3/05/06
Iba esta mirada a titularse “El planeta de los simios”, pero pudo el autor advertir a tiempo un titular en El Mundo de este domingo último que rezaba “retorno al planeta de los simios” encabezando uno de esos largos artículos que tiene a bien, no se aún si regalarnos o infligirnos, el inefable Pedro J. Ramírez. Coligo que trae a colación la misma cuestión que yo, pero no he querido leerlo por si acaso, que las lecturas muy recientes lastran inevitablemente la reflexión, hasta que no transcurre el tiempo de maduración debido. Además de que no necesito guías ni referentes, que la materia de este escrito se ofrece sola, a poco que se razone con la propiedad de un mamífero superior normalmente dotado.
Ya habrá el lector avisado (y avispado) supuesto de qué se va a tratar aquí: pues de la última ocurrencia de uno de los diputados más “progres” y mejor intencionados del partido gubernamental, de la que abundantemente se ha hecho eco la prensa, y a la que todavía se le sacarán tiras jugosas.
No es para menos. El ilustre personaje al que me refiero propone un proyecto de ley para concretar y definir los derechos humanos de los simios. Y para hacerlo respetar con todo el peso de la ley del Estado de Derecho. Afirma el “simiófilo” prohombre (en una entrevista que publica El país) que este si que es un tema de calado y enjundia, digno del tiempo que necesiten dedicarle esos representantes populares que viven a costa de nuestros impuestos, y no esas cuestiones menores de las opas agresivas que se vuelven contra la política parcial y exclusivista del gobierno, o esos sermones metafísicos que algunos se empeñan en dedicar a la bizantina cuestión del destino y la integridad territorial de España.
Todo esto es relleno y trivial perversión de la trascendente función de las Cortes para nuestro diputado “simiófilo”, que encuentra en cambio justificadísimo plantearse la defensa jurídica de nuestros primos cuadrúmanos, indudable filón de futuros votantes para su partido, y fuente inspiradora para una saludable reforma en profundidad de nuestros usos y costumbres.
Así el hábito de los bonobos, que pese al nombre no son nada bobos, de resolver los conflictos por la vía sexual, fórmula que debería, según nuestro diputado, aplicarse a rajatabla en las frecuentemente tormentosas sesiones de debates de las Cortes. A la espera de que prospere la estrategia de la camas redondas parlamentarias (habrá que ver que papel se les otorga a los leones de la escalinata) no estará de más, digo yo, reflexionar un poco sobre tan sustancial materia.
No vaya a ser que, so pretexto de procurar, en aras de la fraternidad cósmica universal, los derechos HUMANOS de los simios, estemos, y ya hace mucho, en vías de generalizar la aceptación colectiva, resignada y acrítica, de los derechos SIMIESCOS de los hombres.
Porque tanta solidaridad zoófila resulta sospechosa, y más no surgiendo en el contexto feliz de una sociedad libre, próspera, sin desigualdades ni conflictos, si no en las aguas turbulentas de nuestra actualidad, llena de urgencias e incertidumbres.
Hay una característica común del pensamiento “progre”, y es la de la sistemática animalización del hombre, la minimización de sus valores y dignidad propios, y ello no en aras de un conocimiento científico del que no están hoy por hoy en modo alguno excluidas la controversia y la polémica, sino con vistas a un rebajamiento de la humana condición que proporcione coartadas éticas para todos los excesos y manipulaciones.
No olvidemos que el hombre “animalizado”, y mejor aún, “cosificado”, convertido en pasivo recipiente de instintos y deseos, sin libertad, ni dignidad, ni voluntad, ha sido la arcilla maleable que se han considerado legitimados para moldear a su antojo los totalitarismos y fundamentalismos pasados y presentes.
La República de los simios no es la sociedad de los Derechos del Hombre, con que soñaron Benjamín Franklin o Voltaire, su admirador entusiasta, sino el Mundo Feliz de Huxley, haciéndole guiños al Planeta de los Simios de Pierre Bouille.
Detrás del rebajamiento de lo humano a su dimensión meramente biológica hay dosis descomunales de mala fe, disfrazada en este caso que nos ocupa de universalismo solidario. Detrás de la acotación biológica de lo humano hay cosas tan graves como la aceptación social del aborto (para Julián Marías, el acontecimiento más grave del siglo XX) y las diversas formas de eugenesia y eutanasia, que pasarán con el tiempo de los casos excepcionales en que pueden tener una justificación, a convertirse en usos sociales aceptados para la eliminación de todo el que no sea fuerte, útil y productivo.
La progresiva intromisión terapéutica del Estado en las vidas privadas de los ciudadanos camina también en esa misma dirección. Hay que velar para que esas máquinas biológicas de votar y producir que somos se conserven en buen estado.
Recuerdo una anécdota de Heinrich Himmler, jefe de las SS nazis, y responsable supremo de su política exterminadora. Este hombre, dotado de gran sensibilidad para con los animales, tenía un canario. Cuando los asuntos de la política (deportaciones, estadísticas de gaseados, diseños de hornos, reciclado de restos humanos, etc etc) le hacían volver tarde a su casa, entraba por la puerta trasera, para no perturbar el sueño de la inocente avecilla canora.
Velar de un modo efectivo y realista por la preservación de la naturaleza me parece perfecto e indispensable. Pero dejémonos de “monadas”, por favor. Para empezar, en España, ámbito de aplicación de esas salvaguardias jurídicas, no hay, políticos cerriles aparte, más monos que la mona Chita, que sale en la prensa besando a nuestro parlamentario de marras, quien, por cierto, pone cara de circunstancias.
No son nuestras leyes las que evitarán el exterminio de los gorilas de montaña en Kenia.
Y en cuanto a ese famoso 1% de diferencias genéticas (dentro del que caben el lenguaje, el arte y la ciencia , toda la historia) y que al parecer, según algunos, prácticamente no es nada en comparación con ese 99% que compartimos con nuestros primos simiescos, yo les sugeriría que siguieran “razonando” en esa línea. Así no tardarán en plantear los derechos humanos de la moscarda verde, con la que compartimos nada menos que un 50% de los genes.
19/04/06
¡Qué grande eres mi Dios!, Eres tan grande
que no eres sino idea, es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si tu existieras
existiría yo también de veras.
(Miguel de Unamuno. La oración del ateo)
El tiempo sagrado del cristianismo es una espiral que sobrevuela, año a año, siglo a siglo, milenio a milenio, un círculo temporal mítico centrado en la figura de Cristo. Estamos estos días- el día en que este texto se está escribiendo: hoy, Viernes Santo- rememorando el acontecimiento central en ese tiempo sagrado circular: la Pasión y muerte de Cristo.
Por toda España, en pueblos perdidos tanto como en las más activas y dinámicas capitales, procesiones más o menos nutridas, más o menos aderezadas con barrocas escenografías ambulantes de la Pasión llevadas con las fuerzas del brazo y del corazón por costaleros voluntariosos, más o menos secundadas por penitentes encapuchados portando cirios, espectrales llamas de un fuego del espíritu ellos mismos, más o menos acompañadas por enlutadas y altivas damas de velo y peineta, desiguales en la forma, idénticas en el fondo; en todas partes las procesiones recorren las calles.
Son un pasional y apasionado anacronismo del que siempre pueden esperarse milagros, como en el emotivo cuento de Miguel Delibes, invadiendo las calles y las plazas, imponiendo con su solemnidad y su pompa una irrupción de ese tiempo mítico en el espacio profano de lo cotidiano.
Seamos o no católicos de nacimiento, seamos o no creyentes o practicantes, para los que aquí vivimos el encuentro con la religión es en estas fechas ineludible.
Hay una primera dimensión de lo religioso que nos sale al paso con elocuencia máxima: la dimensión estética de la liturgia y el ritual católicos. Son de una belleza tan desbordante que sobrecogen el corazón de las personas con sensibilidad artística, aunque no sean creyentes, aunque se declaren ateas, siempre que no estén poseídas por un prejuicio ideológico anticristiano.
Bien lo he podido ver en personas no creyentes próximas a mi, que me confesaron su emoción al asistir al esplendor procesional de la Pasión sevillana. Yo mismo la he vivido también con menores fastos, me he sentido también emocionado y conmovido con las sobrias, desnudas, humildes procesiones de las pequeñas ciudades de Castilla; con esas figuras sombrías, a menudo atroces, que brinda para la Pasión la tradicional imaginería castellana, con esos tremendos Cristos muertos de pelo humano que me hacían pensar en la imprecación de Unamuno al Cristo de las monjitas de Santa Clara: “¡ Cristo del cielo, libranos del Cristo de la tierra!”.
Y, esto es inevitable, la emoción estética, esa misma que nos arrastra como una ola mística al escuchar “La Pasión según San Mateo” de Juan Sebastián Bach, o el “Officium defunctorum” de Tomás Luís de Victoria, la emoción estética, repito, nos conduce inexorablemente a la reflexión.
Esa me parece una muy saludable cosa. Reflexionar sobre la religión, aunque no seamos creyentes, pensar en Dios, aunque dudemos de su existencia, es situar en el horizonte de nuestra mente cuestiones que usualmente olvidamos y rehuímos, con la complicidad de todas las sugestiones y urgencias que tan persistentemente nos brinda nuestro mundo.
Porque asociados a ese cuestionamiento, afloran los temidos y generalmente aplazados pensamientos sobre el sentido de la vida, sobre el dolor, sobre la muerte y la aniquilación.
Como en “La oración del ateo” que abre este comentario se nos recuerda, la condición de la existencia de Dios es inseparable de la de nuestra existencia verdadera y perdurable. O somos una identidad única, genuina e imperecedera que Dios va a preservar en su seno para siempre, o somos una azarosa y efímera asociación de recuerdos, procesos y experiencias que acontecen por un tiempo breve en la dinámica de una estructura orgánica tan compleja como inestable- nuestro cerebro- suministrándonos una ilusión de identidad y persistencia que pronto desaparecerá en la aniquilación.
La cuestión es Dios; el Dios- idea, con independencia de su existencia o inexistencia (y aquí tendríamos materia de debate que desborda los límites de este escrito: ¿tiene sentido afirmar que Dios existe, lo tiene afirmar que Dios no existe? la argumentación de San Anselmo tiene ahora mismo más actualidad de lo que parece).
“Dios- como - idea” es el manantial del ser, su sustrato primario y básico.
Si Dios es, la realidad es, y cobra su ser del ser de Dios. Si Dios es, la realidad aparece sustentada sobre la permanencia. En Él, en Dios, nada que sea o haya sido puede dejar de ser, conservada toda criatura en la eternidad, más allá de la mudanza, la metamorfosis y la muerte imperante.
Con la idea de Dios, todo hacer humano busca la perdurabilidad esencial, tiene sus miras en lo divino. Como escribía Senancour, en su novela “Obermman”: “el hombre es perecedero, es posible, pero perezcamos resistiendo y si nos espera la nada, evitemos que este destino sea el que en justicia nos corresponde”.
Cuando se pierde la idea de Dios, muchas cosas se pierden para siempre en la cultura donde tal cosa ocurre. Así ha sucedido en la nuestra con la llamada “Muerte de Dios”, que la actual jerga filosófica ha denominado, con mayor precisión y asepsia “destitución del logocentrismo ontoteológico”.
Se trata, simplemente, de la perdida vital, existencial y conceptual del centro. Se trata de dejar que la muerte penetre nuestra idea del ser, y que ya no merezca la pena esforzarse por perdurar, luchar contra el olvido.
Esa pérdida del “logos”, ese olvido del ser es -y esto no es, desde luego, opinión mía, léase por ejemplo a George Steiner en su “Presencias reales”- el acontecimiento más importante y la clave primera interpretativa de nuestra historia reciente.
5/04/06
“Al pobre le faltan muchas cosas, al avaro todas”
(Publio Siro. Sentencias).
“La bebida sacia la sed, el alimento apaga el deseo de nutrirse, pero la plata y el oro no satisfacen nunca la avaricia”
(Plutarco. De la avaricia).
La palabra avaricia no está de moda. Se la ve pocas veces escrita en artículos de opinión y comentarios, o en boca de las gentes. Parece que tiene un tufillo como de sacristía poco ventilada, de rancio catecismo impuesto a golpe de doble decímetro en las falanges por curas ensotándoos, casposos y de armas tomar. La palabra tiene un regusto antañón y vergonzante.
Hoy preferimos hablar de ambición y espíritu promocional, que son dos cosas muy actuales y bien vistas. Ya se sabe: el ejecutivo que no cambia de coche cada dos años, tirando siempre por elevación de la gama; el que no se hace construir una mansión para “epatar al burgués”, con una arquitectura ostentosa y vociferante, que proclame a los cuatro vientos, no el buen gusto y la mesura de su promotor, sino el caudal avasallador de su prosperidad; ese no consolidará socialmente su marchamo de triunfador, y perderá con ello consideración y respeto. perderá algo esencial: crédito.
Forma parte del A B C credencial de cualquier empresa o banco que se precie, sean estos grandes o pequeños, que no crecer constantemente, no hacer constantemente más negocio, no extender de continuo su ámbito de actividad equivalen directamente a decaer, a fracasar, y de ahí a la desaparición o a la absorción solo hay un paso.
Sin embargo, no está de más recuperar la palabra que abre este comentario. Porque esa palabra es nuestra verdad desnuda, a nivel colectivo, a nivel individual.
Hemos sido testigos estos días de la caída espectacular de un reino de taifas de corrupción urbanística: Marbella. Mar- bella, que debiera hoy decirse Mar-fea. Nos hemos asomado un poco a la tramoya, al tinglado esperpéntico que se oculta tras las exuberantes y suntuosas fachadas de las hileras de palacetes y mansiones; tras los oros y estucos venecianos de la “Milla de oro”. Y hemos podido constatar que tras ese aluvión de glamour apócrifo había una gama completa de fealdades.
El crecimiento desaforado no era más que avaricia y afán de lucro.
Una estirpe de alcaldes sin escrúpulos, con un séquito de funcionarios corruptos y políticos oportunistas, incluida alguna “heroica” voz denunciadora de antaño que se buscó también su rinconcito al sol de la canonjía.
A la cabeza, el pontífice máximo en el más redondo negocio de los tiempos: el asesor urbanístico. Se le ha computado a bote pronto a este personaje un patrimonio próximo a los tres mil millones (¡de euros, que duda cabe!).
Con él se hacen palpables todas las características que se le atribuyen a la avaricia: insaciabilidad, más allá de la satisfacción de cualquier necesidad imaginable, y su corolario obligado: insatisfacción perpetua.
El del Ayuntamiento marbellí es un caso límite, en el que un Ayuntamiento en bloque acapara para el lucro privado de sus componentes la casi totalidad de los recursos públicos, dejando escasas migajas para invertir en beneficio de la comunidad. ¡En Marbella, el Ayuntamiento no pagaba a nadie y hacía cosas como asignar en presupuesto una fregona al mes para todo un colegio público!
Pero que no nos sirva ese espejo de avaricia que es Marbella de chivo expiatorio para tranquilizar conciencias, sino de reflejo de los vicios propios, y su desenlace de antecedente y ejemplo. ¡Hay muchas barbas que poner a remojo viendo pelar las del vecino marbellí! (con perdón de la señora alcaldesa, que me figuro imberbe).
Volvamos, prudentemente, a consideraciones genéricas.
En este ámbito constatamos que la avaricia adquiere el rango de norma y fundamento en la “praxis” social. La avaricia rige las relaciones reglamentadas del Estado con los ciudadanos. El Estado ofrece el más completo y perfecto modelo de práctica avarienta que conozco. Avaricia y codicia dominan en el sistema fiscal que nos abruma. Usura se le habría llamado siempre a la norma asumida de penalizar con un 20% de recargo cualquier declaración de impuestos que se retrase en su presentación ¡un solo día!.
No nos extrañemos si los ciudadanos hacen suyos esos comportamientos deplorables que son la norma en quienes tienen la obligación moral y material de dar ejemplo.
En los bancos, en los seguros, la avaricia y la usura son de ley.
Algo me toca decir a este respecto de lo que constituye mi ámbito profesional directo: la arquitectura y el urbanismo.
El urbanismo tiene en teoría la misión de regular el desarrollo físico de la actividad humana, ordenando, jerarquizando y articulando el espacio existencial humano, con el máximo respeto hacia todos los valores históricos, culturales y tradicionales que en él perduran, y que son el legado colectivo de la sociedad de ayer a la de hoy y a la de mañana.
Esto es en teoría. El urbanismo que se hace en la práctica - en Marbella tanto como aquí mismo- es literalmente la cuantificación de la avaricia; un inmisericorde chalaneo, un toma y daca de rendimientos económicos entre los abogados de los promotores y la administración. Una vez acordados los términos de la transacción, el urbanismo arrasa por decreto, llevándose por delante hasta la topografía del territorio. Algo cataclísmico.
En cuanto a la arquitectura que se perpetra usualmente, sigamos tan solo que es el simple resultado, el precipitado directo de un único principio: de que forma dar lo mínimo social y legalmente aceptable, obteniendo como contrapartida el rendimiento económico máximo compatible con las condiciones del mercado.
Pura avaricia, en suma.
22/03/06
Ya lo dicen los amantes del refranero: “la primavera la sangre altera”. La naturaleza se va sacudiendo los sopores invernarles, se mueve nueva savia que alimentará los tiernos renuevos de los troncos más añosos; el manto de la vida nueva va aflorando, tímidamente y luego con fuerza creciente, sobre la costra vieja de la vida parada durante ese tiempo de espera y germinación que es el invierno.
Vemos nuestros campos estallando en colores, nuestros almendros y frutales vestidos con albas o rosadas túnicas que los convierten en llamaradas frescas de un fuego de vida que no quema pero conforta en alma. Nadie podrá olvidar el flamear de gloria de los cerezos del Valle del Jerte, si llegó alguna vez a verlo con los ojos del espíritu abiertos.
La primavera es un tiempo de renovación vital y psicológica, donde se recrea el pacto de los sentidos con el mundo, y vuelven a soplar vientos para henchir las velas de la vida y seguir navegando.
A veces, cuando la sangre es joven y vital, propicia a hervir en las pasiones, es un tiempo propicio para excesos y violencias.
En esta ocasión, la sangre alterada y en ebullición ha corrido también por las venas inorgánicas y enmarañadas de internet. Nuestros jóvenes se han convocado a si mismos para su particular celebración equinoccial.
Por desgracia, la convocatoria no ha sido para salir al encuentro de esa naturaleza renovada, con una nueva sensualidad despierta a flor de piel. No ha sido una convocatoria para celebrar a Dionisos en las umbrías y claros recoletos de los bosques míticos, de los que ¡ay! no nos quedará pronto ni el recuerdo. (Al paso que vamos, y con nuevos incendios forestales ya declarados en lo que va de año, nuestros jóvenes tendrán que ir un día no lejano a pasear por el parque del Retiro madrileño para sentir algo remotamente parecido a estar en un bosque. Pero ahora dejemos esto).
Decía que no se han convocado a si mismos para nada inspirado en las ofrendas a los elementales en las frondas; ni en las meriendas campestres que, de Giorgione o Tiziano a Manet, pasando por Poussin o Claudio de Lorena, nos ha regalado la pintura más feliz de occidente, cantando jubilosa al exceso, al vino, a la lujuria, a la embriaguez de los sentidos al compás de la flauta de Pan cabalgando en la música del viento entre los árboles.
No, nada de eso. Nuestros jóvenes han puesto al día sus fiestas dionisiacas, convocados para lo que se supone que ha de colmar sus aspiraciones en cuanto a goce vital y despliegues libérrimos de la sensualidad más desenfrenada.
El resultado de este atractivo programa es la invitación multitudinaria al “botellón” en los desangelados espacios urbanos designados para ello. Nunca se vieran medios más sofisticados, ni mayor poder de convocatoria, ni respuesta colectiva tan masiva y pronta, para objetivos tan pobres.
Al menos algo bueno sale de este experimento tan logrado por una parte como fallido por la otra; y es lo que el suceso tiene de aviso, que los poderes políticos harán muy bien en recoger y no dejar caer en el olvido . ¡Oído al parche!. Y más con el ejemplo de la movida estudiantil que tiene en jaque a nuestro vecino del norte, con un renuevo del Mayo del 68 más desencantado, menos imaginativo, pero igual de desestabilizador y virulento.
Lo que es hoy secundada y masiva convocatoria al “botellón”, será mañana, no lo dudemos, invitación al desorden, a la desobediencia civil (e incivil) o a la mera destrucción gratuita.
Y, por más que quieran, los poderes públicos no podrán impedirlo, ya que los nuevos recursos electrónicos e informáticos dotan a la sociedad de un “agora” virtual; un espacio de comunicación incontrolable, que ellos no tienen hoy por hoy medio de aislar y acordonar.
Sin embargo, en cuanto a la materialidad de lo acontecido en las diversas plazas y espacios que han servido de escenario a las concentraciones: ¡Qué decepción!.
¿Cuál era el programa que reunía allí a tantos miles de jóvenes?.
Pues la mera coexistencia momentánea en un espacio tomado masivamente; coexistencia sin comunión, confortados con el mero estar unos en presencia de otros, y la celebración de un pobre y desordenado ritual ruido y bebida a granel, con ocasionales encuentros, contactos tan esporádicos com triviales, chispazos frecuentes de violencia, enfrentamientos eventuales con los antidisturbios (probablemente la parte más excitante de la movida) y - también esto último importate por la manifiesta y obsesiva busca de signos de identidad en la cutrez más impúdicamente exhibida, que caracteriza frecuentemente a los jóvenes- y también, repito, la generación de cantidades ingentes de basura, que ha dejado a los escenarios de las macrofiestas convertidos en paisajes después de la batalla. Toneladas de basura, que han requerido de palas excavadoras para ser acumuladas y recogidas.
¡Que bien, cuanto jolgorio, cuanta diversión!.
Me parece trágica la incapacidad de la actual juventud para divertirse. Trágica y peligrosa. El tedio vital, sumado al nihilismo, la violencia, la falta de expectativas y, sobre todo, la falta de imaginación, sin olvidar unas carencias formativas desoladoras, pueden convertir a estas caóticas congregaciones en antecedentes de otras más ordenadas, con “botellón” no alcohólico sino ideológico y mesiánico, el brazo -o el puño- en alto; o bien en algo parecido a la concentración de los lemures, previa a su carrera colectiva y fatal hacia los acantilados por los que habrán de despeñarse.
7/03/06
Lo hemos visto todos hace poquísimos días en una viñeta de Xim en “La Verdad”. Aparecen, como a menudo ocurre, las dos abuelillas de toquilla, moño, brasero y mesa camilla, departiendo sentadas la una frente a la otra, con esa mezcla de sabiduría cazurra e ingenuidad que tan bien sabe transmitir a sus diálogos el bueno de Xim (¡y tan bueno!).
Una de ellas comenta: “pues según una orden ministerial, en el registro civil el padre y la madre pasarán a llamarse progenitor A y progenitor B”. Y la otra contesta: “¡El progenitor B que los parió!”.
20/02/06
Desde hace días, y aún semanas, la cosa no falla. Los telediarios, esas sesgadas ventanas abiertas al universo de construcción mediática, o sea, a la Realidad con mayúsculas, no cejan en su empeño.
Después de una rápida pasada por los asuntillos menores: esa rabieta incesante de los islamistas con las caricaturas del Profeta, que sigue poniendo en ebullición a millones de almas poseídas de santa y justa indignación, y cobrándose los muertos por decenas; ese inoportuno movimiento de tierras que ha sepultado a miles de personas en Filipinas, víctimas de la deforestación salvaje, los desequilibrios climáticos y la descoordinación de las autoridades; esa de construcción permanente de los fundamentos morales del Estado, con la perseguida finalidad de obtener la rápida liberación de los más sanguinarios asesinos de ETA en presidio con argucias leguleyas planteadas por un fiscal general puesto a dedo en sustitución del anterior, más incómodo por más justo; y un largo y desesperanzado etcétera; después, repito, de una rápida pasada por la piel amarga del mundo, los telediarios se centran en lo que importa. Lo que constituye la urdimbre verdadera de esa Realidad mediática con mayúscula.
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