8/02/06
Los del Norte, está claro, han perdido el norte. Esos países, endémicamente “aquejados de irrealidad” según el diagnóstico borgeano, instalados en una olímpica desconexión de las duras realidades del mundo, mirándose el ombligo “de diseño” bajo la lívida luz de mares de plata fría, cielos sombríos y auroras boreales. Hace años que la Academia Nóbel no da una en el clavo, ni por activa ni por pasiva. Ni cuando premia a figuras oscuras que no consiguen salir de la oscuridad a pesar del galardón, ni cuando se olvida se nombres de valía y reconocimiento archiprobados -recuerda lector a Borges, de nuevo- castigados por no ser políticamente correctos.
Y lo peor sucede cuando ese perpetuo “vivir en la inopia” salpica con impredecibles consecuencias a terceros. Consecuencias que pueden traer mucha sangre, y que están acarreando ya una espiral de violencia desestabilizadora en nuestro ya suficientemente inestable mundo
Cita “El segundo requisito es deshacerse de una buena vez de esa impostada mala conciencia…”.
Habrás adivinado ya, amigo lector, de que va todo este preámbulo. En efecto, se trata del “affaire” de las caricaturas de Mahoma, esas que unos irresponsables han tenido a bien publicar en un periódico de Dinamarca.
¿Algo huele a podrido en Dinamarca?. Hamlet el saturnino encontraría hoy efluvios del rancio tufillo de la estupidez y la ceguera. Pero si el príncipe paseara su fina pituitaria por las tierras de Occidente, desde todas ellas le llegarían relentes de lo mismo. Desde luego que el hedor que le alcanzaría procedente del Próximo Oriente le parecería insoportable: peste a montañas de estupidez, ceguera, maldad y fanatismo; miasmas de sangre y de muerte.
Los del Norte han perdido el norte. Y los del Sur, y los del Este, y los del Oeste.
Y la radiografía tragicómica de ese desnortamiento general nos la proporciona esta historia grotesca y siniestra de las caricaturas.
Pone este desdichado asunto de manifiesto la peligrosísima incapacidad de Occidente para juzgar objetiva, realista y fríamente a su secular y no siempre reconocido enemigo, el Islam. Es un pecado, y peor aún, es un error mortal no tomar en serio al islamismo radical, que arde de odio contra la civilización cristiana en general en todos los países de gobierno o mayoría islámica. Basta para comprobarlo con fijarse en la práctica impunidad con que están actuando en todos ellos las masas infrahumanas de fanáticos y exaltados, portadoras de carteles amenazantes que expresan una voluntad genérica de aniquilación, sin distingos ni matices.
Es asombrosa la ceguera con que en Occidente se ha considerado al Islam. Desde los mitos de su pasada tolerancia histórica, tan queridos y sostenidamente mantenidos contra toda evidencia histórica por las izquierdas, hasta la escandalosa asimetría que, en las mutuas relaciones, se asume como “normal” o “de suyo”.
A este respecto, es significativo el silencio de ZP y sus muchachos a la hora de alinearse con los países de nuestra órbita cultural en defensa de un principio irrenunciable- ocasionales torpezas a parte- como es el de la libertad de expresión.
¿Seguirán aferrándose a esa tópica y utópica “alianza de civilizaciones”, una alianza que pretenden conseguir por el camino fácil e inexorablemente fallido del entreguismo y la renuncia?.
Para lograr esa famosa alianza, si es que algún día es posible (y mientras no evolucione profundamente en la dirección adecuada el Islam lo dudo mucho) hay dos requisitos previos indispensables.
El primero, lo repito, tomarse de una buena vez en serio al adversario. Un adversario que acabó con la herencia grecolatina en media ribera del Mediterráneo y a punto estuvo de lograrlo en la otra media; un adversario que destruyó a la Bizancio milenaria, y cuya historia es la de catorce siglos de conflictos y casi ininterrumpidos enfrentamientos con el Occidente cristiano.
Un adversario que sólo entiende la vida propia y la ajena en términos de sumisión (eso mismo significa Islam) a los preceptos de una intransigente tiranía teocrática, y que no ve otra alternativa a la sumisión que la aniquilación.
El segundo requisito es deshacerse de una buena vez de esa impostada mala conciencia que lleva a los occidentales a asumir sin crítica ni reparo que son culpables de todos los males del universo mundo, y no tienen derecho a exigir un principio de reciprocidad en sus relaciones con los otros pueblos.
Me refiero a cosas como facilitar o incluso subvencionar la construcción de mezquitas en suelo propio, y considerar normal y hasta legítimo que otros persigan en sus tierras no sólo la construcción de iglesias, sino la mera práctica religiosa del cristianismo.
Y es que nos creemos tan superiores en el fondo que no aceptamos la responsabilidad del otro en lo que ocurre, ni juzgamos nuestro comportamiento y el suyo con el mismo rasero. Nuestra tolerancia es realmente condescendencia, y sólo nos acarrea desprecio.
A ver si empezamos a repartir con equidad derechos, obligaciones y culpas, y nos desprendemos de actitudes que solo son figuras mórbidas de un neocolonialismo del espíritu.
Solo afirmándonos en nuestros principios y valores propios, que existen y son muy válidos y defendibles, alcanzaremos la firmeza necesaria para lograr un principio duradero de convivencia.
27/01/06
Los murcianos no son de fiar. Los andaluces son vagos. Los vascos son honrados y trabajadores. Los españoles son fogosos, las francesas frívolas, los ingleses civilizados, los alemanes tienen la cabeza cuadrada. Los negros huelen mal. El Islam es tolerante. La cultura es de izquierdas. La izquierda es progresista y la derecha reaccionaria. Se tú mismo comprando una colonia. Etc, etc…
Podría seguir hasta el infinito. Una de las indeseables consecuencias de vivir en una cultura de masas es que nos inundan los tópicos. Los hay de todas clases y géneros, se encuentran en todos los niveles, desde la charla de café hasta la tertulia literaria de altos vuelos. Las declaraciones de los políticos y sus programas, y no digamos ya los mítines y actos de masas, son ensaladas de tópicos. La propaganda electoral, sea del signo que sea, se ampara en el más descarado y discutible topicazo, usa y abusa de el cómo de una muleta vergonzante, que suele disimular una vergonzosa cojera de ideas y propósitos.
Pero es que la propaganda comercial que “vende” hace exactamente lo mismo.
Escandaliza ver la penuria de los mimbres con que se tejen nuestras vidas.
El tópico se propaga con rapidez viral, infectando nuestras cabezas con la contundencia y eficacia de una “gripe española” (la mortífera gripe de 1918) endémica y pandémica; Una gripe del corazón, el sentimiento y el pensamiento.
El tópico es la invasión de lo mostrenco en sustitución de lo propio, singular y auténtico. Cuando no deseamos, y eso es lo común y corriente, ver con claridad el perfil de algo conflictivo que nos atañe, ventilamos la cuestión acudiendo al tópico pertinente, y a partir de ese momento quedan bloqueadas y en suspenso nuestras facultades para pensar, sentir, o, simplemente, ver.
(…) la propaganda electoral, sea del signo que sea, se ampara en el más descarado y discutible topicazo”
El tópico es una roña, una costra de óxido espiritual, una lepra que va recubriendo los ojos de la mente, cegándola, asfixiándola, anquilosándola lentamente.
Y lo peor es que no nos damos cuenta. El tópico nos invita a la molicie. Parece una expresión singular de la ley del mínimo esfuerzo aplicada a la inteligencia.
Tan insidiosa es su presencia que desprenderse de esa roña, de esa costra, es uno de lo mayores y más meritorios esfuerzos que ha de realizar, sin ninguna garantía de éxito, cualquier creador que se precie; Que aspire a dar salida a su propia voz. La alternativa a la voz depurada de tópicos, ajustada a la propia perspectiva, a la propia verdad, es, en cualquier dominio artístico, el “Kitch”. El “Kitch” es la floración del tópico elevada a la categoría máxima. El “Kitch” es la plena complacencia en las identidades universalmente consagradas de lo inauténtico.
Es por ello el signo de identidad inequívoco de las tiranías y los totalitarismos. La arquitectura, y aún más la escultura o la pintura nazis, eran “Kitch” en estado puro.
Una mala novela, un poema mediocre, suelen ser un ensamblaje o amalgama de tópicos verbales y temáticos, tal como nos advierte Muñoz Molina cuando escribe sobre la delicia y el riesgo de escribir. En ellos, en rigor, el autor permanece mudo. En rigor no habla, no dice nada. O más exactamente, no transmite nada propio, nada que no sea lo que ya está ahí, en su mente y en la del lector, exhibiéndose con impudor redundante, para la plebeya satisfacción del escritor o artista que “escribe o crea para todos”, y del lector o espectador que se adhiere sin reservas a lo que no tenía ninguna necesidad de leer o ver, porque estaba ya dentro de él.
Este es uno de los más rápidos, seguros y eficaces caminos para el éxito. Es el de los gurús “New age”- tipo Paulo Coellho- y demás genios de la autopromoción. Una caterva de escritores y de artistas, muchos con credenciales de prestigio, viven y medran a costa del eterno reenvío y proliferación del tópico.
El tópico es el habitante más común y ordinario en el verbo de los demagogos. En su boca puede eventualmente ser muy peligroso.
A veces es un pavoroso retrato de la inconsciencia e insuficiencia intelectual de los que mandan. Hace pocos días, cierto político con fama de preparado y ecuánime, arengaba a los militares instándoles a no volver “a la España de los Reyes Católicos”. Ya se sabe el tópico: la férrea España absolutista, etc etc. Pues bien, es precisamente el partido que gobierna, al que ese señor pertenece, el que nos lleva de cabeza a esa España, que era realmente una endeble alianza dinástica de reinos, con fueros, leyes e incluso monedas propias, que estrenaba apenas una política exterior común. La España que consagra la actual Constitución, esa que los militares tienen la obligación de defender, esa que se está desmantelando por sus pasos contados con el beneplácito gubernamental, no es precisamente la España de los Reyes Católicos, si no la que consagró la Constitución Liberal de 1812, estableciendo por primera vez la igualdad de derechos de todos los españoles.
Hay que distinguir el tópico, que es amorfo, del refrán, que es una forma verbal de secular cristalización, casi siempre ingeniosa y mucha veces desencantada y certera, que de vez en cuando, eso es cierto, incurre en el tópico. El refrán es más bien una muletilla verbal que sazona el discurso pero no lo apuntala. El que enuncia un refrán sabe que es un refrán, y no una lapidaria verdad absoluta, que es a lo que aspira el tópico.
Se puede ser típico, pero hay que evitar ser tópico. Y no hay tópico peor que el utópico, que es quien nos desaloja del mundo (nos deja “fuera de lugar”, u-topos) haciéndolo inhabitable con sus tópicos.
10/01/06
El gran Don Camilo bautizó así a uno de los más acendrados beneficios de nuestra tradición idiosincrática. A uno de los más conspicuos y sabios signos de identidad del ser hispánico: la siesta. La siesta; puente tendido entre la necesidad de producir y el lujo de existir, entre la fisiología, la cultura y la naturaleza. El gran Don Camilo, que enarboló el estandarte hispano, con capa incluida, en la severa ceremonia luterana de la adjudicación del Premio Nóbel de Literatura hace algunos años, la defendió siempre.
Creo que es certero denominar yoga hispánico a la siesta. Reúne, amigo lector, los habituales beneficios que te procura la práctica del yoga, en orden a la relajación corporal, al descanso, a la clarificación de la mente, a la eliminación del estrés y las tensiones del día. Reúnelos y réstales la sumisión disciplinaria, el tono iniciático y misticoide que con frecuencia arrastra el yoga consigo, y regálate a cambio el frescor de amanecer otra vez cada día; ese pequeño, modesto e íntimo milagro cotidiano. Al producto de estas operaciones que te propongo se le llama siesta.
Tengo amigos muy respetables y laboriosos, ya mayores, que practicaron esa modalidad de yoga con aplicación y virtuosismo, no renunciando a ella ni en los momentos de mayor tribulación y penuria. Amigos de siesta mayor, como la misa de las efemérides eclesiásticas; siesta de pijama y orinal. Y no, no quebraron sus negocios, no fueron expulsados por gandules impenitentes de sus puestos de trabajo. Al contrario, fueron considerados modelos de seriedad y cumplimiento.
Los anglosajones y los germanos, adictos a la religión del trabajo y la productividad, moldeados por la ética activista del protestantismo, que ayer despreciaban la siesta, como cosa propia de pueblos pintorescos y atrasados, empantanados en tradiciones superadas e ineficaces, están saliendo hoy de su error. Están descubriendo el Mediterráneo, o sea, la siesta, avalada esta vez por sesudos estudios científicos.
Personalmente, soy creyente y practicante desde siempre, aunque la mía es la modalidad menor; a medio camino entre la siesta pantagruélica y eclesiástica y el descanso breve, al uso del Rey Felipe II (otro aficionado a la siesta) quien daba sus cabezadas sobre una butaca con una gran llave en mano que, al quedarse traspuesto, caía al suelo, poniendo fin al descanso de tan laborioso monarca, conocido en su día como el “Rey papelero”.
Pero, amigo lector, la necedad “progresada” (que no progresista) no conoce límites. Ya decía Albert Einstein que sólo conocía dos ejemplos de infinitud en la naturaleza: la de la extensión física del universo, y la de la humana estupidez. Y no estaba muy seguro de la primera de ellas. Acercándonos más a nuestros lares, el añorado crítico de arte Santiago Amón, prematuramente desaparecido y no reemplazado, solía repetir con buen conocimiento de causa que en España ya no cabe un tonto más.
Es el caso que la caterva de “progres” que nos desgobierna ha decidido acabar con la siesta por decreto. Lo se de buena tinta. Los grandes triunfadores de la política que nos han malquistado con los Estados Unidos y la Alemania de la “fracasada” Merkel, llevándonos de la mano de lo más granadito del planeta: Mojamé “el fiable”, Evo “el recolector” ( de deudas perdonadas, no de lechugas pese a las apariencias), Chaves “el Bolívar” de los descamisados, y el barbado Castro sempiterno; los que nos han dado la gloria y el orgullo de ser el país europeo que menos va a recibir de la Unión Europea y que más va a tener que aportar; etcétera, etcétera, esos mismos genios tutelares van a reformar de raíz el deplorable ser hispánico suprimiendo la siesta.
Es penoso comprobar una vez más el reflejo intervencionista existente, de viejo cuño marxista irredento, de nuestros desgobernantes. Es el eterno reflejo totalitario de la izquierda doctrinaria, heredado de tantos “ingenieros de hombres” habidos. (Así se llamaban a sí mismos los diversos “estalines” de infeliz recuerdo).
Ya se sabe que lo característico del totalitarismo es que nada le es ajeno. Hay una manera de pensar, de ser, de vestirse, de descansar, de hacer el amor, dictada por los totalitarios de turno. Pues bien, para los genios totalitarios que nos desgobiernan, la siesta es improductiva y sexista. La siesta es machista, reaccionaria y de derechas. Así la han calificado, y se proponen atajar ese error del pasado reduciendo a 45 minutos el tiempo de descanso laboral del mediodía. Dejan el tiempo justo para engullir, preferiblemente en el mismo lugar del trabajo, en soledad vergonzante, un perro caliente o un frío sandwich, aderezado con algún infame refresco de cola.
Ya han logrado regularizar a los chorizos de medio mundo, han equiparado la familia a los ayuntamientos gays y lésbicos. Ya no nos dejan fumar, y no quieren dejarnos beber. Pronto, es previsible que tampoco nos dejen comer, penalizando fiscalmente a los gordos (que generan mucho gasto a la Seguridad Social). Un paso más, y averiguarán que la lectura y la crítica provocan infelicidad en el ciudadano, entre otros inconvenientes de naturaleza política. Ese paso lo han dado ya los socios catalanes del desgobierno (Cataluña en la vanguardia como siempre). Recuérdese el CAC.
Entonces, es posible que un día, como ya anticipara Ray Bradbury, los bomberos encuentren una nueva función alternativa, organizando hermosas piras humeantes con los libros perniciosos. Y todos bailaremos y cantaremos alrededor de ellas con cívico entusiasmo: “¡por el talante, adelante!”.
29/12/05
La multitud reza. Un hombre negro espera. Su reclusión va quizás a concluir. Es un hombre fornido, conservando en plenitud su vigor en una espléndida mediana edad que le ha añadido a su rostro, fuerte y firme, dos importantes cualidades: sabiduría y serenidad.
¡Cuántas cosas se pueden leer en un rostro! y más si es el de alguien que ha sufrido largamente, y ha aprovechado el dolor de su vida para humanizarse. Las arrugas añaden entonces a la expresión facial una carga de nobleza, como si el espíritu hubiera crecido en el interior de esa persona, fortaleciéndose con sus penalidades, y tomara gradualmente posesión de un cuerpo antes salvaje, cabalgado por irrefrenables impulsos, por deseos urgentes y devastadores, por el odio visceral y la violencia demoledora.
Tengo en la mente dos imágenes de este hombre que me han llegado a través de los medios de comunicación.
Una es la fotografía tomada en los días de su detención, a raíz de haber cometido, al parecer, un cuádruple asesinato particularmente brutal.
Es una foto de los años setenta del pasado siglo. Nos muestra a un tipo hercúleo, con la apariencia de un luchador del “poder negro”, cabellera “afro” incluida. Su actitud, las formas mismas de su cuerpo, de dura piedra negra, destilan agresividad, violencia apenas contenida por los policías que lo retienen. Es la imagen de un bárbaro educado en la violencia, en la lucha callejera. Lleva escrita su historia entera en el ademán retador que aún conserva, en una situación en que otros mirarían, vencidos, al suelo, derrotados por el miedo y la culpa. Este no. Este hombre ha sufrido un revés, pero no ha sido derrotado. Un orgullo casi luciferino lo sostiene pese a todo. Su capacidad de lucha está intacta.
Vuelvo ahora a la otra imagen, la foto reciente tomada a este hombre en su celda de condenado a muerte, una sentencia vieja cuyo cumplimiento se viene dilatando desde hace 25 años. Su musculatura se ha reducido, ganando su cuerpo en armonía de formas. Su cara, antes lo he dicho, no es ya la de un pandillero, sino la de un sabio, la de un hombre de pensamiento y acción ordenados a fines altruistas; la de alguien que medita, resuelve y actúa para objetivos que no se detienen en la inmediatez de sus deseos. Podría ser la cara de un embajador plenipotenciario en las Naciones Unidas, con algo de Nelson Mandela. Podría ser - pudo haberlo sido; ya fue propuesto para ello- la cara de un premio Nóbel.
Es una cara muy conocida hoy en América, ya que este hombre ha alcanzado un liderazgo espiritual entre la juventud de color desarraigada, predicando la solidaridad y la no violencia, tanto de palabra como por escrito, siendo autor de varios libros con esa temática que se leen, al parecer, en las escuelas. En la cárcel se ha ganado el respeto unánime de presos y carceleros. Es un hombre que ha librado una gloriosa batalla; ya dije que se le veían las fuerzas intactas. La ha librado con éxito. Ha ganado lo que la sabiduría islámica denomina “Gran Guerra Santa”; la guerra en la que se vence uno a sí mismo.
Ese ha sido el fruto de los largos años de prisión padecidos. Hoy es otro hombre, cuya actuación y presencia benefician a la comunidad.
La vida de este hombre pende de un hilo. La ejecución tanto tiempo demorada va a tener al fin lugar. Solo queda una última instancia, la clemencia del gobernador del poderoso estado en el que fue detenido, juzgado y condenado.
Veamos a este otro hombre, el gobernador, que mantiene con el detenido una curiosa relación de correspondencias inversas. Parece la relación entre estos hombres uno de esos juegos irónicos y perversos a los que a menudo se prestan la providencia o el destino en la organización de los asuntos humanos. Una jugada más de vidas paralelas al modo de Plutarco, solo que al revés.
Este otro hombre es blanco. No sólo blanco, sino de pura estirpe germánica; ario puro, según los estereotipos raciales del nacionalsocialismo, con el que estuvo al parecer relacionado su padre, allá en su Austria natal.
Este hombre es también fornido: un autentico coloso, que inició su meteórica carrera de actor de cine de acción a raíz de su elección como mister Universo, preciado galardón de los adictos al culturismo.
Si el hombre negro hizo sus armas en la calle, este libró descomunales batallas en el celuloide, como super agente secreto, astronauta o autómata. Especialmente como autómata, enviado desde el futuro a destruir al género humano, desde un tiempo en el que imperan las máquinas y los hombres se esconden como ratones en las ruinas de su antiguo mundo.
Nuestro guerrero autómata había nacido para tal papel, con un cuerpo pesado, macizo, hiperdesarrollado, y un rostro facetado, anguloso y como inacabado, que a duras penas admite media docena de expresiones faciales diferentes insinuadas en su pétrea materia.
Siguiendo el ejemplo de antecesores ilustres, el éxito cinematográfico le llevó a la política. En ese país- que es ya también nuestro mundo- en el que las máquinas ya le han ganado al hombre la partida, el autómata dinamitero se vio muy pronto elegido gobernador de California.
Ya tenemos a nuestros dos hombres. El asesino redimido que aprendió a ser un hombre, y el hombre que se convirtió en ídolo de masas siendo menos que una bestia. Terminator, el robot asesino, no podía traicionar su naturaleza: el hombre debe morir.
En una fría mañana prenavideña encerraron al hombre negro en una cámara de ciencia ficción, siniestra, llena de máquinas. Le pusieron la inyección. Dicen que tardó en morir.
Fuera, se apagaban las luces. La ciudad engalanada para las próximas fiestas era un ascua de agonizante luz, que no alcanzó a penetrar en ningún patio de la prisión.
14/12/05
Sigue fiel a su cita anual. La adecuada conjunción zodiacal, en vísperas del solsticio de invierno, trae de nuevo a nuestras telepantallas domésticas su enjuta figura, inconcebible fuera de los tonos blancos y negros, de los grises interminables que le encarnan en su contorno. Hierofante del destino feliz en un mundo paralelo al nuestro donde perdura siempre un oscuro y gélido atardecer de postguerra, caballero de la triste figura que disemina en e aire las jabonosas y efímeras pompas de la buena suerte, figurón enlutado y -al decir de damas amigas entendidas en la materia- “glamuroso, con un atractivo ambiguo y algo vampírico”, es EL CALVO.
25/11/05
Hace unos días se produjo una manifestación histórica en Madrid. Otra más, que se suma a las tres o cuatro ya habidas desde que tuvo lugar el acceso al poder de Zetapé y sus secuaces. (No digo desde que llegó al poder el Partido Socialista Obrero Español, que es un partido histórico respetable, porque me cuido de identificarlo globalmente con la facción dominante en las actuales circunstancias). Como las anteriores, ésta, la más multitudinaria de las habidas de la transición para acá, no servirá para nada, salvo, y ello no es poco, para dar testimonio de que la sociedad va siendo cada vez más consciente del problema de la educación de los jóvenes, y va a ser cada vez más difícil darle gato por liebre en estas cuestiones, cosa que al parecer pretende la actual LOE en curso.
¿Qué opina del Plan de Competitividad Turística de Águilas?
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