ese que se nos pasa, que se nos escurre entre las manos, pero que , paradójicamente, no transcurre); ese durante el cual no podemos dejar de ser personas productivas y responsables, encadenadas a la eficacia y a la finalidad, nosotros, repito, necesitamos como algo urgente y esencial esa posibilidad: viajar.
Pues bien, viajar es un arte.
Un arte de madurez, que es ideal aprender de un maestro o iniciador, y del que interesa conocer los principios básicos. Quien ha tenido la buena fortuna de hacer en su infancia o su adolescencia un viaje de verdad, llevado de una mano experta, ha conquistado con él patrimonios propios y perdurables en una medida mucho mayor que con cualquier bien material. El recuerdo de los días intensos y felices, el descubrimiento de una insospechada riqueza de paisajes y colores, de rostros aromas y sabores, la alegría de vivir entre lo nuevo y sin ataduras, son cosas intangibles y esenciales que le acompañarán siempre.
Hay que tenerle respeto al viaje y no degradarlo, no frivolizarlo, en el mal sentido del término.
Por favor, lector amigo, no lo confundas con el turismo.
El turismo es su negación y antítesis. El turista es lo contrario del viajero, en esta acepción noble que planteo.
El turismo es un negocio que se basa en la uniformidad y la masificación. El turismo es un engaño, que enmascara lo auténtico hasta volverlo irreconocible. Al turista le reafirman en sus tópicos, le enseñan paisajes de postal que le ofrecen no lo que hay en realidad, sino aquello que él espera encontrar.
Turismo en estado puro es lo que se pretendía que hicieran los esquivos funcionarios americanos al visitar el pueblo “andaluzado” en busca de créditos , en la vieja y entrañable película de Berlanga “Bienvenido Mister Marshall”, o lo que veían los bienintencionados intelectuales occidentales al mirar por las ventanillas del tren que recorría Rusia mostrándoles los milagros de la Unión Soviética: las aldeas Potemkin; unos decorados de idílicas comunidades socialistas, desde donde saludaban el paso del tren agentes del KGB disfrazados de felices campesinos en traje de fiesta.
El turismo es algo arrebatado, rápido, que trata de funcionar acumulando experiencias sin contenido, que te agotarán primero, amigo lector, y que mezclarás, confundirás y olvidarás rápidamente después. Empezarás a ver, enterándote, algo de los lugares en que hayas estado en el caso, nada seguro por otra parte, de que revises y ordenes después del viaje las numerosas fotografías acumuladas.
Es probable que, años después, perdure en tu recuerdo ese paseo sin rumbo que te diste una tarde que la agencia de viajes había considerado como tiempo “muerto” (una tarde “libre”), una tarde residual entre las visitas programadas de dos días consecutivos.
Acaso esa tarde, o esa mañana, ajeno a todo propósito concreto, empezaste, lector, deambulando al azar, a percibir esa atmósfera peculiar y única que constituye la esencia de los lugares con una identidad propia.
Esas pocas calles, esas plazas que desdeñan las guías turísticas se te abrieron entonces, y te enseñaron algo que las guías no cuentan; algo que te estaba destinado a ti, y que recogiste entonces como un regalo, como una gracia.
Recuerda: el viajero no tiene prisa; no pretende abarcarlo todo, suele escoger el camino más largo entre dos puntos, y a menudo ni siquiera tiene un rumbo definido.
El viajero no quiere conquistar los lugares, sino dejarse conquistar por ellos, es un fino catador de atmósferas, deja siempre que el azar y el destino cumplan el importante cometido que les es propio.
En fin, amigo lector, me gustaría seguir, pero el barco no espera (“e la nave va”…), las formalidades del embarque y esas cosas, ya sabes.
Así que otra vez será . Te deseo también a ti un buen viaje, aunque sea, como le ocurría a Xavier de Mestre, “alrededor de tu habitación”.
9/07/06
¿Para que llamar caminos
a los surcos del azar?…
Todo el que camina anda
como Jesús, sobre el mar.
Antonio Machado. Proverbios y cantares
Yo no lo había previsto así. Sucedió que una de estas noches andaba yo a la busca y captura de un poco de relente en una terraza discreta de una de esas gratas y concurridas plazas con que cuenta este Águilas de mis pecados. Estaba allí, gravemente aposentado en mi mesa, solitario y como ausente, momentáneamente al margen de los lugares “de reconocimiento social” que tanto me gusta, por otra parte, frecuentar, sumido en alguna meditación no demasiado trascendente. Se me acercó entonces el camarero y me habló de los artículos que regularmente ofrezco a la consideración del lector en este periódico. Me sacó de mi ensimismamiento, agradecido por elogios que ni él tenía porque darme ni yo había buscado.
Ese desconocido amigo es argentino, y de él procede el tema de este artículo. Me habló entonces de la satisfacción que le daría enviar el escrito a su familia, allá en Argentina. Yo le prometí dedicar una próxima “Mirada” al asusto y él replicó que me tomaba la palabra. Como soy hombre de una sola palabra, he acudido presto a recuperar la palabra tomada, ya que pudiera hacerme falta. Los temas veraniegos, amigo lector, se quedan de nuevo aplazados, en contra de mi inicial propósito.
Me gusta utilizar el privilegio de llenar con mis ocurrencias las líneas que periódicamente se me ofrecen aquí para atraer al lector a los temas y asuntos que me preocupan, con el objeto de recordarle, en primer lugar, que esos temas existen y es necesario que cada uno reflexione sobre ellos, y para brindarle después, humildemente y con todas las reservas, porque no se trata de convencer a nadie, los caminos y senderos por donde discurre mi pensamiento, por si de algo le sirven.
Hay cuestiones que exigen una toma de posición clara, y los recientes acontecimientos políticos constituyen un ejemplo inmediato. Hay otras cuestiones complejas, ambiguas, que requieren puntos de vista encontrados y antagónicos para una cabal consideración, y que pueden además herir fácilmente sensibilidades, bloqueándose el juicio y disparándose las actitudes emocionales con su peculiar discurso conflictivo. El tema de la inmigración pertenece a esta especial categoría de asuntos.
Es un tema al que hay que aproximarse con una profilaxis mental previa, que pasa por desprenderse de prejuicios y de tópicos, tanto denigratorios como favorables, y mirarlo después de frente, con los ojos de la mente y los del alma; con la cabeza y el corazón.
Y es recomendable un ejercicio previo de amnesia premeditada. Amigo lector, olvida todo lo que los políticos de uno u otro signo te digan sobre los inmigrantes.
Para unos son solo un caudal de votos apropiables, una potencial fuerza política que se puede domar en provecho propio (¡Qué arriesgada e ilusoria ha demostrado ser esta suposición en paises con más larga historia de inmigración reciente que la nuestra!).
Para otros son una invasión fundamentalmente nociva y peligrosa, que pone en riesgo de extinción a las identidades colectivas propias.
Los unos adulan y aplauden sin reservas cualquier forma de inmigración, incluso las más desesperadas, masivas e incontroladas, que subterráneamente propician aunque oficialmente suscriban a medias las reservas que la experiencia y el buen sentido han hecho establecer a la comunidad internacional. Ahí están para demostrar esto que afirmo esas improcedentes regulaciones masivas que otorgan a cualquiera estatuto de residente, o las facilidades específicas que se concede a los inmigrantes para conducir mal, no siendo para ellos de aplicación el temido carnet por puntos. Estos que señalo solo ofrecen finalmente al inmigrante miseria y abandono.
Los otros parecen olvidar, por su parte, la misma condición humana de los inmigrantes, personas con toda su dignidad intacta, por muy menesterosa que sea su situación presente. A estos hay que recordarles los versos de Machado que abren esta “Mirada”, y que nos dicen que en suma todos somos inmigrantes, extranjeros proyectados en ese extraño continente que es la vida; que todos hemos sido desterrados en un mundo que nos recibe mal, y que tratamos de volver seguro y acogedor con incierto y secular esfuerzo. Los filósofos existencialistas abundan en ello.
Hay una constatación importante aquí, a mi entender. Desde el fin de la Edad de Oro, desde los orígenes de la Historia, desde que el hombre se puede llamar hombre, la inmigración es una cuestión de grado, una cuestión relativa. También es una condición universal, ya lo hemos dicho.
Todos somos inmigrantes para alguien. Y si no, que se lo pregunten a esos españoles que van a trabajar y a vivir, seguramente por necesidad, a ciertas partes de España donde se les discrimina y se les niega el uso del idioma común. O a esos otros a quienes se hará el vacío y se les negará el pan y la sal por no ser del clan, del cantón, del terruño. Por venir de la capital, o de la región vecina, o del pueblo de al lado. Creeme amigo lector si te digo que yo se algo de esto.
La historia es dinámica, los pueblos se constituyen con variados aportes de sangre y cultura. España misma, esa realidad formidable llamada España, que niegan inútilmente los bobos solemnes es el sedimento de múltiples movimientos migratorios de población acaecidos sin cesar en el curso de milenios.
Por todo esto, por razones tanto humanitarias, como filosóficas, como históricas, nuestra obligación ética y humana y nuestra conveniencia social es permanecer abiertos a un fenómeno histórico imparable, contemplando a la vez las debidas cautelas.
A los españoles hay un tipo de inmigración que debería conmovernos especialmente. Me refiero a la de nuestros hermanos de lengua y sangre del otro lado del Atlántico, que regresan a lo que comúnmente llaman “la Madre Patria” (¡y menuda lección nos dan con eso solamente!). Son la prueba viva de que la empresa de España fue grande y valió la pena, con todos sus desfallecimientos y lacras.
Son hermanos nuestros, sí, pero son también espejos vivientes donde deberíamos mirarnos ahora que se pretende hacernos olvidar quienes somos. Gracias les sean dadas por ello.
26/06/06
Prometo a mis lectores un descanso. Ante los rigores caniculares que se avecinan, prometo no ser beligerante, prometo dejar de lado temporalmente esos temas que las buenas maneras tradicionales excluirían de la mesa, por su influencia nefasta en la degustación de la comida compartida y en la posterior revolución intestinal que alteraría el discurrir plácido de las sobremesas. Mi primera obligación será velar por las buenas digestiones de mis lectores.
Pero en esta mirada tengo que ocuparme de lo histórico, de lo que invade por activa o por pasiva (con su presencia o con su clamorosa y escandalosa ausencia) los espacios de la actualidad mediática (y “mierdiática”, según casos).Tengo que mirar de frente al espejo de los días, ese espejo simbólico que refleja lo que pasa, como el que paseaba por la calle Honorato de Balzac, para que se reflejase en él “La comedia humana”.
Y lo primero y más evidente que salta a la vista, reflejada implacablemente en el espejo, es la ebullición que caldea cada día más la vida parlamentaria española. Atrás quedó el tiempo de la siembra insidiosa de la discordia. Ahora llega, como tiempo de verano que es, el momento de la cosecha: una cosecha de trigo envenenado, de enconus que apuntan ya al odio puro y duro, y de batallas inminentes que va a salpicar todos los aspectos de la vida colectiva, incluso aquellos aparentemente más alejados de la política.
Y es que hay dos dimensiones de la política. Con arreglo a la primera de ellas, la más común y usual, la política es asunto de políticos y acontece con sus agitaciones consustanciales entre los bastidores de la vida cotidiana del ciudadano común. Esa es la dimensión a la que podemos referirnos cuando muchos afirmamos no ser políticos (yo entre ellos). Queremos con ello significar que entendemos la política como un acto de servicio a la sociedad por parte de unos profesionales que ascienden por cauces políticos a las posiciones directivas de control social. (Si esos cauces no fueran políticos, si se llegase al poder por razones hereditarias o se pretendiera una permanencia vitalicia del mismo, pongamos por caso, no estaríamos formalmente en donde, al parecer, suponemos que estamos. Es decir, en una democracia).
Con estos señores (los políticos que nos gobiernan) los ciudadanos que no nos consideramos políticos tenemos la obligación de ser muy críticos y nada complacientes. El que exija la lisonja entre las prebendas del cargo debería ser automáticamente expulsado de la política.
Lo último que hay que hacer con los políticos es creer en ellos. Hay que aplicarles en cambio el dictamen bíblíco en todo tiempo y circunstancia: “por sus obras los conocereis”. Los ciudadanos “apolíticos” de los que me honro formar parte no nos adherimos a un credo político sino que juzgamos con criterio imparcial lo que hacen los políticos. Sin nosotros, sin los que no se alinean, ciegamente y a costa de lo que sea, con un credo político representado sin fisuras ni discusiones por un partido político, simplemente es que no habría en rigor política. La democracia desaparecería, simplemente. Habría una mayoría que gobernaría siempre, y que abusaría sistemáticamente de su situación de privilegio para ignorar los criterios de la minoría contraria, que estaría condenada a permanecer como minoría siempre. Ello conllevaría la anulacióm práctica de los mecanismos democráticos y la instauración efectiva, más pronto que tarde, de una dictadura enmascarada con las formalidades de la democracia. Esto es precisamente lo que se pretende que nos ocurra, y lo que ya acontece hace años en las más privilegiadas e insolidarias autonomías periféricas.
Y esto es lo que me lleva a esa segunda dimensión anunciada de lo político. Es la que se manifiesta cuando los asuntos de la política no se les puede dejar por más tiempo a los políticos, porque entonces es la vida colectiva la que anuncia riesgo de naufragio. En esa situación, que es a la que nos acercamos a toda vela, impulsados por los malos vientos del rencor y la avaricia, los ciudadanos, en bloque, tenemos que asumir nuestra inexorable condición gemela de la de ciudadanos: la de “animales políticos”. Es la “polis” lo que va a estar en juego, no la política de vía estrecha de los profesionales de la tergiversación.
Y es que a lo que estamos asistiendo en el momento presente no es al debate lícito entre un partido de izquierdas que gobierna y que tiene en la oposición a un partido de derechas. Aquí y ahora, la definición de derechas e izquierdas es desorientadora, inexacta y, en última instancia, falsa. A lo que estamos asistiendo es a la lucha agónica de una democracia que se resiste a morir. Y se da la triste circunstancia de que es precisamente la mal llamada “izquierda progresista” en el poder la que está ávida de presentar el acta de defunción de esa democracia precisamente como un avance y un triunfo del progresismo, sobre el tradicional involucionismo autoritario de la “derechona”.
Los ciudadanos que no somos políticos deberiamos hacernos muy conscientes de que el juego democrático está gravemente viciado desde hace dos años, gobernados como estamos por un neo-jacobinismo de oculta y progresivamente manifiesta radicalidad, que se asocia indistintamente con partidos nacionalistas minoritarios de extrema izquierda o de derecha manifiesta, porque eso le da igual, con tal de mantenerse en el poder; que tiene una ya suficientemente probada vinculación con el terrorismo de Eta (extrema izquierda) el cual lleva décadas colaborando con el PNV (derecha tradicionalista antiespañola) y que ha alcanzado el poder violentando los mecanismos democráticos (sucesos de la jornada de reflexión) y adulterando las pistas del atentado del 11-M para desacreditar al partido entonces en el poder (la famosa mochila, los móviles, etc….) sin prejuicio de otras posibles implicaciones aún más graves, que harían del atentado islamista un premeditado y perverso tiro por elevación.
Un neo-jacobinismo que explota los irracionales reflejos ideológicos de la izquierda confesional mientras desentierran hachas de guerra oxidadas y herrumbrosas lanzas de las discordias de antaño, para debilitar, desacreditar, desunir y enfrentar. No puedo suscribir algunos aspectos de la política de la “derecha”, pero en este momento la mala fe totalitaria de los que nos gobiernan es el problema real de la vida política española.
13/06/06
El día es luminoso, placido. El verano ya señorea incontenible, en calurosas ondas de energía que sacuden a las sociedades de esta península cuya parte mayor se llamó por muy largo tiempo, no sé si venturoso o infeliz, España. Las playas invitan, con sus aguas aún cristalinas y frescas, aún no enturbiadas, al baño reparador, en esa gran fuente de la eterna juventud que nos sigue regalando sus dones pese a la profanación cotidiana: el Mediterráneo. ¿Será propicio el día de hoy para descubrir el Mediterráneo?.
Porque hoy es un día especial, por el que ya habrás transitado, amigo lector, cuando leas esta mirada. Me llevas ventaja. No sé como acabará esta especial jornada, pero presumo que todos la habremos de concluir con relativo bien. Para ti, lector, ya será pasado. Doy por sentado que el mundo seguirá rodando.
Aunque, por detrás de la luz, más allá del calor anunciado del final de la primavera, hay un telón de oscuridad que se yergue ante mis ojos, y que convierte la perspectiva placentera que he descrito en un decorado tan tranquilizador como ficticio.
Ese telón me anuncia que, en verdad, “estamos en la noche”, como proclamó en diagnóstico final de nuestro mundo el último Ortega y Gasset. Es en primer lugar una noche numerológica.
El seis del seis del seis es el día infausto por excelencia, el día de la noche eterna que anuncian las Escrituras de nuestra tradición Evangélica; el día anticipador de ese otro día final en que se desatarán las tempestades postreras del acero, el fuego y el azufre.
La magia de los números ha calado hondo en nuestra sociedad, y no solo en sus niveles más crédulos y apartados de la ciencia y la cultura. Especialmente el Número de la Bestia, que es, según San Juan Evangelista, “número de hombre”, para el arcano entendimiento de quien haya de entender y entienda.
Todos tenemos en nuestra agenda algún número de móvil con el prefijo 666. Acaso el lector no sepa que la famosa Pirámide del Louvre, puesta de moda por las fantasías iniciáticas del Código da Vinci (una monumental tomadura de pelo, situada en la estela sulfurosa del 666, dicho sea de paso); la Pirámide del Louvre, digo, es una estructura metálica que sostiene 666 cristales exactamente, cuya agrupación constituye los planos de la Pirámide.
Tampoco es del dominio público que el vigente código universal de barras incluye desde su aprobación en la ONU en 1.972 unas barras llamadas guardianas que introducen -escrito en numeración binaria- el fatídico 666, en la identificación de cualquier producto o transacción comercial. Nadie sabe por qué razón se introdujeron tres grupos de barras (controladores de código) ni por qué se ha escogido para ellos el número 6.
Lo cierto es que en el día en que se escribe esta mirada, ha habido gentes que esperaban el fin del mundo, otras el nacimiento del Anticristo, otras han velado toda la noche y orado todo el día por la salvación del mundo; hay mujeres embarazadas que han adelantado el parto, para evitar esa fatal coincidencia en la fecha de nacimiento de sus vástagos, y muchos charlatanes, mercachifles de saldos varios del mercadillo de lo sobrenatural, así como algunos cineastas, han hecho hoy su agosto, aunque estemos en junio.
Todas estas confusiones, y otras mil que podría añadir, si tuviese espacio y ganas, derivan de un mismo exceso. Un exceso de literalidad interpretativa, y, en consonancia con él una grave carencia imaginativa.
El 666 es un símbolo, que tiene sentido únicamente dentro de la tradición exegético- numerológica judeocristiana. No tiene en si ninguna realidad.
En cambio lo que simboliza tiene hoy más realidad que nunca. La oscuridad es real, ese manto de noche que nos amenaza es real. Para ver hasta que punto lo es, nuestro primer paso obligado debería ser identificar a la Bestia, que hoy no es Nerón, ni el Imperio, ni siquiera Stalin o Hitler. Hay un hecho que la realidad impone con la contundencia de un mazazo. Hoy, la forma más específica, más directa y brutal de presentarse el mal se denomina terrorismo. A fecha de hoy, el seis del seis del seis, el terrorismo es el Mal. El terrorismo en todas sus formas, en todas sus vertientes, con sus cohortes negras de apologistas, justificadores y propagandistas, con los sucios compañeros de viaje que sacan tajada, los pragmáticos, los turbios que negocian con él y los necios miserables que aplauden esa política.
En este sentido, hay que decir que a raíz de esa explosión de mal en estado puro que fue el oscurísimo 11 M, un mal que incluye no solo a los ejecutores materiales y a los instigadores conocidos y desconocidos del golpe, sino a los que crearon las condiciones de conveniencia política para que tal horror ocurriese, a los que lo capitalizaron políticamente, a los que manipularon desvergonzadamente a las masas impresionadas en la irónica mente llamada jornada de reflexión; decía que a raíz de aquello, que muchos no dudan ya en calificar de conjura tenebrosa y sanguinaria, la sombra ha crecido entre nosotros. Ahora la realidad proyecta sobre el suelo hispano perfiles deformes y atormentados, como las sombras del crepúsculo. El mal se ha extendido, ha crecido entre nosotros.
Yo quiero que este día convencionalmente oscuro sea pretexto, y a tal fin sirve este ensayo, para un examen de conciencia, por somero que sea del mal real que nos infecta, del mal real que nos va minando día a día como sociedad, como comunidad, como ciudadanos que aspiran a no dejar de ser personas.
Porque el mal ha crecido entre nosotros, con un Estado colonizado por una camarilla de la que reniegan hasta los miembros honorables de su mismo partido, que no duda en pactar con terroristas y asesinos, que lleva a menos a España por dentro y por fuera, que siembra la desunión y la discordia, que busca quiméricas alianzas con nuestros enemigos declarados o históricos, que fomenta la indefensión jurídica de los ciudadanos dando en cambio impunidad efectiva y audiencia mediática a bandoleros y delincuentes, mientras reduce a sus victimas a materia productiva fiscalmente expoliable.
Una camarilla que ha hecho de la mentira y el desprecio punitivo a las numerosas minorías que no la apoyan su forma específica y exclusiva de relación con fuerzas políticas y ciudadanos.
Evidentemente, arrastramos otros muchos males, históricos y endémicos algunos, otros nuevos e implantados por las actuales formas de vida y relación que imperan inevitables.
Pero no olvidemos que el mal es en realidad una jerarquía de males. Y su cura requiere una jerarquía de urgencias en los tratamientos. Debemos aplicarnos como ciudadanos a atajar los males más urgentes haciendo un uso sensato y valiente de la libertad que aún conservamos. Y empezar por no conformarnos.
Definitivamente, no me preocupa el Número de la Bestia. El número de los bestias ya es otra cosa….
30/05/06
¡Hoy he visto al superhombre!
Fue delante del espejo.
El superhombre ¡ c´est moi!
(Anónimo popular postmoderno)
Proemio.
El siglo XX fue testigo de la emergencia de una cultura de masas sin precedente en la historia, porque se produjo en las secuelas de la aculturación tradicional que acarreó la Modernidad; en el seno, pues, de una cultura del olvido que ya estaba haciendo tabla rasa de la tradición, sobre todo en Norteamérica, y porque puso a contribución medios de difusión gráfica y visual de una potencia sin igual en el pasado.
En una época que ignoraba mayoritariamente quienes fueron Hermes, Ulises, Hércules o Jasón, la inagotable sed de símbolos del inconsciente humano empezó a saciarse con las aventuras de Flash Gordon en lejanos mundos o con las proezas heróicas del hercúleo y griálico Superman.
Hubo una saga de hombres “ que eran más que hombres” llenando las viñetas de los periódicos y los suplementos dominicales primero, exhibiéndose luego con ubicuidad y profusión en las pantallas grandes y pequeñas del mundo entero. El ya citado Superman, desde luego, el primero, pero también Batman, Spiderman, Los X- Men, La Masa, sin olvidar, en medio de esta proliferación claramente machista, algún elemento femenino menor como Catwoman.
El inconsciente colectivo se vio tan atrapado por estas fantasías (de interpretación psicoanalítica tan evidente como ruborizante) que algunos de estos mitos empezaron a nutrir el anecdotario de las leyendas urbanas, pasando de la pura ficción a un ámbito nebuloso contiguo con la experiencia real. Así ocurrió con el tenebroso Mothman, el hombre-polilla que aparece en la noche en vísperas de accidentes y desastres con sus ojos rojos y sus alas negras.
Así también los angélicos extraterrestres adamskianos, modelos arios de rubia perfección, enfundados en ajustados monos brillantes de lentejuelas al descender de sus platos voladores para proclamarse “nuestros hermanos mayores del cosmos”; los paladines cósmicos que nos redimirán de nuestras miserias.
Desarrollo.
Pero a ti, amigo lector, no te suena nada eso de Fantoch man, ¿no es así? No te preocupes, no se está poniendo en duda por ello la solvencia de tu cultura pop. En realidad sabes del tema más de lo que crees, y, te lo aviso, tienes a Fantoch man cerca, cerca, muy cerca… Habrás vuelto con inquietud la mirada hacia atrás, y acaso, si eres muy impresionable, se te ha erizado un poco el vello de la nuca ante tal proximidad anunciada. Pero nada había detrás de ti, nada ajeno turbando tu cotidianeidad apacible o ruidosa.
Harás mejor en mirar hacia delante, en fijarte en quién tienes a tu lado, en asomarte a la ventana, quizás ¡ oh lector! en mirarte al espejo. Y, no lo dudes, entonces se te aparecerá, ineludible, inexorable, fatal, el hombre-fachada: Fantoch man.
Porque, amigo lector que aún me sigues, Fantoch man corresponde a la etapa tardía y mundana de elaboración del mito. Como ya te he anunciado antes, el hombre masa, el unánime depredador del pasado y del presente necesita mitos en los que sublimarse y pese a todo reconocerse inequívocamente.
Así, Superman es el semidiós venido de las estrellas, pero es también y simultáneamente, un chupatintas pistojo y apocado, absolutamente corriente; un hombre vulgar con el que cualquiera podría compararse con ventaja; un pobre hombre bloqueado por su timidez sexual, incapaz de declarar sus amores.
Conviene que entiendas que esta dualidad tan llamativa no es debida a un elaborado camuflaje del superhombre, sino que es su misma naturaleza. Una naturaleza dual, divina (o casi) y humana (demasiado humana), como la del fundador del cristianismo, que no deja de ser, aunque con escándalo, su remoto y elevado referente.
El hombre masa, ese personaje pistojo que consigue de que en el fondo de su ser es Superman; de que él en el fondo es un ser superior, de que está por encima del bien y del mal, como una gris y devaluada caricatura del superhombre Nitzcheano; ese es Fantoch man. No hay que confundirlo con el vanidoso o el soberbio de toda la vida.
¿Y cómo puede ese hombre masa, ese Quijote inverso que no necesita dar nada para tomarlo todo, llegar al convencimiento íntimo de su desmesurada sobrevaloración?
Pues se requiere para ello unas condiciones o requisitos mínimos: devaluación del ser, del fundamento, en las personas y en las cosas, en favor de la apariencia y del tener. En la sociedad de la apariencia y de la imagen; en la sociedad donde lo que se valora es la apariencia sobre y por encima del contenido y la sustancia; en esa sociedad, que es la nuestra, Fantoch man se mueve en su elemento. Nuestro personaje reina allí donde se han, no sólo destruido, sino invertido, las verdaderas jerarquías del valor y el mérito.
Anatomía de Fantoch man
Como bien indica su nombre, Fantoch man, el hombre fachada, el fantoche, es pura imagen. Está hueco. Es una cáscara vacía. En su dualidad constitutiva, la parte humana, aquella que debería reconocer la finitud propia y ajena, la necesidad de la solidaridad, de la humildad y del respeto al otro; esa parte está habitualmente asfixiada y silenciada - en algún caso, agoniza- por su parte mítica, esa personalidad infatuada en la que se exhiben todas las excelencias pregonadas como tales en este tiempo nuestro. Fantoch man es un ego inflado y satisfecho de si mismo, que no escucha, y se diría que ni siquiera reconoce al otro.
Fantoch man acapara la atención, se constituye en centro, tiene que brillar siempre y en todo momento más que nadie, aunque sea con la luz grasienta de un candil humeante. Aveces hipnotiza a los tontos (y sobre todo, no lo olvidemos ya que Fantoch man es un don Juan, a las tontas).
Otras veces, el convencimiento de su perfección le lleva a ostentar sus manías o sus carencias como excelsos méritos: todo es meritorio, sus conocimientos enciclopédicos sobre las fanerógamas o la cría del unicornio, sus cerámicas domingueras, sus vídeos de viajes, o su virtuosismo interpretativo al desollar gatos con el violín o al frotar enérgicamente la zambomba. Puede darse el caso de que lo aplaudan pese a todo, subyugados por su magnetismo. No importa. Al final, los que descansen ingenuamente en su honestidad, su lealtad o su solvencia supuestas, acabarán despertando de su sueño, lo conocerán, y este conocimiento será amargo.
Rectifico. Fantoch man no ha vuelto: siempre estuvo aquí, en la no siempre feliz compañía de Fantoch woman.
15/05/06
Os voy a contar hoy una extraña historia. Si la leyerais como obra de ficción firmada por un novelista de éxito, os admiraría, queridos lectores, la inventiva de su autor, a quien en todo caso le achacaríais falta de verosimilitud. Claro es que al arte todo le está permitido, y sobre esta afirmación, sobre su significado y licitud, habremos de volver más adelante.
El relato de nuestro fabulador, que habría que encuadrar en un género de fantasía terrorífica, o anti-utopía de anticipación, un poco al estilo del MUNDO FELIZ, de Aldoux Huxley, o del 1.984 de George Orwell, daría comienzo más o menos así:
Érase una vez una república, llena de historia y riqueza, llena de arte, con un pasado tan turbulento como esplendoroso y un presente próspero aunque sembrado de conflictos, que eran la semilla de graves incertidumbres sobre su futuro. En aquella república, que salía de un terrible conflicto armado, había grandes dosis de amargura y desencanto, grandes heridas colectivas que aún no habían cicatrizado, y, aunque los negocios iban bien y la sociedad se enriquecía, el futuro daba miedo, no ofrecía garantías ni seguridades.
En circunstancias similares de crisis histórica en el pasado, el pueblo de la república había encontrado en el arte; en el teatro, en la música, en la arquitectura y la pintura consuelo y refugio, solaz y esparcimiento. Así habían acontecido las edades doradas y siglos de oro de la pintura, la literatura o la poesía, para deleite de los tiempos presentes y gloria de los tiempos por venir.
Pero en aquella república, un grupo de hombres influyentes y perversos decidieron que no serían así las cosas de nuevo. Y, alimentados por las angustias del momento, inspirados por ellas, decidieron sumir a su pueblo en la amargura y la tristeza, bajo el pretexto de una enfermiza concepción pedagógica de la libertad y la verdad.
“¡Despertad, abrid los ojos!”, proclamaron. “El arte del pasado está superado, muerto, no va con los tiempos. Nosotros os daremos un arte nuevo, acorde con la verdad de la vida, que los recientes acontecimientos políticos se han encargado de manifestar. ¡Muerte a la tradición, vivan las vanguardias!.
Proclamaron también que “había que ser absolutamente modernos” y que “el Ford T era más bello que la Victoria de Samotracia”. Armados con estas perlas y con otras del mismo estilo, y con un lenguaje de corte militarista y radical (se habló mucho entonces) de estrategias y vanguardias, de avanzadillas y militancia, de revolución, de guerra a las concepciones burguesas de la vida y del arte) aquellos conjurados sembraron tal desconcierto en las confundidas mentes de los ciudadanos de la república que los hicieron renegar de la tradición y del sentido, de la armonía y de la belleza.
Tan bien supieron jugar sus cartas, tanto y tan bien manipularon, adulándolas, a aquellas masas ya tocadas por el universal nihilismo de los tiempos, que las hicieron aceptar que “menos es más”, que lo blanco es negro, que el talento y la maestría son negativos y estériles, que esforzarse por la belleza es una pérdida de tiempo, que “el ornamento es delito”. Los cánones clásicos y eternos de armonía y proporción se arrinconaron en el desván de los trastos viejos, cosas ya tan superadas como las sangrías de los médicos o la extracción de la piedra de la locura.
Sedujeron, adularon, compraron, descalificaron, sobornaron, amenazaron, engañaron casi siempre, y al final triunfaron, como maestros que eran del eslogan y la propaganda, con su cohorte de críticos inventando teorías y propuestas “ad hoc” de modo que, al cabo, era arte únicamente lo que los críticos calificaban como tal, al margen del gusto o del mero buen sentido de los ciudadanos, convertidos en espectadores pasivos ajenos a ese juego conceptual del arte que se les había impuesto.
Y así, las ciudades se vieron invadidas por grandes contenedores de habitáculos: colosales prismas repetitivos o apilamientos informes, donde antes había habido edificios; los urinarios y los cuadrados blancos sobre fondo blanco encontraron lugar de honor en museos y centros culturales.
En las galerías de arte pudieron verse grandes lienzos cruzados por chafarrinones de pintura que pasaban por ser Brigitte Bardot o la Santísima Trinidad, cadáveres humanos o animales embalsamados, tarros con la mierda del artista, o al propio artista exponiendo su “no obra” en una galería vacía hasta de polvo.
El “Retablo de las Maravillas” triunfó y tomó como escenario privilegiado el solar entero de la república. Y todo fueron vanidades y oropeles, genuflexiones y ditirambos del pueblo entero, celebrando el lujo y el esplendor vestimentario de esa nueva corte en la que no sólo el rey, sino todos los miembros de su compañía y séquito, hasta el último mayordomo o lacayo, todos iban desnudos.
¿Qué opina del Plan de Competitividad Turística de Águilas?
(47 comentarios)
La última cinta de la saga de James Bond llega esta semana a los cines
Más vídeos
2005-2008 © Actualidad de Murcia | Quiénes somos / Contacto | Accesibilidad | Artículos en RSS
Este sitio cumple con los estándares del W3C - diseño