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Crisis de conciencia y conciencia de la crisis

Hace unos días apareció en portada en un periódico de tirada nacional una noticia que se pretendía esperanzadora. Según una encuesta realizada, la mayoría de los españoles confía en que pronto la crisis tocará fondo y se producirá una recuperación de la economía en el año próximo, 2010.

Eso no me tranquiliza. Es bueno que la gente tenga esperanzas, pero hacer pasar la fe y los buenos deseos, estadísticamente recopilados entre ignorantes, por predicciones formuladas con un mínimo criterio y dotadas de una mínima solvencia (con v, por favor) no deja de ser una forma de engaño especialmente deplorable.

Es un vicio muy extendido y común, y que afecta no sólo a los promotores de esa dudosa encuesta (les propongo aquí y ahora que se planteen próximamente preguntarle al pueblo por el dogma de fe de la Inmaculada Concepción, pongamos por caso, para salir de dudas de una buena vez sobre esa espinosa cuestión).

Afecta igualmente a la casta dirigente. Nuestro presidente de gobierno tuvo, por esas mismas fechas, un encuentro con un premio Nóbel de Economía que forma parte de esa nómina de sabios que iluminan aún más, si es ello posible, su esclarecida mente a expensas de nuestros dineros, arrancados de nuestros bolsillos para el bien común “como la uña de la carne”, que se decía en el Romance del Cid.

Pues bien, el gurú economista adelantó unas previsiones, que no predicciones, porque se basan en la extrapolación de hechos contrastados, que anuncian para España “un futuro aterrador” en lo económico, y, por supuesto, en lo social y en lo político como sus inevitables corolarios.
Puedo imaginar a nuestro gran timonel escuchando ese sombrío discurso con su beatífica sonrisa habitual, y argumentando finalmente que él tiene fe, que pone toda su confianza en que pronto saldremos de las crisis, con la ayuda de nuestro sólido y asentado sistema bancario. Y, habría podido añadir, con las pertinentes invocaciones colectivas al espíritu de Gaia, por parte del sector progresista “verde sandía” (verde por fuera, rojo por dentro) o al Niño del Remedio o a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, por parte de la actual oposición política, comprometida también en salir del socavón presente.

Todo ello, mostrándose el personaje totalmente impermeable al cúmulo de inquietantes evidencias en contra suministradas por el economista en su exposición.
No hay, es cosa sabida, peor sordo que el que no quiere oír.

En otro periódico, este de ayer mismo, se anuncia en grandes titulares que “la crisis causará un notable repunte de la delincuencia a partir de junio”. ¿Nos cruzaremos de brazos a la espera de que nos asalten?.

Está claro que hay algo, un resorte básico movilizador de nuestra capacidad de reacción, que está fallando.

No soy economista, ni estoy autorizado por mis conocimientos y mi vergüenza para pontificar en términos economicistas sobre el diagnóstico de causas y efectos de la crisis que nos aflige. Otros con mejor acreditación lo harán por mí.
Pero como tengo ojos en la cara, y mi cabeza monda y lironda requiere otra justificación que la de ser soporte capilar pasivo, y, sobre todo, como la crisis me concierne y me afecta, y pone en cuestión mi futuro y el de los míos, me va a dar licencia el sufrido lector, de quien ya he abusado tanto, para exponer alguna observación personal sobre tan difícil tema.

Menciono en el título de La Mirada el concepto “conciencia de la crisis”. Me refiero con ello a la necesaria consideración, en todas sus variantes, en sus múltiples aspectos y efectos, de la famosa y temible crisis. Porque expresiones como “la economía es cíclica”, “pronto empezaremos a remontar”, “lo peor ya ha pasado”, etc., no nos van a sacar de ella. No caben aquí actos de fe ni políticas del avestruz.

Estamos ante un enemigo temible, repito el adjetivo con toda intención, y ante adversarios así, lo único que puede ayudar en algo es examinarlos con tanta atención y objetividad como sea posible. Tener la frialdad y el coraje de afrontar un diagnóstico que nos asusta y la determinación de llevar hasta el final las terapias que sean del caso, por radicales que parezcan, si las hay, y de tomar todas las medidas posibles para atenuar los daños, si no hay terapias curativas viables.

Es muy preocupante que ni el Gobierno ni la oposición hayan hecho hasta ahora otra cosa que ponerle al tumor terminal paños calientes, y hacer fervorosos “brindis al sol”, amén de inculparse mutuamente.

Podemos temernos un futuro de crisis permanente, instalada y endémica, con una sociedad vegetativa y convulsa, desesperanzada, amargada y violenta, y una clase política dedicada a elevar los pisos de sus torre de marfil, ya definitivamente desconectada del pueblo que la vota, mientras la democracia se convierte en una cáscara vacía.

Y esa toma de conciencia colectiva que reclamo aquí no puede olvidar que esta crisis, no coyuntural sino estructural, tiene, además de sus causas inmediatas, que son materia de reflexión para especialistas, unas causas mediatas o profundas, de las que las primeras son el síntoma, y que ya no son tanto materia técnica como motivo de reflexión para filósofos, sociólogos y, en general, personas preocupadas y responsables.
En la raíz de esta crisis hay un hecho enorme y de una evidencia aplastante, por más que las sociedades modernas hayan querido ignorarlo. Me estoy refiriendo a la crisis universal de valores, o “crisis de la conciencia”. Y es que, simplemente, y así de claro, sin valores no se puede vivir. Sin unos mínimos de exigencia ética que tengan plena y firme vigencia social, las sociedades se pudren, pierden cohesión, se disgregan y acaban por desmoronarse. Para afrontar esta crisis, no bastan las soluciones técnicas, porque su aplicación será inviable sin un rearme social de la sociedad que las proponga.
Este cambio de actitud, sin embargo, no es para mañana. Quienes debieran iniciarlo con el ejemplo siguen siendo modelos, más exacerbados aún, si cabe, de lo contrario.
¿Cuánto dolor necesita aún el cuerpo social para aprender por sí mismo?
La respuesta, mañana y en carne propia, amigo lector.

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