La Actualidad de Águilas y Lorca

Periódico con noticias locales de Águilas, Caravaca y Lorca

La Actualidad - el periódico que te da el triple

EL TIEMPO INM: Águilas - Lorca - Caravaca

José Luis González Cobelo

20/10/05

  • José Luis González Cobelo

Holocausto y metafísica

Amigos de mente fría y ambigua intención me lo hicieron llegar. Era un pequeño volumen con la crítica que un filósofo hacía de la obra de otro filósofo. Asunto académico, diréis, no nos interesa. Pero sí amigos lectores, sí os interesa. No me obliguéis a recordaros ese certero poema de Brecht que expresa la desesperanzada reflexión de un hombre acorralado, que asistió indiferente a la desaparición de los homosexuales, pero él no era homosexual y no le incumbía, de los comunistas, pero él no era comunista y no le importaba, de los judíos y de los curas, pero él no era judío y tampoco era cura. “Ahora vienen a por mí, pero ya es tarde”…

La obra en cuestión era un estudio monumental sobre el Genocidio firmado por un tal Horst Aspernicus. El libro que llegó a mis manos, la crítica de la obra en cuestión, era un texto firmado por Stanislaw Lem, polaco y una de las mentes más lúcidas del siglo pasado. A éste acaso lo conozcáis, al menos por sus obras de anticipación científica en la línea de corrosiva crítica social de un Jonathan Swift o un Voltaire. Su notoriedad es grande, al menos en los círculos de lectura atenta y reflexiva, siempre minoritarios, es cierto. Al primero, seguro que no lo conocéis. Ni vosotros ni quizá nadie. Bien pudiera ser éste un caso de erudición apócrifa, del estilo en que era maestro Jorge Luis Borges.

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15/10/05

  • José Luis González Cobelo

Fuegos

Los fuegos del cielo se derraman sobre la piel resquebrajada de esta vieja España sin mañana, con el corazón roto. En la inclemente, devoradora luz del mediodía, arden los escasos paraísos naturales que nos quedan, y se queman las esperanzas de los que creímos, y aún creemos, en su grandeza, desguazándose cada día un poco en la almoneda de los cambalaches de los políticos, que disimulan su odio con gestos demagógicos de oportunismo electoralista. El fuego abrasa la tierra y los espíritus; llamas gigantescas se alzan.

El combustible que las alimenta y propaga por doquier con rapidez fulgurante se llama estupidez.

La estupidez e irreflexión de esos excursionistas malditos que no podían renunciar a hacer su barbacoa pese a las advertencias recibidas. ¡Estaría bueno, restringirles a ellos en sus derechos, ellos que tan bien saben lo que se hacen! No parecían saberlo lo bastante, según se ha visto. La estupidez e irreflexión de unos equipos dotados de medios de extinción nominalmente establecidos y efectivamente inexistentes, inoperantes o absolutamente descoordinados. La de los responsables locales, incapaces de percibir la necesidad de afrontar la situación de máximo riesgo existente antes del incendio. La estupidez prepotente de las autoridades autonómicas, que piden ayuda a Francia para apagar el fuego, desdeñando orgullosos la que les ofrece la vecinísima Comunidad de Madrid, porque, según las vigentes concepciones de lo que ahora es España, “del enemigo, ni agua”. Aquí tenemos un ejemplo claro, además, de lo poco que significan para esas autoridades la solidaridad y la prevalencia del bien común sobre las consignas partidistas. El silencio culpable de las máximas autoridades nacionales, que callan porque no tienen nada que decir, y temen que su retórica vacua arda también.

En fin, que, como diría un castizo: “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Ella, la madre tierra, la madre historia, la madre España, digámoslo sin sonrojo.

Al oscuro, espantoso dios de la estupidez, ayer recluido en una pintura negra de Goya, y hoy libre y campante, se le han sacrificado en holocausto al menos once vidas humanas, enviadas con ligereza a una muerte atroz, y decenas de miles de hectáreas de uno de los paisajes más agrestes, bellos y libres de contaminación humana que nos quedaban.

Hablo con conocimiento de causa y auténtico dolor en el alma, pues yo conozco bien esas, hasta ayer, hermosas tierras del Alto Tajo.

Voy a cambiar de tercio, y hablaros ahora de otro fuego bien distinto: del fuego del espíritu, tal como hace poco lo he visto inflamarse en la Plaza Mayor de Madrid. Quiero hacerlo así como una aportación personal a la esperanza, porque no me quiero amargar del todo el artículo, ni amargaros a vosotros, amigos que me seguís, su lectura.

Se trata de una experiencia extraordinaria vivida con ocasión del concierto ofrecido en homenaje a las víctimas de terrorismo, con la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven, Opus 125 en re menor, por la Staatskapelle de Berlín dirigida por Daniel Barenboim. El acontecimiento tuvo lugar el pasado 15 de julio. Se había dispuesto un estrado para los músicos cubierto por un antiestético tinglado de armaduras de hierro y plástico negro en medio de la plaza. La fea precariedad del montaje contrastaba con los perfiles armoniosos y severos de las cubiertas y chapiteles de pizarra gris que coronan sobre el cielo azul las fachadas que dan a la plaza. Un poniente de fuego derramaba su plomo derretido sobre la multitud asistente, sentada en sillas de tijera. Alrededor de este espacio, guarecidas junto a los soportales, las terrazas abarrotadas de cafés y restaurantes bullían de actividad: tráfago de camareros, conversaciones, risas, tintineos de vasos y cubiertos.

Al poco, llegaron los músicos, ocuparon sus asientos y un hombre alto, de pelo blanco y ademán resuelto, empezó a dirigir la obra, con enérgicos movimientos de batuta.

Y de la fea embocadura del tinglado que os he descrito empezó a fluir un huracán de pura belleza, de belleza dura, indigesta, radical, ultraterrena. De belleza sin concesiones al sentimentalismo, a las alambicadas armonías que son también la gloria de la música. La belleza de esta música es la de la voluntad y el intelecto, la de la sobria percepción y acatamiento del absoluto. Una música exigente, invasiba, poderosísima, que no da tregua y corta el aliento.

Y este vendaval, este torrente angélico-de los ángeles terribles que cantó el poeta Rilke- se derramó sobre los que allí estábamos, deglutió todos los sonidos profanos de esa vida intensa y cotidiana de la plaza. Cuando llegó la parte coral de la obra, el silencio era total, y la atmósfera, recalentada y eléctrica, se podía cortar con un cuchillo. Al concluir el “Himno a la Alegría”, toda la plaza, al unísono, se puso en pie, aplaudiendo a rabiar con una expectación, un entusiasmo, que podían leerse en cada cara, en caras llenas de asombro, que quizás nunca habían escuchado esta obra.
Fue un milagro. Como lo viví os lo cuento…

12/10/05

  • José Luis González Cobelo

Reflexiones

Alegría y felicidad

El Placer”, esa bella recreación cinematográfica del mundo de los relatos no fantásticos de Maupassant, tan llena de luz y de sombra, se cierra con una vista de las extensiones desoladas de una playa normanda. Allí, bajo un cielo plomizo que se refleja en un mar gris, transmitiéndonos con una increíble fisicidad una sensación de frío y humedad, Max Ophuls, el director, sitúa a los protagonistas de su cuento: el artista truncado que empuja con resignación la silla de ruedas a la que ha reducido a su amada, la modelo bella y vulgar, por no haber tomado en serio su rigor y determinación al amenazarle con el suicidio si la dejaba. El narrador, una figura cínica que hay que suponer trasunto de Maupassant, tanto como de Ophuls, quizás, comenta que al final se ha cumplido el destino de ambos, que es amarse siempre, reducidos y condenados inevitablemente el uno al otro: “la felicidad no es alegre”, concluye el narrador.

No recuerdo si esta frase pertenece o no al relato de Maupassant, pero en todo caso centellea con el furgor de la verdad.

Yo sé muy bien lo que puede llegar a ser la acumulación de experiencias placenteras sobre un telón de fondo de tristeza presente, que no acaba dejando más que un poso de irritación y cansancio.

Tenemos hoy la obligación de buscar la felicidad acaparando, acumulando: bienes, experiencias, espectáculos, viajes, prácticas sexuales, banquetes, relaciones, sueños prefabricados por las industrias de la ilusión, etc, etc. Tenemos la obligación, sentida como deber inexcusable hacia nosotros mismos y hacia los demás (deber que entraña periódicas e implacables rendiciones de cuentas de todo lo que hemos acumulado) de ser plenos, intensos y felices. Si no podemos exponer ante nuestros amigos y relaciones una serie de viajes, adquisiciones y prácticas placenteras de todo tipo últimamente realizadas, ya nos sabemos en falta, al borde de la insignificancia.

Pero eso no nos salva. En verdad la felicidad no es alegre, y la actividad desenfrenada que aplicamos a procurarnos alegrías y placeres no nos hace felices. Vivimos una época triste de placeres vacíos que proliferan como nunca antes, y que nos dejan más vulnerables que antes frente a las inevitables y acechantes desdichas.

A los arquitectos

Una opinión sintomática de los prejuicios que nuestra época disfraza con razones es el criterio de hacer estructuras tan afinadas como sea posible, tan ahorrativas como se pueda, dentro de lo que la normativa autorice. Y ello porqué “se trata de optimizar y de extender la felicidad” según expresión notable de un experto en la materia ampliamente reconocido. Yo creo que lo que se consigue en todo caso, al afinar mucho es un ahorro en general muy menor, con respecto al coste total de una obra, lo cual sin duda puede complacernos, pero no veo en qué puede hacernos felices saber que nos hallamos bajo una estructura estrictamente dimensionada con arreglo a una teoría de cálculo, que no es en definitiva más que una construcción teórica que nunca recogerá los avatares e incertidumbres de la realidad. Más felices deberíamos sentirnos sabiendo que, aunque sobrevengan corrosiones, imprevistos, errores o pase largo tiempo, nuestras estructuras tienen un holgado margen de resistencia, aunque hayan sido algo más costosas.
Todo esto tiene que ver más de lo que parece con ese fenómeno general de nuestro tiempo que es la sustitución de la realidad por las apariencias.

Me explico: todos sabemos (en el ámbito profesional) cómo se hace una casa sólida. Hoy día nos vemos obligados a aprender cómo convencernos, y convencer a otros, de que es sólida, reduciendo su solidez al estricto mínimo, mediante el recurso de teorías, normativas y cálculos cada vez más complejos y difíciles.

La belleza melancólica

En una bella reflexión, el poeta Amado Nervo expone cómo en un paisaje natural, por bello que sea, hay siempre un fondo de tristeza, algo que se echa en falta. Esa embriagadora tristeza, estimulante como la idea del suicidio, habría anotado Ciorán, es indiscernible del sentimiento de la belleza que en tales lugares idílicos puede aprehenderse. Un paisaje urbano degradado, cuya fealdad nos repugna y nos puede deprimir profundamente, no sabría producirla. El misterio de esa carencia es probablemente uno de los caminos más seguros hacia la mística.

20/09/05

  • José Luis González Cobelo

Arte y Fealdad

Os voy a contar hoy una extraña historia. Si la leyerais como obra de ficción firmada por un novelista de éxito, os admiraría, queridos lectores, la inventiva de su autor, a quien en todo caso le achacaríais falta de verosimilitud. Claro es que al arte todo le está permitido, y sobre esta afirmación, sobre su significado y licitud, habremos de volver más adelante.

El relato de nuestro fabulador, que habría que encuadrar en un género de fantasía terrorífica, o anti-utopía de anticipación, un poco al estilo del MUNDO FELIZ, de Aldoux Huxley, o del 1.984 de George Orwell, daría comienzo más o menos así:
Érase una vez una república, llena de historia y riqueza, llena de arte, con un pasado tan turbulento como esplendoroso y un presente próspero aunque sembrado de conflictos, que eran la semilla de graves incertidumbres sobre su futuro. En aquella república, que salía de un terrible conflicto armado, había grandes dosis de amargura y desencanto, grandes heridas colectivas que aún no habían cicatrizado, y, aunque los negocios iban bien y la sociedad se enriquecía, el futuro daba miedo, no ofrecía garantías ni seguridades.

En circunstancias similares de crisis histórica en el pasado, el pueblo de la república había encontrado en el arte; en el teatro, en la música, en la arquitectura y la pintura consuelo y refugio, solaz y esparcimiento. Así habían acontecido las edades doradas y siglos de oro de la pintura, la literatura o la poesía, para deleite de los tiempos presentes y gloria de los tiempos por venir.

Pero en aquella república, un grupo de hombres influyentes y perversos decidieron que no serían así las cosas de nuevo. Y, alimentados por las angustias del momento, inspirados por ellas, decidieron sumir a su pueblo en la amargura y la tristeza, bajo el pretexto de una enfermiza concepción pedagógica de la libertad y la verdad.

“¡Despertad, abrid los ojos!”, proclamaron. “El arte del pasado está superado, muerto, no va con los tiempos. Nosotros os daremos un arte nuevo, acorde con la verdad de la vida, que los recientes acontecimientos políticos se han encargado de manifestar. ¡Muerte a la tradición, vivan las vanguardias!.

Proclamaron también que “había que ser absolutamente modernos” y que “el Ford T era más bello que la Victoria de Samotracia”. Armados con estas perlas y con otras del mismo estilo, y con un lenguaje de corte militarista y radical (se habló mucho entonces) de estrategias y vanguardias, de avanzadillas y militancia, de revolución, de guerra a las concepciones burguesas de la vida y del arte) aquellos conjurados sembraron tal desconcierto en las confundidas mentes de los ciudadanos de la república que los hicieron renegar de la tradición y del sentido, de la armonía y de la belleza. Tan bien supieron jugar sus cartas, tanto y tan bien manipularon, adulándolas, a aquellas masas ya tocadas por el universal nihilismo de los tiempos, que las hicieron aceptar que “menos es más”, que lo blanco es negro, que el talento y la maestría son negativos y estériles, que esforzarse por la belleza es una pérdida de tiempo, que “el ornamento es delito”. Los cánones clásicos y eternos de armonía y proporción se arrinconaron en el desván de los trastos viejos, cosas ya tan superadas como las sangrías de los médicos o la extracción de la piedra de la locura.

Sedujeron, adularon, compraron, descalificaron, sobornaron, amenazaron, engañaron casi siempre, y al final triunfaron, como maestros que eran del eslogan y la propaganda, con su cohorte de críticos inventando teorías y propuestas “ad hoc” de modo que, al cabo, era arte únicamente lo que los críticos calificaban como tal, al margen del gusto o del mero buen sentido de los ciudadanos, convertidos en espectadores pasivos ajenos a ese juego conceptual del arte que se les había impuesto.

Y así, las ciudades se vieron invadidas por grandes contenedores de habitáculos: colosales prismas repetitivos o apilamientos informes, donde antes había habido edificios; los urinarios y los cuadrados blancos sobre fondo blanco encontraron lugar de honor en museos y centros culturales. En las galerías de arte pudieron verse grandes lienzos cruzados por chafarrinones de pintura que pasaban por ser Brigitte Bardot o la Santísima Trinidad, cadáveres humanos o animales embalsamados, tarros con la mierda del artista, o al propio artista exponiendo su “no obra” en una galería vacía hasta de polvo.

El “Retablo de las Maravillas” triunfó y tomó como escenario privilegiado el solar entero de la república. Y todo fueron vanidades y oropeles, genuflexiones y ditirambos del pueblo entero, celebrando el lujo y el esplendor vestimentario de esa nueva corte en la no sólo el rey, sino todos los miembros de su compañía y séquito, hasta el último mayordomo o lacayo, todos iban desnudos.

13/09/05

  • José Luis González Cobelo

La verdadera historia de Pigmalión

Es bien conocida la leyenda, y no es momento de referirla ahora. La pedagogía de los tiempos de nuestros abuelos no se cansó de hacerlo, Bernard Shaw la llevó al teatro, y los irónicos y los cursis le sacaron, cada cual por la parte que les es propia, todo el jugo posible. Quien se decía Pigmalión llamaba Venus o Diana a sus pupilas, soñaba con idealizaciones apolíneas o furores dionisiacos, aborrecía los excesos pánicos y encendía velas a Clío o a Melpómene para ser guiado por la senda correcta.

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12/09/05

  • José Luis González Cobelo

Las gotas de la ira

La otrora fértil vega es hoy un secarral abrasado. Nubes de polvo ardiente se levantan, a impulsos de los turbulentos flujos ascendentes de aire tórrido. La luz reverbera, cegadora, en las rocas y laderas blanquecinas, desecadas hasta la calcinación por un sol inclemente. La vega aparece sembrada de esqueletos arbóreos, residuos casi minerales de madera negra y fósil, que nadie sería hoy capaz de ver floreciendo en una explosión de blancos y azules perfumando el aire balsámico de la anticipada primavera. Eso no es ya ni tan siquiera imaginable. La tierra agoniza en el fuego de un verano interminable. Junto a los campos muertos, abandonados a los escarabajos, las tortugas moras y los arbustos hirientes de filos y espinas, hay viejos pueblos agonizantes, y urbanizaciones a medio hacer, con hileras de viviendas vacías, inacabadas, coronadas por grúas plantadas en la tierra como herrumbrosas lanzas, o como horcas para titanes cuya ejecución se aplazó un día lejano, coronadas hoy por colonias de negros pájaros famélicos.

La ilusión emigró hace mucho de estas tierras dejadas de la mano de los dioses de la política. Hoy, casi deshabitadas por la fuerza implacable de los hechos, son una reserva; un modelo, el modelo ecológico de la desertización avanzada.

Si fijamos nuestra mirada en una erosionada, agrietada, vetusta autovía guarnecida de gasolineras cerradas y restaurantes o puticlubs de ventanas tapiadas, como parches en ojos ciegos, veremos una caravana de vehículos avanzando entre el polvo.

Son grandes vehículos oficiales, con banderines representativos flameando al sol. Hay uno con las estrellas de la Unión Europea. Otros llevan los distintivos de las nuevas naciones y estados recién integrados en la unión. Podemos reconocer los estandartes de la República Catalana, de la República Galaica, del Condado Independiente de Treviño, o, inconfundible con su hacha abrazada por una serpiente, de ese eterno aspirante a socio que es la República Popular de Euskadi, siempre vejada por el remoquete infamante de estado terrorista, adjudicado por las Naciones Unidas, lacayos como son de los Estados Unidos.

Por supuesto, en la comitiva no faltan los vehículos de la Monarquía Republicana Federal de Iberia, nominalmente liderada por una simpática dinastía de reyes populacheros y juerguistas.

Abriendo y cerrando la comitiva, avanzan varios vehículos blindados, con artillería automática de calibre medio.

La comitiva llega a la infinita extensión desolada de dúplex y chalets a medio construir, de calles trazadas y a medio ejecutar, que lindan con los campos yermos. Allí se detienen, y de los diversos vehículos descienden personajes ataviados como para una exploración o un safari, protegidos por un contingente armado de cascos azules. El presidente vitalicio de la Federación Monárquica explica a lo demás: “entramos ya en la gran reserva ecológico-desértica del sureste. Verán qué interesantes paisajes de erosión geológico-social avanzada se van a encontrar a continuación. Sólo les pido que sean prudentes. Aún sobreviven nativos de aquella antigua Autonomía Murciana tan hostil al socialismo, al progreso y a la distribución ecológica, natural de los recursos hídricos. Casi todos han sido desplazados a las Repúblicas Centrales, pero nunca se sabe. Aún puede quedar alguno por aquí”.

-”¿Pero excelencia, no le parecen excesivas estas precauciones?”
-”En absoluto. No quisiera, señores, tener que recordarles el triste suceso de aquella Asamblea Regional que reclamaba agua a la entonces Ministra de Medio Ambiente de nuestro régimen, recién establecido aún en aquella época. Fue cuando la ministra les propuso que, con su vertiginoso crecimiento económico, los murcianos podían permitirse acopiar toda el agua necesaria adquiriendo agua mineral embotellada, como la que les mostró en aquel momento sacando una botella del bolso. Reconozco que fue un gesto inoportuno, sobre todo el detalle de abrir la botella y rociar con ella a los allí congregados. Cómo les diría, “llovía sobre mojado”, si me permiten la broma, je, je.

Pero eso no excusa en absoluto la reacción brutal de saltar todos sobre ella en masa y hacerla picadillo. Pobrecilla, todo un carácter, una mártir del socialismo. Ratisbona, o Rabona o algo así creo que se llamaba.

En ese momento, señores míos, nos quedó muy claro que esos bárbaros de Murcia NO NOS VOTARÍAN JAMÁS, Y ACTUAMOS CON ELLOS EN CONSECUENCIA. Con talante, con mucho talante, según mi costumbre.

Así que lo repito, protéjanse. ¡Ah, y si sale alguno y les pide agua, está terminantemente prohibido darle una gota!”

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