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La decadencia de Don Juan

¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla más pura la luna brilla
y se respira mejor?”
(Palabras de amor de Don Juan Tenorio a Doña Inés de Ulloa. Escena de la quinta. Zorrilla)

Esta mirada forma díptico con la anterior, dedicada a cierta figura femenina depredadora, que las ciudadanas rusas que podemos conocer por estos pagos encarnan a la perfección. Pero no sería justo pasar por encima de su contraparte masculina, ya que ambas se explican y necesitan mutuamente. Además, hay una cuestión de oportunidad del calendario. Esta mirada podrá leerse en vísperas de la fecha en que tradicionalmente se representa el más popular, típico y tópico de los don juanes, el de Zorrilla, en cualquier ciudad con teatros en activo a lo largo y a lo ancho de nuestra geografía.

El más típico y tópico, pero no el único posible, que de Tirso de Molina a Gonzalo Torrente Ballester, pasando por Molière, Don Juan es tema recurrente en el teatro, la novela y el ensayo. Ahí está, sin ir más lejos, el enjundioso estudio psicológico dedicado a su figura por el genial Don Gregorio Marañón.

Pero Don Juan es mucho más que una figura atractiva para la recreación literaria. Don Juan es un mito y un arquetipo; una de las tres figuras inmortales que forman parte del legado mayor de la cultura y la tradición hispanas. Tres figuras que son algo más que personajes vivos y reales; son polos de la existencia humana, tienen más realidad que la que nos atañe a ti y a mí, lector, son universales y eternos, son, en la más plena de las acepciones, clásicos.

Ya habrás adivinado que me refiero, amén de Don Juan, a Don Quijote y La Celestina. Entre los tres expresan algunas notas clave del “eterno hispano”; del modo de ser característico y tópico con que los españoles han sido bautizados, y se han reconocido, de siempre, a sí mismos.

Una de esas notas clave es la tensión del alma hispana entre lo alto y lo bajo, su mutua solicitación entre lo sublime y lo miserable.

Los españoles hemos sido grandes en la miseria y la adversidad, hemos sido capaces de grandeza en empresas, como la conquista americana, en las que otros pueblos que presumen de civilidad y moderación han demostrado sólo rapacidad y codicia.

A la vez, y como antítesis de lo anterior, hemos caído una y otra vez en las tentaciones de la corrupción y el abandono, la envidia y la desidia, el olvido y el desdén de lo propio, hasta el punto de que nunca hemos tenido históricamente enemigos peores ni más enconados que nosotros mismos. El español común interioriza esta tensión entre lo noble y lo zafio, lo abnegado y lo mezquino, lo delicado y lo brutal.

Eso hace de nosotros individuos y comunidades que no se distinguen precisamente, ni ayer ni hoy, por su cordura y su equilibrio. La historia más reciente, y los más recientes dislates de nuestros nacionalismos periféricos, aquellos que, precisamente porque son los más españoles, se niegan a hablar español, dan buena prueba de ello.
La mezcla de fascinación y horror con que es recibida nuestra fiesta nacional en entornos culturales ajenos al nuestro es también un ejemplo de esa constitutiva tensión interna.

Ni nos entendemos ni, menos aún, nos entienden.
Pues bien, de esa tensión interior es un acabado ejemplo el mito popular de Don Juan. No me refiero a las incursiones de otros escritores y dramaturgos en el tema, ya que presentan figuras que no recogen los rasgos de su cristalización definitiva y popular, que es la que expresa precisamente el drama romántico de Zorrilla, a través de versos pegadizos que, un siglo largo después, siguen presentes en la memoria colectiva.
El Don Juan de Molière es un cortesano versallesco, refinado, libertino y ateo.
El Don Juan de Zorrilla se presenta al comienzo de la obra como un rufián tabernario que contabiliza virgos depredados con su compinche Don Luis Megía. Ese rufián, astuto e intrigante, además, se convierte después en un seductor delicado y sutil, capaz de conquistar realmente el corazón puro y sensible de Inés de Ulloa, y de enamorarse profundamente él mismo, cayendo en su propia trampa. Eso no le ocurriría jamás a un Don Juan foráneo.

Tras la muerte de Inés, la desesperación en la que cae le lleva a la rebelión luciferina, al reto blasfemo, a la justicia divina y a los muertos. Hay una grandeza metafísica en este Don Juan impío para el que se abren las puertas del infierno, del que escapa llevado de la mano por el alma amorosa de la difunta Inés.

No se ha entendido a Don Juan. O más exactamente, quien lo ha entendido de verdad ha sido el pueblo, mientras que sobre él han resbalado las eminencias.

Creo que, con todo el acierto y riqueza de su análisis, Gregorio Marañón se queda solo con la primera parte del mito, con ese Don Juan tabernario que contabiliza conquistas. A él le pareció un individuo de dudosa virilidad, que por eso mismo iba saltando de virgo en virgo, incapaz como era de realizarse plenamente con ninguna mujer, porque en el fondo las mujeres no eran lo suyo.

El Don Giovanni de la ópera de Mozart es por su parte un malvado libertino que acaba merecidamente en el infierno, arrastrado por el espectro del Comendador, y no recoge tampoco la riqueza íntima del personaje, que permite su rehabilitación final por amor.
En cuanto al donjuanismo contemporáneo, no es la democratización de Don Juan, sino que representa su decadencia irreversible. Es el fruto de la universal trivialización de las relaciones humanas, y, en un sentido no muy alejado del análisis de Marañón, de esa actual y aberrante guerra de sexos que ha aniquilado y pervertido las conquistas de la liberación sexual de pasadas décadas, de cara a unas relaciones entre sexos francas, espontáneas y auténticas.

Éstas son hoy aún más difíciles que antaño, aunque por diferentes causas.
Esa mujer fría, agresiva y protolésbica o masculinizada, que reina en la noche con su inevitable pitillo encendido (ese microfalo simbólico que es su única parte ardiente) es la contrafigura especular del Don Juan moderno, “light”, blando, acomodaticio, descomprometido, voluble, trivial, de escasa virilidad y nula confianza…

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