La Actualidad de Águilas y Lorca

Periódico con noticias locales de Águilas, Caravaca y Lorca

La Actualidad - el periódico que te da el triple

EL TIEMPO INM: Águilas - Lorca - Caravaca

Salvador Giménez

12/04/06

  • Salvador Giménez

Seamos locos o tal vez cuerdos

Visto lo visto, parece que las personas nos podemos dividir entre razonables y no razonables. Y es que la humanidad, en estos tiempos de globalización, auge de los fundamentalismos religiosos y apología de la raza, se ha dejado de medias tintas. Ahora se está o no se está, blanco o negro, y el tren pasa de largo ante la duda o el menor indicio de locura… Aunque, pardiez, ya sabía yo que se me olvidaba algo: está la renovada politicucha de centro “new age”, aunque ésta no es más que una mera excusa, una elaborada campaña marketiniana en busca de votantes sin ideologías políticas, que, por cierto, empieza a ser un factor determinante entre la juventud española, tal y como se ha suele ver en cualquier proceso electoral. O si no, que se lo pregunten a los exdiputados de Izquierda Unida, musealizados en las hemerotecas de prensa.

Por supuesto, todos queremos estar junto a la gente cuerda; pero, a pesar de ello, la historia que es zorro viejo, nos ha enseñado que hay un punto de inflexión entre la cordura y la locura, donde, a menudo, se deja entrever el genio. Pero vayamos por partes, ser inflexiblemente cuerdo siempre es aceptar un espejo social que nos lleva a razonar antes de actuar y a proceder bajo una conducta previamente determinada. Del otro lado está al que llaman loco, que es rechazado por su particular naturaleza, ya que sus acciones van contra corriente: navegar río arriba siempre es más complicado y menos entendible para el que se considera cuerdo.

¿Qué sería del mundo sin una pizca de locura? Tal vez estaríamos hablando de una humanidad clonada, maniatada y tan simplona como las reposiciones de La Primera. Así, la falta de cordura de muchos artistas ha poblado de magia cada rincón de este planeta. La aparente loca necedad de Miguel Ángel, en contra de los deseos de Julio II, nos dejó la majestuosa hermosura de la Capilla Sextina; los delirios de Dante Alighieri nos legaron La Divina Comedia y los desvaríos de Van Gogh nos regalaron por siempre, entre otras muchas cosas, sus hermosos girasoles.

Escritores, científicos o meros soñadores han padecido la, llamémosla enfermedad del “juicio social”, una demencia que les ha provocado ver más allá de su torpe vida de humano y llevar a cabo descubrimientos tan significativos para el mundo, aún en medio de su soledad y la denuncia por parte de los cuerdos, que rogaban a Dios por sus almas descarriadas. Galileo, Cristóbal Colón, Erasmo de Rótterdam, Tomás de Aquino y Kant, fueron considerados en su tiempo gente “non grata”, bichos raros cuyas ideas se ajustaban más a febriles confusiones que a una idea concebida a partir de la lógica.

El mismo Heráclito, apodado “el oscuro”, desde la caverna donde vivía, al sentirse observado como quien mira una avestruz por primera vez, decía a los curiosos que se acercaban: “Aquí también mora la sabiduría”. Suya también es la frase: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Aquí, el filósofo defiende la idea de que todo cambia y hay que dejar espacio a la locura para poder prosperar. Las aguas han pasado, hay otras en lugar de las primeras y nosotros mismos ya somos otros.

Y es que, ¿Puede haber algo más irrazonable para este mundo que un mártir o un santo, remando contra la corriente de una sociedad que les marginó como simples bufones, como mercachifles de tres al cuarto, ilusos y poco creíbles?

El mismo Cristo, ¿No fue vestido por Herodes con el manto que se imponía a los locos, porque su doctrina tanto como su silencio se oponían a los paradigmas impuestos en la época?

Quizá, debamos plantearnos, que tras la paleta de nuestra meditada cordura, hemos de dejar escapar una pizca de locura, y así tal vez seamos lo bastante cuerdos para vivir realmente.

28/03/06

  • Salvador Giménez

Aprender de los errores

La batalla de Madrid, la batalla del Ebro y la caída de Cataluña: otoño de 1936, verano de 1938 e invierno de 1939, sellaron el destino de la República española. Tres momentos, tres estaciones que allanaron el avance franquista y acabaron con un sueño, con una oportunidad que empezó precisamente en primavera, el 14 de abril de 1931, con la proclamación de la II República.

Y hete aquí, que digo oportunidad; perdida, eso sí. Aunque no en la memoria, por mucho que algunos se empeñen en pasar página y asignarle, erróneamente, el sinónimo de Guerra Civil. Sin duda, tenemos que tener presente la modernidad pasada para poder afrontar la modernidad y el estado democrático de hoy en día. No podemos obviar nuestra historia, tenemos que aprender de ella.

La II República fue la culminación del libro de ruta de los progresistas españoles de entonces, y ahora, en su 75 aniversario, debemos participar de su homenaje, al menos los que seamos demócratas, y aprender de pensadores como Ortega y Gasset, Pérez de Ayala o Manuel Azaña. Aprender en la magnitud social de aquel quinquenio, donde la cultura y los avances sociales, como el derecho al voto de la mujer, fueron primordiales.

La II República planteó un proyecto modernizador que parecía no tener fisuras, aunque erró en el momento y se topó con unos compañeros de viaje poco oportunos, sin olvidarnos de la intransigencia y cerrilidad de la derecha cavernícola.

La situación social en 1931 era insostenible, con una España azotada por una crisis que afectaba a todos los órdenes de la vida civil. Las hambrunas, la agricultura caciquil, las revueltas sangrientas, el hundimiento de la peseta y, sobre todo, la oposición a la monarquía, desencadenaron en una idea claramente republicana. La crisis no sólo afectaba a España, sino a toda Europa, determinando que la violencia sustituyera a la opinión y los militares a los políticos.

Aún así, la historiografía política nos muestra cómo solventar una crisis, y seguro que Alcalá Zamora, y más tarde Manuel Azaña, hicieron de ello su leit motiv. Pero, el poder o las buenas ideas no entienden de socios. Por una parte, la deriva leninista del Partido Socialista, quienes entendieron que su colaboración con la democracia republicana era meramente instrumental, siendo el fin la revolución. Por otra, los continuos actos de deslealtad de los separatistas catalanes. La Generalitat fue la cruz de Azaña y de Negrín; de independentismo «necio y aldeano» hablaba Negrín.

Pactos equivocados, en un régimen efímero, donde sobraron las buenas ideas y los condicionantes. Una II República que incomprensiblemente se ha convertido en referencia del actual gobierno socialista, que han construido un grupo como aquel del ´31, en el que se aliaron los socialistas de Largo Caballero, los comunistas, anarquistas y separatistas.

Demasiadas semejanzas. Zapatero se ha adentrado en el peligroso mundo de los estatutos y determinaciones (no olvidemos que la II República también tuvo su Statut) y ha entrado en un juego peligroso.

Manuel Azaña, en las Cortes del 31 hablaba del Estatuto catalán como una manera de pacificar España y caminar todos juntos…¨La libertad de Cataluña y la de España es la misma cosa”, “la unidad esencial de España no puede padecer”. En el Estatuto, art. 48, se decía que «es obligatorio el estudio de la lengua castellana y ésta se utilizará también como instrumento de enseñanza en todos los centros de instrucción primaria y secundaria de las regiones autónomas». Suena bien. Ya me gustaría volver a oírlo en boca de Zetapé.

2006. Ya no existen pistoleros en los partidos, ni la vigencia de un modelo de Revolución Soviética al que seguir, ni una derecha extrema….¿Por qué repetir las alianzas de entones? ¿Por qué caer en los mismos errores? ¿Por qué no aprender de las buenas ideas que introdujeron los pensadores de la II República?

15/03/06

  • Salvador Giménez

De las confusiones del arte

En este artículo era mi intención hacer una reflexión sobre el “misterio de la mochila”, un enigma que tan de moda ha puesto el periódico El Mundo tras sus apasionantes investigaciones sobre el 11 de marzo, sumidas en un leit motiv que busca la cabeza del actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sino lo hace antes el estatuto de Cataluña.

Y es que, tras hojear las páginas del periódico de Pedro J., no dejo de sorprenderme de las numerosas contradicciones que están surgiendo entre el PSOE y el principal grupo de la oposición. Claro está, dos años después nadie duda que hay demasiadas lagunas que aún están por desvelar.

Aquí en mi pueblo, Águilas, también hemos asistido a un toma y daca similar, aunque aquí la mochila está repleta de ladrillos e informes varios. Me refiero al asunto de La Zerrichera. La recalificación de la finca -propiedad del Grupo Hispania, y cuyo expediente está actualmente en el Tribunal Anticorrupción- ha desatado la furia de los ecologistas de todo el Levante y sesgado la cabeza a un concejal popular, mientras que los demás han perdido buena parte del crédito de la ciudadanía. Pero lo más lamentable no es la imagen de los políticos, unos irán y otros vendrán, sino la que se ha dado de Águilas, tanto a nivel regional como nacional, con continuos artículos en El País y en los principales diarios regionales, así como reportajes en Televisión Española y en la tele de Polanco, Quatro.

Dicen los entendidos, que sobre ambos temas sólo se ha escrito el primer capítulo y que la polémica está aún por llegar. Yo, por mi parte, tanto en la mochila del 11-M como en la del ladrillo no soy quien para hacer valoraciones, así que hablaré de otros misterios menos terrenales y, sobre todo más culturales…

Me hubiera gustado haber nacido artista en el siglo XVI, donde sí se daban verdaderos enigmas, como el de La Gioconda de da Vinci. Sobre esta pintura han surgido innumerables leyendas, las cuales principalmente versan sobre la identidad de la joven dama, del porqué de su media sonrisa, del gesto de las manos o la capacidad hipnótica de su mirada.

Y es que, el retrato no deja de ser una burla, ya que dependiendo de la perspectiva en la que lo observemos, la imagen muestra un gesto burlón, risueño, enfadado…. En este sentido, y si realizamos una sucinta reflexión, esta es la magia de la pintura: la Gioconda nos muestra el estado de ánimo que encontramos en cada uno de nosotros, al tiempo que lo más relevante del cuadro no deja de ser la falta de expresión en el rostro de la más admirada inquilina del Museo Louvre.

Sin duda, son muchas las rarezas de una obra que, a pesar de tener más de 500 años, sigue estando de moda. Entre ellas, quizás tengamos que destacar que la pintura no está firmada, mientras el apelativo de Monna Lisa procede de la identidad de la retratada, Lisa, y de la abreviatura de madonna, monna, señora en italiano.

Pero, cómo no, de nuevo es la identidad de la la joven florentina la que más interés siempre ha despertado entre los estudiosos. Tal vez Leonardo sólo quiso pintar a la mujer ideal, hay quien dice que a su madre; otros se atreven a decir que se trata de un autorretrato basándose en los rasgos andróginos del rostro. Y tampoco han faltado análisis de su media sonrisa. Sobre esto escribió en 1992 J.E. Borkowski explicando que el gesto de la Gioconda es similar al de las personas que han perdido sus incisivos…

En fin, tal vez algún día podamos saber quien fue esta dama, tal vez algún día las mochilas de las que hablaba al principio del artículo sean más transparentes y dejen de confundir a los ciudadanos.

28/02/06

  • Salvador Giménez

¿Naturaleza o convención? III

Como bien dice Salvador Montalbán en la última entrega de esta eternizada disputa sobre la Moral, “alcanzar el acuerdo es muy difícil”. Por ello, y a pesar de que espero que sea él quien ponga el punto y final al debate, doy por zanjado este asunto, sin que eso signifique que he tirado la toalla. Como no se trata de convencer a nadie y visto que nos encontramos en extremos totalmente opuestos, sigamos cada cual con nuestras ideas y que Dios reparta suerte.

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16/02/06

  • Salvador Giménez

¿Naturaleza o convención? (II)

Continuando con este duelo dialéctico, al que me invitó, inconsciente de las consecuencias, mi colaborador, y sin embargo amigo, Salvador Montalbán, he de decir que en su argumentación, mi contrincante incurrió en tal contradicción que casi me da pena echar por tierra sus elucubraciones. Pero, como no soy amante de lástimas y caridades de ocasión, voy a entrar al trapo, esperando no hacer demasiada sangre. No se puede defender una moral consensuada y concluir diciendo que es cambiante e inestable. ¡Pues vaya consenso!

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1/02/06

  • Salvador Giménez

¿Naturaleza o convención?

Me ha sorprendido gratamente que uno de los colaboradores de este medio me haya retado a un duelo dialéctico sobre un tema tan controvertido como la moral. A pesar de que no soy ningún experto en la materia, acepto con gusto y espero que lo que empezó como una invitación a reflexionar sobre las rebajas morales, pueda llegar a ser, gracias a los artículos de Salvador Montalbán, un debate interesante.

Antes de nada quiero disculparme por el símil de la araña y los comerciantes. En mi defensa he de confesar que siento una gran admiración por estos pequeños animales y que me apasiona el arte con el que se labran su forma de vida. Tal vez es menos justificable lo de haber llamado a los compradores “moscas consumistas”. Mil perdones.

En cuanto a la moralidad, comenta mi homónimo amigo que es algo que depende de cada cual, ya que, según él, no existe una moral universal. Sin embargo, y a pesar de que sus ejemplos para ilustrar que ante un mismo hecho pueden haber muchas interpretaciones son impactantes, me afirmo en mi tesis de que la moral no es una convención, sino que se trata de algo innato en el ser humano. Me decanto, sin dudar, por el naturalismo ético, porque el convencionalismo ha dado muestras de no ser viable.

Esta última teoría filosófica, iniciada por los eternos oponentes de Sócrates, los sofistas, defiende que el origen de la moralidad descansa en convenciones necesarias para la vida en común de las sociedades; sin embargo, todos los ejemplos que aduce mi contrincante dialéctico demuestran justamente que no se logra de ese modo un proyecto común pacífico, sino el conflicto de intereses. Precisamente, para los sofistas griegos, el nomos (enfrentado a la Physis o naturaleza) era entendido como opinión colectiva o ley y éste tenía su fundamento exclusivo en un acuerdo basado en el interés.

(…) pueda llegar a ser, gracias a los artículos de Salvador Montalbán, un debate interesante

Por lo tanto, no hay criterios para determinar lo que es moral e inmoral con independencia de las convenciones particulares de la sociedad de turno. Esto trae consigo que si hoy está prohibido matar, quizás mañana las normas cambien y el acuerdo sea la ley del más fuerte. Esta postura, defendida por los políticos contractualistas, encabezados por Hobbes, lleva a acatar una obediencia al pacto social y una cesión de la libertad individual en post del poder común. En el caso del Leviatán, el poder toma la forma del soberano, cuyos mandatos deben ser obedecidos. Y esto es algo que instintivamente me pone en alerta, a pesar de no haber vivido las épocas dictatoriales de antaño.

En la misma línea, Montesquieu defendió el relativismo moral basándose en este mismo principio. Otro tipo de teoría convencionalista es la ética utilitarista, que sostenía que la naturaleza humana debía ser moldeada y que la felicidad se encontraba en el placer de obedecer las reglas sociales. El problema era que la búsqueda de la felicidad para el mayor número tenía que acoplarse a la convención social, ya fuera una sociedad democrática o totalitaria. Finalmente, desde Kant hasta Habermas se ha defendido un tipo de éticas deontológicas, universalistas o procedimentales que presentan una orientación afín al convencionalismo. Entre ellas llama la atención el invento de Rawls y su concepto de “posición original”, una hipótesis según la cual todos elegiríamos lo mejor para todos.

Castillos en el aire que muestran que esta posición no se sostiene en pie. Frente a ella, el naturalismo moral me grita, desde el interior de mi propia conciencia, que hay principios universales e inalienables, de los que gustosamente escribiré en otros artículos. Querido Montalbán, touché.

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