20/09/05
Os voy a contar hoy una extraña historia. Si la leyerais como obra de ficción firmada por un novelista de éxito, os admiraría, queridos lectores, la inventiva de su autor, a quien en todo caso le achacaríais falta de verosimilitud. Claro es que al arte todo le está permitido, y sobre esta afirmación, sobre su significado y licitud, habremos de volver más adelante.
El relato de nuestro fabulador, que habría que encuadrar en un género de fantasía terrorífica, o anti-utopía de anticipación, un poco al estilo del MUNDO FELIZ, de Aldoux Huxley, o del 1.984 de George Orwell, daría comienzo más o menos así:
Érase una vez una república, llena de historia y riqueza, llena de arte, con un pasado tan turbulento como esplendoroso y un presente próspero aunque sembrado de conflictos, que eran la semilla de graves incertidumbres sobre su futuro. En aquella república, que salía de un terrible conflicto armado, había grandes dosis de amargura y desencanto, grandes heridas colectivas que aún no habían cicatrizado, y, aunque los negocios iban bien y la sociedad se enriquecía, el futuro daba miedo, no ofrecía garantías ni seguridades.
En circunstancias similares de crisis histórica en el pasado, el pueblo de la república había encontrado en el arte; en el teatro, en la música, en la arquitectura y la pintura consuelo y refugio, solaz y esparcimiento. Así habían acontecido las edades doradas y siglos de oro de la pintura, la literatura o la poesía, para deleite de los tiempos presentes y gloria de los tiempos por venir.
Pero en aquella república, un grupo de hombres influyentes y perversos decidieron que no serían así las cosas de nuevo. Y, alimentados por las angustias del momento, inspirados por ellas, decidieron sumir a su pueblo en la amargura y la tristeza, bajo el pretexto de una enfermiza concepción pedagógica de la libertad y la verdad.
“¡Despertad, abrid los ojos!”, proclamaron. “El arte del pasado está superado, muerto, no va con los tiempos. Nosotros os daremos un arte nuevo, acorde con la verdad de la vida, que los recientes acontecimientos políticos se han encargado de manifestar. ¡Muerte a la tradición, vivan las vanguardias!.
Proclamaron también que “había que ser absolutamente modernos” y que “el Ford T era más bello que la Victoria de Samotracia”. Armados con estas perlas y con otras del mismo estilo, y con un lenguaje de corte militarista y radical (se habló mucho entonces) de estrategias y vanguardias, de avanzadillas y militancia, de revolución, de guerra a las concepciones burguesas de la vida y del arte) aquellos conjurados sembraron tal desconcierto en las confundidas mentes de los ciudadanos de la república que los hicieron renegar de la tradición y del sentido, de la armonía y de la belleza. Tan bien supieron jugar sus cartas, tanto y tan bien manipularon, adulándolas, a aquellas masas ya tocadas por el universal nihilismo de los tiempos, que las hicieron aceptar que “menos es más”, que lo blanco es negro, que el talento y la maestría son negativos y estériles, que esforzarse por la belleza es una pérdida de tiempo, que “el ornamento es delito”. Los cánones clásicos y eternos de armonía y proporción se arrinconaron en el desván de los trastos viejos, cosas ya tan superadas como las sangrías de los médicos o la extracción de la piedra de la locura.
Sedujeron, adularon, compraron, descalificaron, sobornaron, amenazaron, engañaron casi siempre, y al final triunfaron, como maestros que eran del eslogan y la propaganda, con su cohorte de críticos inventando teorías y propuestas “ad hoc” de modo que, al cabo, era arte únicamente lo que los críticos calificaban como tal, al margen del gusto o del mero buen sentido de los ciudadanos, convertidos en espectadores pasivos ajenos a ese juego conceptual del arte que se les había impuesto.
Y así, las ciudades se vieron invadidas por grandes contenedores de habitáculos: colosales prismas repetitivos o apilamientos informes, donde antes había habido edificios; los urinarios y los cuadrados blancos sobre fondo blanco encontraron lugar de honor en museos y centros culturales. En las galerías de arte pudieron verse grandes lienzos cruzados por chafarrinones de pintura que pasaban por ser Brigitte Bardot o la Santísima Trinidad, cadáveres humanos o animales embalsamados, tarros con la mierda del artista, o al propio artista exponiendo su “no obra” en una galería vacía hasta de polvo.
El “Retablo de las Maravillas” triunfó y tomó como escenario privilegiado el solar entero de la república. Y todo fueron vanidades y oropeles, genuflexiones y ditirambos del pueblo entero, celebrando el lujo y el esplendor vestimentario de esa nueva corte en la no sólo el rey, sino todos los miembros de su compañía y séquito, hasta el último mayordomo o lacayo, todos iban desnudos.
13/09/05
Es bien conocida la leyenda, y no es momento de referirla ahora. La pedagogía de los tiempos de nuestros abuelos no se cansó de hacerlo, Bernard Shaw la llevó al teatro, y los irónicos y los cursis le sacaron, cada cual por la parte que les es propia, todo el jugo posible. Quien se decía Pigmalión llamaba Venus o Diana a sus pupilas, soñaba con idealizaciones apolíneas o furores dionisiacos, aborrecía los excesos pánicos y encendía velas a Clío o a Melpómene para ser guiado por la senda correcta.
12/09/05
La otrora fértil vega es hoy un secarral abrasado. Nubes de polvo ardiente se levantan, a impulsos de los turbulentos flujos ascendentes de aire tórrido. La luz reverbera, cegadora, en las rocas y laderas blanquecinas, desecadas hasta la calcinación por un sol inclemente. La vega aparece sembrada de esqueletos arbóreos, residuos casi minerales de madera negra y fósil, que nadie sería hoy capaz de ver floreciendo en una explosión de blancos y azules perfumando el aire balsámico de la anticipada primavera. Eso no es ya ni tan siquiera imaginable. La tierra agoniza en el fuego de un verano interminable. Junto a los campos muertos, abandonados a los escarabajos, las tortugas moras y los arbustos hirientes de filos y espinas, hay viejos pueblos agonizantes, y urbanizaciones a medio hacer, con hileras de viviendas vacías, inacabadas, coronadas por grúas plantadas en la tierra como herrumbrosas lanzas, o como horcas para titanes cuya ejecución se aplazó un día lejano, coronadas hoy por colonias de negros pájaros famélicos.
La ilusión emigró hace mucho de estas tierras dejadas de la mano de los dioses de la política. Hoy, casi deshabitadas por la fuerza implacable de los hechos, son una reserva; un modelo, el modelo ecológico de la desertización avanzada.
Si fijamos nuestra mirada en una erosionada, agrietada, vetusta autovía guarnecida de gasolineras cerradas y restaurantes o puticlubs de ventanas tapiadas, como parches en ojos ciegos, veremos una caravana de vehículos avanzando entre el polvo.
Son grandes vehículos oficiales, con banderines representativos flameando al sol. Hay uno con las estrellas de la Unión Europea. Otros llevan los distintivos de las nuevas naciones y estados recién integrados en la unión. Podemos reconocer los estandartes de la República Catalana, de la República Galaica, del Condado Independiente de Treviño, o, inconfundible con su hacha abrazada por una serpiente, de ese eterno aspirante a socio que es la República Popular de Euskadi, siempre vejada por el remoquete infamante de estado terrorista, adjudicado por las Naciones Unidas, lacayos como son de los Estados Unidos.
Por supuesto, en la comitiva no faltan los vehículos de la Monarquía Republicana Federal de Iberia, nominalmente liderada por una simpática dinastía de reyes populacheros y juerguistas.
Abriendo y cerrando la comitiva, avanzan varios vehículos blindados, con artillería automática de calibre medio.
La comitiva llega a la infinita extensión desolada de dúplex y chalets a medio construir, de calles trazadas y a medio ejecutar, que lindan con los campos yermos. Allí se detienen, y de los diversos vehículos descienden personajes ataviados como para una exploración o un safari, protegidos por un contingente armado de cascos azules. El presidente vitalicio de la Federación Monárquica explica a lo demás: “entramos ya en la gran reserva ecológico-desértica del sureste. Verán qué interesantes paisajes de erosión geológico-social avanzada se van a encontrar a continuación. Sólo les pido que sean prudentes. Aún sobreviven nativos de aquella antigua Autonomía Murciana tan hostil al socialismo, al progreso y a la distribución ecológica, natural de los recursos hídricos. Casi todos han sido desplazados a las Repúblicas Centrales, pero nunca se sabe. Aún puede quedar alguno por aquí”.
-”¿Pero excelencia, no le parecen excesivas estas precauciones?”
-”En absoluto. No quisiera, señores, tener que recordarles el triste suceso de aquella Asamblea Regional que reclamaba agua a la entonces Ministra de Medio Ambiente de nuestro régimen, recién establecido aún en aquella época. Fue cuando la ministra les propuso que, con su vertiginoso crecimiento económico, los murcianos podían permitirse acopiar toda el agua necesaria adquiriendo agua mineral embotellada, como la que les mostró en aquel momento sacando una botella del bolso. Reconozco que fue un gesto inoportuno, sobre todo el detalle de abrir la botella y rociar con ella a los allí congregados. Cómo les diría, “llovía sobre mojado”, si me permiten la broma, je, je.
Pero eso no excusa en absoluto la reacción brutal de saltar todos sobre ella en masa y hacerla picadillo. Pobrecilla, todo un carácter, una mártir del socialismo. Ratisbona, o Rabona o algo así creo que se llamaba.
En ese momento, señores míos, nos quedó muy claro que esos bárbaros de Murcia NO NOS VOTARÍAN JAMÁS, Y ACTUAMOS CON ELLOS EN CONSECUENCIA. Con talante, con mucho talante, según mi costumbre.
Así que lo repito, protéjanse. ¡Ah, y si sale alguno y les pide agua, está terminantemente prohibido darle una gota!”
20/08/05
No faltan temas inquietantes en esta aviesa canícula. No se nos ahorran sustos , ni cotidianas confrontaciones con el desastre, sea éste natural, social o humano. Terminará esta estación terrible y tendremos un país afeado, empobrecido por los fuegos y la sequía, y, previsiblemente, a los rigores térmicos les sucederán confrontaciones políticas ardientes, sin las debidas formas, y con las propias de aguas tempestuosas, de ánimos exaltados y enfrentados. Este será, y no por razones climáticas, un otoño caliente. Quien siembra vientos recoge tempestades, suele decirse. Y tempestades, tiempo nublado y tormentoso es lo que puede ya avizorarse en el turbio cielo de la política. Seremos más pobres; el coste de la vida seguirá su imparable curso ascendente, y nos abrumarán con más impuestos. A los ciudadanos que vayan en otoño a pagar sus contribuciones les espera una desagradable sorpresa. Seremos menos libres: el estado seguirá creciendo, exigiendo y controlando, censando y mediatizando, recortando derechos, con terrorismo o sin él. Los políticos seguirán perfeccionando el corte de mangas al ciudadano común. Esto, y más, es lo que nos espera.
Así que, querido lector que me soportas, utiliza sabiamente el corto tiempo de vacaciones del que, quizás, aún dispones. Y si ya no te quedan vacaciones, tómate este tiempo de verano que aún nos queda como una tregua en la que todavía no te vas a ver acuciado por inminencias desagradables. Y dispón de la mejor manera de tu tiempo libre, aprovechando el generalizado aletargamiento estival que afecta al ritmo de todos los asuntos.
A fin de cuentas, tu destino está abierto a posibilidades maravillosas: quizás el amor con mayúsculas, quizás la fortuna.
Haz acopio de fuerzas, y que no cunda el pánico. Mucho puedes hacer para mejorar tu vida, aquí y ahora.
Voy a ayudarte a hacer un recuento de posibilidades, que tú sabrás completar por tu cuenta mucho mejor que yo.
Ante todo, frena, reduce tu ritmo, detente.
Olvídate de urgencias y emergencias, apárcalas en un rincón de tu mente poco accesible. En el habitual dilema de la vida, que es el de tener que elegir siempre entre lo urgente y lo importante, opta por una vez por lo segundo.
En realidad, vivimos en un mundo de maravillosa belleza, que sólo espera una mirada consciente, apreciativa, para impregnarnos con su armonía. Y eso a pesar de los constantes estragos y destrozos que le infringimos. También las obras del hombre son, literalmente, “más bellas de lo que parecen”. Esa es, al ,menos, la opinión que recibí del gran pintor Antonio López, dispuesto a redimir con su pintura incluso la banalidad, la fealdad convencional de objetos y espacios.
El secreto para este redescubrimiento de la belleza es la lentitud. La lentitud ayuda a la mirada a reencantar el mundo.
Tienes ante ti el mar. Siéntate a contemplarlo, como uno de los dones más preciados a tu alcance. ¿Está seguro de haberlo visto bien? porque todos miramos, pero pocos vemos. Fíjate en ese prodigio de formas que se insinúan y desvanecen, rizos, olas, espumas; en ese juego de reflejos, colores, transparencias; en esa manera de insinuarse los fondos cambiantes y los cielos que fluyen en el espejo vivo de su piel. Una piel que es plata, zafiro, lapislázuli, plomo, fuego. Sumerge tus miembros en su seno fresco.
Mueve despacio una mano acariciando la superficie: hazla estremecerse en una compleja pauta de ondas, temblores, remolinos, mientras te tonific a su frialdad. Un indecible bienestar no tardará en hacerse notar. Flota ahora en su regazo. Déjate mecer primero en la cama más confortable del mundo, y luego pon en marcha tu cuerpo. Nada despacio, sintiendo cómo resbala tu piel, como se hace una con las aguas, sintiendo su presión, sus caricias…
Estás ahora en un rincón fresco de tu casa o de una terraza, o quizás a la sombra de un árbol frondoso, cuyas hojas se estremecen escuchando los susurros del aire. Tienes un objeto no por común menos extraordinario en tus manos. Se trata de un libro. Es un objeto mucho más interesante que la pantalla de la televisión o el ordenador. También es mucho más interactivo que ellos, si hacemos uso de la jerga del día. Es un libro digno, bien encuadernado, con buen papel y letra grande. Nada de esos mazos de papel amarillento con letra minúscula, arrugados y deshechos a la primera, y esforzada, lectura. Nada pues de “best sellers” en ediciones de bolsillo.
Acaricias las hojas, firmes y tersas. Inicias la lectura. Tu vista recorre con facilidad los renglones de texto bien impreso.
Estás haciendo algo muy serio que se llama leer, otorgándole a esta actividad un mínimo de la concentración y solemnidad requeridas, pero sin tensión ni esfuerzo ningunos, simplemente poniéndote en situación y dejándote penetrar por tu lectura, receptivo y atento a ella.
Y entonces, casi inevitablemente, sobreviene la magia: la vida y la muerte, la aventura, el amor u el horror comienzan a latir en ese objeto que empezó siendo para ti una grata presencia sensorial. Ahora es algo más, y algo menos, que eso. Gradualmente irán desapareciendo, en la creciente fantasmagoría que alberga tu mente, ese rincón fresco y plácido, esa terraza, ese árbol susurrante que, no obstante, te siguen acogiendo y colaboran en el milagro.
Y durante el tiempo de la lectura serás tú y otros, y ninguno. Y tu tiempo será también otros tiempos, los tiempos de esos otros que reviven en ti.
Anímate, amigo lector. A veces la magia más poderosa, los mejores “efectos especiales” no requieren más que de una buena elección (un libro bien escogido) y un pequeño esfuerzo inicial.
6/08/05
No consigo recordarlo con certeza, pero creo que fue Jonathan Swift quien escribió que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”. A lo mejor fue el Doctor Johnson. Da igual. La autoría atribuida no merma en nada la validez del dicho. Patriotismo viene de patria, el vocablo sagrado, la palabra intocable, la vaca sagrada de los inflamados discursos de hace algunos años y, según en qué tierras y regiones, de ahora mismo.
La palabra patria, como la palabra humanidad, pueden sin embargo adelgazar sus contenidos hasta ser, en determinadas bocas o plumas profanadoras, meros señuelos lingüísticos para dignificar o dar respetabilidad y altura a propuestas y planes abyectos.
“¡Humanidad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” se lamentaba una personalidad del Antiguo Régimen en Francia, poco antes de que le cortasen la cabeza. Todo en nombre de los grandes ideales y las grandes palabras esgrimidas por los jacobinos, los atildados miembros-Robestpierre el primero- de aquel club de verdugos que selló con sangre el destino de Francia.
24/06/05
Volvemos a la fábula que relaté en mi última mirada. Os expuse a grandes rasgos, mis apreciados y pacientes lectores, bajo una forma metafórica, la inverosímil aventura del arte y su mundo en los tiempos llamados modernos, esos que se anticiparon en el alba del siglo XX y alcanzaron su sazón inmediatamente después de la I Guerra Mundial. Fue un momento convulso, con revoluciones sociales y tecnológicas en marcha, con la memoria de una gran catástrofe reciente que, unos años antes, en la tan nostálgicamente evocada “Belle Epoque” nadie hubiera considerado posible. Con un vasto experimento político-social en marcha, la Unión Soviética, de rasgos tan ambiguos como inquietantes, con la sombra negra de la inflación y la crisis, y los rencores y desaguisados de la guerra y la paz consiguiente, impuesta sobre la injusticia, el abuso y la humillación de los vencidos, incubando la oscura camada de los fascismos y el nacionalsocialismo.
Era un panorama de ocaso, en donde los valores y credos que languidecían en el fin de siglo había periclitado definitivamente, y se buscaban, en una explosión de experimentalismos sin precedentes históricos conocidos, otros nuevos, sin más crédito o fundamento muchas veces que su mera novedad, que su definición a la contra de los establecido.
¿Qué opina del Plan de Competitividad Turística de Águilas?
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