La Actualidad de Águilas y Lorca

Periódico con noticias locales de Águilas, Caravaca y Lorca

La Actualidad - el periódico que te da el triple

EL TIEMPO INM: Águilas - Lorca - Caravaca

Articulistas

1/08/08

  • Salvador Montalbán

Medallas de epolvo

Vamos bien en los Juegos Olímpicos. Pero dando de cal y de arena. De una más que de otra, seguramente. Mientras que un paisano asturiano gana una medalla por unos centímetros de bicicleta, tenemos otra pava que se ha metido, del verbo meter.

Se ve que ya no vale lo de la guindilla en el culo para correr, del verbo correr.
La nena del pelo de colores que nos ha dejado en ridículo ante tantas naciones, alguna de las cuales posiblemente no sepan lo que es la eritropoyetina o no puedan comprarla, es una más de los que, con una bicicleta bajo el culo, valoran más llegar primero y con las pupilas especialmente dilatadas que llegar segundo pero con dignidad. Ya nos pasó en el Tour, que debe ser una carrera dura y casi todo cuesta arriba, donde a otro listo, paisano también, lo enchiqueraron para que durmiera el colocón, el jodío drogata.

Vaya ejemplo que vamos dando, en el país donde se consume más cocaína de Europa nos daban el contrapunto los deportistas. Vaya que sí ; algunos de ellos diría yo, porque otros deben ser los que se ponen hasta el culo de pastillas los fines de semana y luego se siguen metiendo en los centros de alto rendimiento. Y eso que alguien los utilizó como ejemplo para los jóvenes de nuestra sociedad. Habrá que ir pensando en otros ejemplos porque por los ciclistas es mejor pasar de puntillas. No sé, se puede pensar como ejemplos : en el fantasma de Lorenzo, en el tímido Pedrosa, o en el genial Alonso, gente que lo que más se mete es mucho humo del tubo escape, que no necesita pastillas sino grandes reflejos y muchas ganas de llegar arriba. Espero que sin más inyectables que en la gasolina.

No se si ahora habrá que buscar al listo que le puso en la mano la EPO a la Maribel o al que le pagó el billete sin estar seguro de que no se había metido. Detrás de la catalana hay unos cuantos a los que también deberían poner en la puta calle. Me imagino que aquello debe ser tenso a tope : un tío chino ( por la nacionalidad, digo ) vestido de blanco que puede llamar a tu puerta y te dice: ” me mee usted aquí, por favor , que le ha tocado por sorteo “ . Y va y te toca, como dicta sabiamente la ley de Murphy. Moraleja : no te metas y , si te metes, no vayas.

Entre los que van por España con apellidos rusos, suramericanos u holandeses y los que mandan de vuelta a casa por viciosos o inconscientes, ya que gane alguno con apellido castellano, como el asturiano y alguno más, si el señor lo quiere. Y como no cuesta pedir, de los de natación que no se ahogue ninguno, por dios. Pero el deporte más alejado de la pureza de lo español , lo recuerdo, es el ping pong, donde mandamos a un madrileño, una ucraniana y tres chinos, para que luego digan que despreciamos a los inmigrantes. En boxeo mandamos a un dominicano para que le vayan dando por nuestra cara, o sea, en su cara por nuestra bandera. Eso,eso. Que le den……..medalla.

No creo que sea necesario recordar a Juanito, el alemán aquel , ya talludito, que primero nos admiró y luego nos humilló. La misma historia : no saber perder con dignidad.

Al final van a quedar estupendamente esos jugadores multimillonarios de fútbol, que se ponen ciegos a cubalibres y mojitos en las discotecas. Y encima les critican. Si se los pagan ellos.

21/07/08

  • Miguel Ángel Blaya

Lo que hace la calor ¿o no?

Vamos a tener que pensar que, efectivamente, el calor, o la calor, que se dice por estos pagos, agita la mente humana. El astro Sol, que por estas tierras se muestra muy generoso, puede jugarnos malas pasadas con eso de las insolaciones mentales. Bueno, a unos se la calientan y a otros se la ponen calenturienta. Me refiero a la mente.

Y no sabemos lo que es peor. El calentón, cuya enfermedad es de patología psicosomática por cuanto afecta a la mente y al cuerpo –bueno, a una parte concreta del mismo- es un peligro cuando no tiene con qué enfriarse. Pero al calenturiento, cuya afección tiene su raíz exclusivamente incardinada a la sesera, hay que echarle de comer aparte.

Hay mentes –no vayamos a entrar en si más o menos prodigiosas- que en cuanto llega el verano, y la calima propia de estos meses, se revuelcan que es un gusto en el mar de las disquisiciones. Vamos, lo que cualquier castizo con lenguaje poco académico despacharía con la sentencia de que se dedican a hacerse pajas mentales; y a veces –eso ya lo añado yo-, hasta con orgasmo incluido por el placer que deben proporcionarles sus elucubraciones.

Como casi todo lo que acontece últimamente, pareciendo haber quedado instituido lo de usar y tirar, prácticamente nadie –ni informadores, ni articulistas, si siquiera en la sección de cartas de los lectores en los periódicos- ha dicho ni comentado nada sobre aquella idea de ampliación y homogenización europea de la jornada laboral.

Casi se estaba quedando obsoleta la idea, precisamente porque muy pocos entraros al trapo, y un día, haciendo zapping radiofónico oí, a un empresario de la tierra –y no me refiero a un punto concreto de la Región de Murcia- retomando el susodicho asunto de la jornada laboral. Decía que no es tan descabellado ese horario laboral europeo de …titantas horas, argumentando que no hace tantos años que en España se trabajaba los sábados durante media jornada. Estuvo pelín irónico el locutor al apostillar que también existía antiguamente la esclavitud.

Abundó el susodicho empresario puntualizando que, sobre todo, los funcionarios podrían tener, perfectamente, una jornada laboral de 56 horas. O sea, 10 horas diarias (de 8 a 14 y de 16 a 20) y al llegar el sábado -¡gracias, generoso!-, sólo de 8 de la mañana a 2 de la tarde.

Y digo yo. Dos puntos. En vez de propiciar este horario para el funcionariado, sector que le es ajeno del todo a este hombre, por qué no se lo impone a los trabajadores de sus empresas, ya sean propias, ya familiares.

¿Será que son ya muchos, demasiados, los derechos conquistados por los trabajadores –sobre todo por los funcionarios- y a poco que nos descuidemos se va a caer, como un castillo de naipes, el sistema capitalista, ahora llamado liberal?

Vamos a pensar que son las calores del verano porque de lo contrario, en el caso de que lo haya dicho en serio y se atreva a ofrecer trabajo a quienes estén dispuestos a echar esas 56 horas, a lo mejor empieza a recibir cartas y currículos de ingenieros, arquitectos o biólogos con la expresa aceptación esa jornada laboral.

¿Han pensado todos estos nuevos titulados, y tituladas, que en algunos casos están trabajando por mil euros, que si ofrecen predisposición laboral de sol a sol puede que los llamen rápidamente?. Y con mayores motivos si aceptan, también, la ocurrencia de Voltaire en el sentido de que el único medio de hacer la vida soportable es trabajar sin razonar. ¿Qué más podría pedirse en aras a una productividad de corte neoliberal?

Estad al tanto, jovenzuelos y jovenzuelas, de cuanto se os oferte, sobre todo si esas alfombras de bienvenida conducen a las empresas de estos eruditos de la sociopolítica económica?

Que no, que hasta aquí puedo escribir y que no voy a decir quién es. Que si lo buscan desde las filas neoliberales para ofrecerle un cargo de responsabilidad (?), que lo busquen; yo no quiero ser palanca de lanzadera. Si lo pretenden desde sectores de recién licenciados para remitirle el currículo, que lo busquen también, que no me apetece colaborar con la contratación basura. Y si andan en su búsqueda desde otros rincones y con otros objetivos, pues lo mismo, que lo busquen.

21/07/08

  • José Luis González Cobelo

Las ciudades invisibles

Viajar significa nacer y morir en cada instante” (Víctor Hugo) “Cuando volvemos de un viaje nos preguntamos si es la tierra la que se ha empequeñecido, o somos nosotros quienes hemos crecido” (Paul Morand).

Aunque el turismo, esa acepción moderna y descafeinada del viaje, es un estupefaciente para uso de masas aletargadas, no tanto por la rutina como por esa invencible inercia interior que las arrastra, el viaje, en su sentido tradicional y eterno, es ante todo un viaje interior. Todo viaje que cuente algo, todo viaje que deje alguna huella en nosotros, es ante todo una aventura del espíritu.

Todos los años escribo algún artículo por estas fechas dedicado a los viajes, a las cosas vistas, a los templos y los paisajes que han significado algo para mí, y espero que para mis lectores.
Este año no voy a escribir sobre cosas vistas, sino sobre cosas sentidas, no voy a describir las ciudades visibles sino las invisibles. Voy a profundizar un poco en esa vertiente interior del viaje a la que aluden las citas que abren esta mirada.

Quizás despierte así la curiosidad del lector; quizás le consuele si no están su economía o su ánimo para viajes. El viaje visto así puede ser también un viaje rememorado o soñado.
Javier de Maistre nos invitaba a un viaje en torno a nuestra habitación. Pascal nos reconvenía por salir de nuestro cuarto, asegurando que de ahí le venían todos los males al mundo.
Paul Morand observaba que viajar constituye la manera más agradable, menos práctica y más cara de instruirse, de ahí que los ingleses hicieran de ello una especialidad.

Para los tibetanos, el viaje definitivo es una inmersión sin retorno en los abismos y paisajes interiores, en los paraísos o infiernos que a lo largo de la vida hemos construido en nuestra alma.
Italo Calvino fue un fabulador extraordinario que escribió un libro bellísimo titulado “Las ciudades invisibles”. Ese fue durante años unos de mis libros de cabecera, y, averigüé luego, lo fue también del pintor Pedro Cano, quien dedicó al libro una magnífica serie de acuarelas.
“Las ciudades invisibles” es un tratado descriptivo de geografía imaginaria. Un catálogo de ciudades soñadas, poéticamente descritas en sus páginas.

El potencial imaginativo de la obra es inagotable, aprovechando la ocasión para recomendarle al lector que se haga con él lo antes posible, y este verano, esté donde esté, lo lleve consigo.
Sabrá así de Zaira, la de las inmensas escalinatas, de Isaura, la de los mil pozos, de Zobeide, con su luz blanca y sus calles que dan vueltas como hilos de un ovillo, de la gran esfera azul de Fedora, de Armilla, no se sabe si en construcción o en demolición, de Cloé, de herméticos habitantes cuyas miradas se recogen en abanicos, de Valdrada, que son dos ciudades, una real y reflejada la otra.

Le llegarán noticias de Bauci, cuyos invisibles habitantes viven en las nubes, de Eutropía, cuyos residentes abandonan constantemente barrios enteros, para ocupar otros deshabitados hasta el momento, de Adelma, donde las gentes recuerdan invariablemente a personas que han muerto, de Eusapia, donde un ejército de encapuchados organiza con cadáveres escenas de las vida cotidiana en los subterráneos de la ciudad.
Conocerá la existencia de Mariana, la ciudad aparentemente perfecta que contiene un reverso tenebroso, de Irene, la ciudad que sólo puede verse de lejos, y a la caída del sol, de Aglaura, lugar sin encanto, y, a ciertas horas, lugar incomparable, de Esmeraldina, donde la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta sino la quebrada en zig-zag, de Perinela, proyectada para un urbanismo perfecto; la ciudad ideal que, inexplicablemente, sólo produce monstruos.

Estas maravillas y otras más esperan impacientes al lector que recorra las páginas de Calvino.
Pero, a estas alturas, el lector, perspicaz y sensible, como yo le supongo, ya se ha dado cuenta de una cosa: algunos de esos lugares fabulosos que le apunto ya les resultan familiares. Es como si ya hubiera tenido encuentros, fugaces, quizás, puede que apenas intuiciones o atisbos, con algunos, quizás con todos ellos.

Es verdad, y certeras son sus sospechas. Las ciudades invisibles existen, pero no en la Tierra Media de Tolkien o en el Reino Fabuloso del Preste Juan.

Existen, o laten, bajo la piel de cualquier ciudad nuestra, superpuestas como estratos ideales a los entornos que nos son más familiares. Para salir al encuentro de las ciudades invisibles, y efectuar la más fabulosa expedición del descubrimiento de otros mundos, basta con echar a andar y cambiar la mirada, o, más bien empezar a ver simultáneamente con los ojos del cuerpo y del alma.

Le invito al lector a que viaje a esa ciudad que le gusta y conoce, o a esa que no conoce aún y con la que soñó siempre, o a esa otra ciudad en la vivió, o que visitó con placer y felicidad un día, con los ojos internos de la memoria ensoñadora y despierta, si físicamente no le es posible.

Y conocerá, si hay libertad, amor y atención en su mirada, que cada ciudad son muchas ciudades, suspendidas del cielo y de las nubes, viviendo en los reflejos del agua, en los oros del crepúsculo, en los vientos y las nieblas, en las siluetas que dibujan la luna y las estrellas en la noche, en la gracia y el estilo de sus mujeres, en sus estruendos, sus rumores y sus silencios.

Descubrirá que los nombres, los emplazamientos fijos y la geografía son, ante todo, convenciones sociales, y que, por mucho que vuelva a esos lugares amados, nunca son los mismos, o mejor, siempre son los mismos y otros, y, cada vez, le esperan con una revelación diferente…

20/07/08

  • Isabel Giménez

La tumbona

Cuando llegan las vacaciones de verano, todos te hacen creer que eres el dueño de tu destino.
Anuncios y vallas dibujan un universo donde todo es posible, te venden la receta mágica de la belleza y el éxito – vas a ser más alto, más guapo, más moreno, más sexy, más ligón y vas hacer el amor más que los demás- y cuando ya estás subido en esa nube, ¡zas!, tarjeta de crédito: te han reducido a la condición de consumidor.

Las vacaciones te dan experiencias positivas, una vida excitante que te hace salir de la monotonía cotidiana. Y mucha evasión; viajes a lugares exóticos, como si la felicidad fuera a veces cuestión de kilómetros.

Hemos dejado muy atrás la Revolución Industrial, pero seguimos en el mismo agujero. Sólo que el proletariado ya no es de tinto de taberna a la salida del trabajo o la borrachera ( jumenta, como diría mi amigo Paco) del sábado-sabadote, sino el paquete turístico (vueling mas hoteling) a precio de ganga. Ya no es beber, sino vivir para olvidar. Las vacaciones son un espejismo de la de la siesta nacional que esta viviendo España desde hace un tiempo. Los ciudadanos estamos aletargados por la bonanza económica (otra falsedad) perdida de cloroformo, mientras los cirujanos del Psoe nos abren, transplantan y cosen. Y nos creemos protagonistas cuando los que realmente mueven los hilos son ellos.
La legislatura Duracell (¡ nunca se acaba¡) y eso que sólo lleva 100 dias, es el ejemplo definitivo. Han hecho y desecho a espaldas nuestras, con una política invasiva en nuestros derechos y libertades.
Nos han salvado de nosotros mismos, quitando tabaco y reduciendo el vicio de la velocidad,(a golpe de multa); están decidiendo por nosotros el modelo de Estado; y se han rendido en nuestro nombre, sin consultarnos.

Nos vamos de vacaciones, pero todos los interrogantes siguen abiertos.
Nos vamos de vacaciones, creyendo que la crisis se resolverá por arte de birlibirloque. Nos echamos la siesta, y mientras nos ocultan que están haciendo con nuestro Estado, nuestra voluntad, nuestro dinero y nuestro destino. Pero nada de esto es ahora importante. Lo importante es pillar una tumbona y más cuando nos recomiendan las últimas revistas de sexología que es donde mejor se hace el amor.

FELICES VACACIONES A TODOS Y POR FAVOR CAMBIEN SUS BOMBILLAS Y NO, NO SE DESACELEREN.

17/07/08

  • Salvador Montalbán

Malas relaciones

La de mala baba que se gasta en este país, que no tenemos los destos suficientes para llevarnos bien, lo que se dice bien. Lo que es bien, sin escondernos para evitar un saludo. Un ejemplo, cómo están todo el día enfrentados los habitantes de las provincias vascongadas, que si se me pone de vecino un tío que no me gusta, que si el cristalero me mira de reojo; y lo que es peor, el puñetero cristalero , hijoputa con certificado, se empeña en poner su ahora transparente negocio justo debajo de la casa de la madre del muchacho que mató ; el otro, el tal De Juana, con un certificado de mucho más nivel que el cristalero, que se va a vivir, una vez hecha exhibición de huelgas de hambre, junto a la casa de sus propias víctimas . Y lógicamente, se cabrean por tener semejante vecino, y se quejan al Estado y éste coge la lupa para ver qué dijo en la carta a los gilipollas que tanto esperan de él, como asesino , el Chaos ese. A ver si encuentran, por favor, algo que lo ponga una larga cadena de dos kilos cada eslabón.

Y como alivio de pena, en lugar de dejarle matricular en varias facultades al mismo tiempo ( que no parece tan listo, el cabrón ), se le pueden facilitar jornadas de reflexión y encierro con Arzallus y el ataúd de Sabino, a ver si encuentran la luz que no ven desde hace treinta años. Y a los vecinos, a dejarles vivir tranquilos, coño.

En los pueblos pequeños también somos puñeteros, entre las envidias, los rencores de antíguo y los malos dichos, venimos en mirarnos de reojo cuando nos cruzamos, mirando al infinito. Eso sí, no acabamos a tiros como en el norte, básicamente porque no tenemos pistolas casi ninguno y porque somos más tranquilos, nos despreciamos con cordialidad. Hay algunos a los que saludan más en las calles de otro pueblo y hasta de otro país. El reguero que habrán dejado…
Entre ellos, algunos políticos acabados que se esconden tras la pantalla del debate político y la prensa cutre que se ensañan con simples ciudadanos mintiendo a diestro y siniestro para intoxicar con el veneno que expelen por los colmillos.

En esta próxima temporada otoño - invierno se van a ver más caras largas, dada la crisis
( reconocida por nuestro legítimo presidente, mal que pese a muchos ) , por las calles de nuestro pueblo, porque unos les vamos a deber a otros ( pasta, digo ) y los otros a los unos, ya que las expectativas de caja no se han consumado y la cosa se ha puesto muy malita , que decía Chiquito.
Pero esa es cuestión de un par de años, que todos volveremos a ver la luz para volver a los excesos del año pasado. Los descapotables volverán a nustras aceras azules.

Las casas y apartamentos se volverán a vender como rosquillas y los profesionales con pedigrí los amueblarán. El sol volverá a salir y ya no diremos como en el título de aquella película : “ amanece, que no es poco “.

Con un poco de suerte, nos miraremos con más alegría por las calles y perderemos los nervios que están a flor de piel. Y sin más pamplinas.

16/07/08

  • Paco Escámez

80 primaveras

Muy temprano, cuando el “Lorenzo” se desperezaba y todavía no asomaban sus primeros rayos vespertinos, la lonja de fruta ya era un hervidero de mozos descargando y moviendo “bultos” de los productos recién llegados del campo. Entre “romanas” para pesar la fruta, era un bullicio muy bien organizado por el saber hacer del recordado Jesús Caicedo, ayudado por sus hijos Antonio y Jesús. Y es que en los inicios de los años 60, al contrario que hoy día, la emblemática Plaza de Abastos de Águilas era el centro comercial por excelencia del pueblo. Muy cerca, en la antigua calle de la Paz (actualmente Plaza Juez de Paz José Mª Guillén) y próxima a una de las cuatro puertas de entrada al recinto placero, se encontraba la Gran Tahona, una panadería que regentaba el matrimonio formado por Pepe García y Lola Ramírez. Continuando por la misma vía, nos adentrábamos en la calle Plaza de Abastos, con varias tiendas de comestibles como las de Apolonia, Francisco Chazarra o Miguel Bonmati. Y, por supuesto, la “Posaica” de D. José María Muñoz Baldrich, un hombre que como escribió Machado “era, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

En uno de sus cuartos encerraba mi abuelo Bartolo las sandias y melones que luego acarreaba a la plaza o junto a una de sus puertas, frente a la lonja. Allí, cuando llegaba el verano, a la luz de la luna y con las estrellas como techo, pasaba las noches con su escaparate de sandías bien ordenadas, hasta que algunos pícaros intentaban “chorizárselas” provocando un alud del preciado fruto y el consiguiente “mosqueo” del padre de mi madre. Ya en el puesto que tenía en el interior de la plaza, hizo famoso el eslogan “Bartolete, a durete, a durete, Bartolete”. Al “Cebollica”, mote con el que se le conocía por su afición a esa hortaliza, le apreciaban muchos sus “parroquianos” (los que ahora conocemos como clientes), tanto extranjeros como de cualquier rincón de España. Los “guiris” lo asaltaban con sus cámaras fotográficas o las antiguas cámaras de video. Claro que ver a mi abuelo partiendo las rojas sandías con su afilada faca y ofreciéndolas a “cata”, suponía todo un espectáculo y un “master” en ventas.

En la misma calle, y frente a otro de los accesos, el tío Martino anunciaba sus productos estrella: “Caballa, atún, melva y bonito. Al que se los come, le llaman el señorito”. Los hermanos Isabel y José disponían de una tienda de salazones: melva, bonito, hueva, sardinas-envasadas en unas cajas redondas de madera- mojama…

Los “Martinos”, una familia “placera”, disponían también de espacio en el interior de la plaza. Era el caso de Paca, con su puesto de fruta o de Ginés y su esposa Julia, que contaban con su caseta para vender charcutería.
Pero en la Plaza de Águilas había muchas más personas que se buscaban la vida echando más horas que un reloj. Era el caso de otra de las familias, los Segados, a la que pertenece Juana, mi abuela materna.
Al igual que ella, sus hermanos Salvador y Pedro, con sus esposas Ana y María, conocían a la perfección las técnicas de venta aprendidas de sus progenitores. Prácticamente al lado de mi abuela, estaban situadas Lola “la del Nito”, Catalina “la cuevera”, Paca “la del Rubial”-que ocupó la plaza de su suegra Isabel “la Reina”- y Antonio Ruiz con su esposa Ángeles Gallardo, quienes junto a sus hijos Cati y Antonio, ofertaban además de espléndidos plátanos y fruta fresca, charcutería y diversos tipos de viandas. Otros puntos de venta estaban ocupados por Antonia-viuda de Domingo Segado-Pepa y Ana, conocidas por las “Ministrillas”, Águeda y María “la Martina” y su esposo Domingo.
Además de las frutas, hortalizas y legumbres, la carne y el pescado tenían un hueco entre las vetustas paredes de nuestra apreciada plaza. Cordero, ternera, cerdo, pollos, conejos y toda clase de embutidos artesanales, no faltaban cada día gracias a familias como la de Alfonso “el Rizao” y su hijo Paco, “El Regino”, las hermanas Esperanza y Anica, Pepa Escámez-prima de mi padre- Narciso, Bartolo, mi tío Pepe Escámez y su esposa Juana-una caseta que ocuparon antes mi abuela Ana y mi abuelo Francisco- o Felipe López y su esposa Francisca Belmonte.

Menos recuerdos tengo de los vendedores de “los frutos del mar”. Pero ahí van algunos nombres que me recuerda mi madre: “la Chitina”, Petra, Carmen, Maruja-que todavía mantiene su puesto con su hijo- o Tere, hija del “lorquino”.

Pero había más personas que vivían de la plaza. Eran los casos de Ramón “el Huevo”, funcionario municipal encargado de que se cumpliera la normativa del ayuntamiento, o de Pepa Martínez, madre de nuestra querida “Lola de Bayona”, quien con sus populares rifas llenaba de alegría e ilusión cada rincón del centro comercial. Perfumes, mantas, sandías, pescado fresco o toallas, podían ser lo premios de los agraciados. Pepa representaba “la alegría de la Plaza” y me recuerda mi hermana que también contaba con un método infalible para ganarse al personal: “Me han llamado, alguien me ha llamado”, decía mientras ofrecía sus papeletas y enseñaba orgullosa el premio del día.

El entorno de la plaza contaba también con una churrería por uno de sus accesos. Juan y Anita preparaban unos churros que recién salidos del aceite saboreábamos en el aún conocido como “bar del Lorito”, a cuyo frente se encontraba entonces nuestra querida y recordada poetisa Carmen Muñoz y su esposo Fernando “el Petaca”.

En la misma calle, Isabel la Católica, la casa de comidas de Antonio y Paca, el bar de Pepe y la señora Rita con sus camareros Luís y Ángel, la bodega del mismo Pepe y su hijo Paco, la tienda de ropa de los “Cueveros, el estanco de Leandro y su hermana Concha, la barbería del maestro Sebastián Segovia, la pensión Rojas o en la esquina de la Glorieta los Icelis con sus tiendas de nueces, castañas, garbanzos o Manuel López el “Cónguiro” y su mujer María Morata, con sus sabrosas castañas asadas, la mercería de Andrés y Aníbal Aullón…

Soy consciente de que no están todos los que son ni son todos los que están. Son sólo unos retazos de aquella época y de aquel lugar, que este año cumple nada menos que 80 primaveras.

Ahora corren nuevos tiempos y según me cuenta mi amigo Ginés Ortiz, un proyecto ambicioso de la Asociación de Comerciantes e Industriales convertirá ese espacio, en pleno corazón de Águilas, en un lugar de ocio y recreo.

Para finalizar este manojo de recuerdos, quiero dedicar este modesto artículo de opinión a mi madre, Concepción Reverte Segado, que pasó su niñez y gran parte de su juventud entre pesas y mostradores, a mis abuelos Francisco Escámez Alacid y Bartolomé Reverte Serrano, a mis abuelas Juana Segado Pérez y Ana Sánchez Quiñonero, junto a todas las personas que dieron vida a la emblemática Plaza de Águilas. Sin duda, poca cosa para sus merecimientos. A tod@s, quiero felicitarl@s por haber escrito una de las páginas más hermosas del solar aguileño.

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