20/02/06
Desde hace días, y aún semanas, la cosa no falla. Los telediarios, esas sesgadas ventanas abiertas al universo de construcción mediática, o sea, a la Realidad con mayúsculas, no cejan en su empeño.
Después de una rápida pasada por los asuntillos menores: esa rabieta incesante de los islamistas con las caricaturas del Profeta, que sigue poniendo en ebullición a millones de almas poseídas de santa y justa indignación, y cobrándose los muertos por decenas; ese inoportuno movimiento de tierras que ha sepultado a miles de personas en Filipinas, víctimas de la deforestación salvaje, los desequilibrios climáticos y la descoordinación de las autoridades; esa de construcción permanente de los fundamentos morales del Estado, con la perseguida finalidad de obtener la rápida liberación de los más sanguinarios asesinos de ETA en presidio con argucias leguleyas planteadas por un fiscal general puesto a dedo en sustitución del anterior, más incómodo por más justo; y un largo y desesperanzado etcétera; después, repito, de una rápida pasada por la piel amarga del mundo, los telediarios se centran en lo que importa. Lo que constituye la urdimbre verdadera de esa Realidad mediática con mayúscula.
16/02/06
Continuando con este duelo dialéctico, al que me invitó, inconsciente de las consecuencias, mi colaborador, y sin embargo amigo, Salvador Montalbán, he de decir que en su argumentación, mi contrincante incurrió en tal contradicción que casi me da pena echar por tierra sus elucubraciones. Pero, como no soy amante de lástimas y caridades de ocasión, voy a entrar al trapo, esperando no hacer demasiada sangre. No se puede defender una moral consensuada y concluir diciendo que es cambiante e inestable. ¡Pues vaya consenso!
8/02/06
Los del Norte, está claro, han perdido el norte. Esos países, endémicamente “aquejados de irrealidad” según el diagnóstico borgeano, instalados en una olímpica desconexión de las duras realidades del mundo, mirándose el ombligo “de diseño” bajo la lívida luz de mares de plata fría, cielos sombríos y auroras boreales. Hace años que la Academia Nóbel no da una en el clavo, ni por activa ni por pasiva. Ni cuando premia a figuras oscuras que no consiguen salir de la oscuridad a pesar del galardón, ni cuando se olvida se nombres de valía y reconocimiento archiprobados -recuerda lector a Borges, de nuevo- castigados por no ser políticamente correctos.
Y lo peor sucede cuando ese perpetuo “vivir en la inopia” salpica con impredecibles consecuencias a terceros. Consecuencias que pueden traer mucha sangre, y que están acarreando ya una espiral de violencia desestabilizadora en nuestro ya suficientemente inestable mundo
Cita “El segundo requisito es deshacerse de una buena vez de esa impostada mala conciencia…”.
Habrás adivinado ya, amigo lector, de que va todo este preámbulo. En efecto, se trata del “affaire” de las caricaturas de Mahoma, esas que unos irresponsables han tenido a bien publicar en un periódico de Dinamarca.
¿Algo huele a podrido en Dinamarca?. Hamlet el saturnino encontraría hoy efluvios del rancio tufillo de la estupidez y la ceguera. Pero si el príncipe paseara su fina pituitaria por las tierras de Occidente, desde todas ellas le llegarían relentes de lo mismo. Desde luego que el hedor que le alcanzaría procedente del Próximo Oriente le parecería insoportable: peste a montañas de estupidez, ceguera, maldad y fanatismo; miasmas de sangre y de muerte.
Los del Norte han perdido el norte. Y los del Sur, y los del Este, y los del Oeste.
Y la radiografía tragicómica de ese desnortamiento general nos la proporciona esta historia grotesca y siniestra de las caricaturas.
Pone este desdichado asunto de manifiesto la peligrosísima incapacidad de Occidente para juzgar objetiva, realista y fríamente a su secular y no siempre reconocido enemigo, el Islam. Es un pecado, y peor aún, es un error mortal no tomar en serio al islamismo radical, que arde de odio contra la civilización cristiana en general en todos los países de gobierno o mayoría islámica. Basta para comprobarlo con fijarse en la práctica impunidad con que están actuando en todos ellos las masas infrahumanas de fanáticos y exaltados, portadoras de carteles amenazantes que expresan una voluntad genérica de aniquilación, sin distingos ni matices.
Es asombrosa la ceguera con que en Occidente se ha considerado al Islam. Desde los mitos de su pasada tolerancia histórica, tan queridos y sostenidamente mantenidos contra toda evidencia histórica por las izquierdas, hasta la escandalosa asimetría que, en las mutuas relaciones, se asume como “normal” o “de suyo”.
A este respecto, es significativo el silencio de ZP y sus muchachos a la hora de alinearse con los países de nuestra órbita cultural en defensa de un principio irrenunciable- ocasionales torpezas a parte- como es el de la libertad de expresión.
¿Seguirán aferrándose a esa tópica y utópica “alianza de civilizaciones”, una alianza que pretenden conseguir por el camino fácil e inexorablemente fallido del entreguismo y la renuncia?.
Para lograr esa famosa alianza, si es que algún día es posible (y mientras no evolucione profundamente en la dirección adecuada el Islam lo dudo mucho) hay dos requisitos previos indispensables.
El primero, lo repito, tomarse de una buena vez en serio al adversario. Un adversario que acabó con la herencia grecolatina en media ribera del Mediterráneo y a punto estuvo de lograrlo en la otra media; un adversario que destruyó a la Bizancio milenaria, y cuya historia es la de catorce siglos de conflictos y casi ininterrumpidos enfrentamientos con el Occidente cristiano.
Un adversario que sólo entiende la vida propia y la ajena en términos de sumisión (eso mismo significa Islam) a los preceptos de una intransigente tiranía teocrática, y que no ve otra alternativa a la sumisión que la aniquilación.
El segundo requisito es deshacerse de una buena vez de esa impostada mala conciencia que lleva a los occidentales a asumir sin crítica ni reparo que son culpables de todos los males del universo mundo, y no tienen derecho a exigir un principio de reciprocidad en sus relaciones con los otros pueblos.
Me refiero a cosas como facilitar o incluso subvencionar la construcción de mezquitas en suelo propio, y considerar normal y hasta legítimo que otros persigan en sus tierras no sólo la construcción de iglesias, sino la mera práctica religiosa del cristianismo.
Y es que nos creemos tan superiores en el fondo que no aceptamos la responsabilidad del otro en lo que ocurre, ni juzgamos nuestro comportamiento y el suyo con el mismo rasero. Nuestra tolerancia es realmente condescendencia, y sólo nos acarrea desprecio.
A ver si empezamos a repartir con equidad derechos, obligaciones y culpas, y nos desprendemos de actitudes que solo son figuras mórbidas de un neocolonialismo del espíritu.
Solo afirmándonos en nuestros principios y valores propios, que existen y son muy válidos y defendibles, alcanzaremos la firmeza necesaria para lograr un principio duradero de convivencia.
8/02/06
Una vez aceptadas las disculpas que pudieran dejar en mal lugar a los comerciantes y su muy honrosa profesión, dejamos liquidado el hiriente tema de la araña y la mosca.
Sobre el otro tema, el de lo moral y lo inmoral, no esperaba un debate muy duro, que no es para tanto, pero tampoco que el director de este medio me lo pusiera tan a huevo.
1/02/06
Me ha sorprendido gratamente que uno de los colaboradores de este medio me haya retado a un duelo dialéctico sobre un tema tan controvertido como la moral. A pesar de que no soy ningún experto en la materia, acepto con gusto y espero que lo que empezó como una invitación a reflexionar sobre las rebajas morales, pueda llegar a ser, gracias a los artículos de Salvador Montalbán, un debate interesante.
Antes de nada quiero disculparme por el símil de la araña y los comerciantes. En mi defensa he de confesar que siento una gran admiración por estos pequeños animales y que me apasiona el arte con el que se labran su forma de vida. Tal vez es menos justificable lo de haber llamado a los compradores “moscas consumistas”. Mil perdones.
En cuanto a la moralidad, comenta mi homónimo amigo que es algo que depende de cada cual, ya que, según él, no existe una moral universal. Sin embargo, y a pesar de que sus ejemplos para ilustrar que ante un mismo hecho pueden haber muchas interpretaciones son impactantes, me afirmo en mi tesis de que la moral no es una convención, sino que se trata de algo innato en el ser humano. Me decanto, sin dudar, por el naturalismo ético, porque el convencionalismo ha dado muestras de no ser viable.
Esta última teoría filosófica, iniciada por los eternos oponentes de Sócrates, los sofistas, defiende que el origen de la moralidad descansa en convenciones necesarias para la vida en común de las sociedades; sin embargo, todos los ejemplos que aduce mi contrincante dialéctico demuestran justamente que no se logra de ese modo un proyecto común pacífico, sino el conflicto de intereses. Precisamente, para los sofistas griegos, el nomos (enfrentado a la Physis o naturaleza) era entendido como opinión colectiva o ley y éste tenía su fundamento exclusivo en un acuerdo basado en el interés.
(…) pueda llegar a ser, gracias a los artículos de Salvador Montalbán, un debate interesante
Por lo tanto, no hay criterios para determinar lo que es moral e inmoral con independencia de las convenciones particulares de la sociedad de turno. Esto trae consigo que si hoy está prohibido matar, quizás mañana las normas cambien y el acuerdo sea la ley del más fuerte. Esta postura, defendida por los políticos contractualistas, encabezados por Hobbes, lleva a acatar una obediencia al pacto social y una cesión de la libertad individual en post del poder común. En el caso del Leviatán, el poder toma la forma del soberano, cuyos mandatos deben ser obedecidos. Y esto es algo que instintivamente me pone en alerta, a pesar de no haber vivido las épocas dictatoriales de antaño.
En la misma línea, Montesquieu defendió el relativismo moral basándose en este mismo principio. Otro tipo de teoría convencionalista es la ética utilitarista, que sostenía que la naturaleza humana debía ser moldeada y que la felicidad se encontraba en el placer de obedecer las reglas sociales. El problema era que la búsqueda de la felicidad para el mayor número tenía que acoplarse a la convención social, ya fuera una sociedad democrática o totalitaria. Finalmente, desde Kant hasta Habermas se ha defendido un tipo de éticas deontológicas, universalistas o procedimentales que presentan una orientación afín al convencionalismo. Entre ellas llama la atención el invento de Rawls y su concepto de “posición original”, una hipótesis según la cual todos elegiríamos lo mejor para todos.
Castillos en el aire que muestran que esta posición no se sostiene en pie. Frente a ella, el naturalismo moral me grita, desde el interior de mi propia conciencia, que hay principios universales e inalienables, de los que gustosamente escribiré en otros artículos. Querido Montalbán, touché.
27/01/06
La pasada semana, el director de este prestigioso medio hacía una corta reflexión (corta en extensión, que no en lucidez) sobre la moralidad actual en su artículo: “ Rebajas de ocasión ” .
Antes que nada, lo que sí rechazo es el símil comercial cuando habla de que las rebajas son como las arañas, que atraen a los clientes al interior. Nada más alejado de la realidad. Las rebajas son un servicio más hacia el consumidor, que suponen un gran esfuerzo económico por parte del comerciante hacia el ciudadano.
La moralidad, es evidente, depende cada cual. No existe una moral universal, por mucho que se pretenda. Lo que para unos es moral no lo es para otros, muchas veces vecinos y amigos. Por ello, no estamos autorizados a definir más moralidad que la nuestra propia.
“El desprecio por el medio ambiente, en un juego suicida con nuestro propio futuro. La invasión y ocupación por los israelíes de una tierra llamada Palestina, con el visto bueno interesado de los gobernantes de los últimos 58 años”
Con el fin de puntualizar escuetamente, si se me permite, me gustaría ampliar su reflexión, cuando no enmendarla. Para ello se me ocurren algunos ejemplos a los que la moralidad de cada uno le da un valor diferente, sin duda , como :
El desprecio por el medio ambiente, en un juego suicida con nuestro propio futuro. La invasión y ocupación por los israelíes de una tierra llamada Palestina , con el visto bueno interesado de los gobernantes de los últimos 58 años. La invasión y control de un pueblo rico en petróleo, Irak , por una potencia militar. Las declaraciones de un general y un capitán legionario en un país con muy malos recuerdos de los militares metidos a salvadores de la patria. La imposición de ciertas asignaturas a la enseñanza pública.
El atenazamiento de un gobierno por radicales nacionalistas con intereses perversos. La fácil libertad de un bailaor, gitano y asesino, que atropella peatones. La condescendencia judicial con los jóvenes que apalean a mendigos. Que algunos españoles entendamos a otros por subtítulos. Que los países más nucleares le impidan a otros desarrollarse nuclearmente. Que un terrorista convoque asambleas y nadie se lo prohíba. Que un juez canario suelte a un narcotraficante por dinero. Que la información sea manipulada a diario y a conveniencia del que paga. Que el Estado imponga la salud obligatoria vía decreto ley. Que se mantengan las guerras de religión tras más de veinte siglos.
En todos estos ejemplos hay, sin duda, versiones de lo que es bueno o malo, de lo que es moral o inmoral. Todo depende del punto de vista de cada cual y de la objetividad con que se quiera ver, sin sentirse mediatizado por cuestiones religiosas o políticas, que son las dos principales modificadoras de la moral universal que se pretende.….. desde bastante antes de los egipcios.
Dar por válida , exclusivamente, la moral cristiana o musulmana no nos ha llevado por buen camino hasta ahora.
Debe existir una moral no tendenciosa o interesada que supere en criterios a las de signo religioso y que aglutine a la inmensa mayoría de los ciudadanos y no a parte de ellos.
Muchas veces el dejar en manos de otros el decidir si algo es moral o no, en un alarde más de la desidia , siglos mantenida, en la relación entre los hombres.
¿Qué opina del Plan de Competitividad Turística de Águilas?
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