La Actualidad de Águilas y Lorca

Periódico con noticias locales de Águilas, Caravaca y Lorca

La Actualidad - el periódico que te da el triple

EL TIEMPO INM: Águilas - Lorca - Caravaca

José Luis González Cobelo

13/11/06

  • José Luis González Cobelo

El colapso

He leído en la prensa un comentario sobre un libro de Jared Diamond de recientísima aparición. Se titula “Colapso” y trata, con extenso aparato erudito y agudeza crítica, al parecer, del fracaso de las civilizaciones. El fracaso de esas empresas colectivas denominadas civilizaciones, confrontadas con dificultades insuperables procedentes de un entorno hostil, de invasiones y conquistas, de deterioros medio ambientales, de epidemias, hambrunas o revoluciones. La obra considera la cuestión desde una óptica interdisciplinar, ya que los declives estudiados son siempre el resultado de complejas interacciones que atañen a disciplinas diversas.

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30/10/06

  • José Luis González Cobelo

El espejo rebelde

En un bestiario fantástico, Borges (el Grande) nos habla de la fauna de los espejos, seres fabulosos que vivirían ocultos en el otro lado del espejo, y cuya aparición, cuyo descubrimiento, sería, según una leyenda china probablemente apócrifa, el preludio de un apocalipsis de subversión y de locura en el mundo: el día de la Rebelión de las Imágenes.

Nosotros hemos logrado con la tecnología darle peso y sustancia a esa maldición profética. Hemos fabricado espejos rebeldes en cadena, en masa, y los hemos instalado en el corazón de nuestra intimidad doméstica; en ese lugar sagrado donde se emplazaba antaño el fuego del hogar, allí donde al abrigo y amor de la lumbre coincidían en silenciosa contemplación o en conversación sosegada los vivos y los muertos; los habitantes de la casa y sus lares protectores.

Hoy no tenemos generalmente presidiendo la casa desde su centro cordial al fuego, enmarcado y contenido por simples o barrocas arquitecturas que hacían de las chimeneas casas dentro de las casas; O más bien templos, santuarios. En el fuego, en sus dedos aéreos y mudables, en sus destellos y colores, en los fulgores rojizos que construían paisajes fantásticos y cambiantes en las brasas, nosotros teníamos una metáfora viva y constante de los orígenes.

En el principio fue el fuego, y al fuego nos remitíamos; A la escenificación constantemente renovada del mito de la creación, en cada hogar encendido.
Hoy el fuego ha desertado de nuestras casas. Frecuentemente, microondas y vitrocerámicas lo han erradicado por completo. En otros casos conserva una presencia testimonial y vergonzante en artilugios metálicos que lo doman y desnaturalizan; Quemadores de asépticas cocinas que solo hablan de frialdad y eficacia energética. ¡Qué frío es ese fuego, aunque pueda quemarnos!.

En su lugar tenemos el símbolo mismo de nuestro tiempo de “modernidad y progreso económico y social”. Porque la televisión es un electrodoméstico sin el cual no se concibe hoy la intimidad doméstica, pero tiene una dimensión simbólica que trasciende de sus muchas y variadas utilidades.

Escribo este artículo porque el tema lo requiere, y no ya uno sino una serie de ellos serían posibles con tal materia, y porque me brinda la oportunidad para hacerlo la celebración que se ha hecho recientemente en España del cincuentenario de las primeras emisiones televisadas.

De niño la televisión entró en mi casa como un regalo familiar para suavizar la convalecencia de mi padre, que había sufrido un accidente y se vio condenado durante largos meses a una inmovilidad forzosa. Tardó en hacerlo porque mi padre no era especialmente partidario de aquella “radio con imágenes” o “cine en casa”, como pretendían que fuera quienes la desarrollaron y pusieron en circulación.

Hoy que hemos perdido la ingenuidad y la inocencia sabemos que la televisión no es en realidad ni lo uno ni lo otro, y actualmente menos que nunca, pues en medida mucho mayor que la que nosotros pidiéramos alcanzar, la televisión no es ingenua ni inocente.
Nos han vendido con el cincuentenario un eslogan de falsedad manifiesta: “La televisión. Cincuenta años enseñándote el mundo”.

Si hay algo que la televisión no hace es enseñarnos el mundo, como no sea “el mundo de la televisión”, como ya diagnosticó certeramente Umberto Eco hace años.

Esa pegajosa melaza de imágenes inconexas, llanas de fusiones, metamorfosis, sincopas, discontinuidades; ese tejer y destejar de formas sin más lógica que su atropellado e incesante fluir desde el rectángulo radiante que preside los hogares no es “el mundo que entra”.

Es más bien el espacio íntimo y personal, ese que resguardaba y caldeaba ayer el fuego, que sale, atrapado por el canto de sirena del constante fluir de las imágenes. Es el espacio íntimo del hogar el que es absorbido y arrebatado, evacuado a la fuerza hacia el universo “plano” de la pantalla.

Nos lo recuerda Miguel Lizano en un lúcido ensayo dedicado a la “caja tonta”: una tira de Quino en la que Mafalda está viendo la televisión. Su madre comenta: “¿Mafaldita no crees que ves demasiado la t…?”.

No llega a terminar el comentario y se queda ella misma también absorta. La niña pregunta distraída: “¿Qué decís mamá?”, a lo que la madre, atrapada ya irremediablemente, solo acierta a responder “mmummm…”.

Esta caricatura retrata la esencia del fenómeno denominado televisión. La madre ve a su hija abstraída y como hechizada, y no tiene ninguna confianza en el valor de los programas que captan de tal manera su atención, y decide entonces intervenir, lo que no le impide quedar inmediatamente atrapada ella también, como una mosca en la melaza.
Hay una paradoja que atañe a la forma de presencia que proporciona la televisión, y es la insaciabilidad que generan en el espectador esas imágenes incompletas y vacías, que se suceden interminables.

La televisión es como una bebida que no sacia ni complace, pero que no podemos dejar de beber sin embargo, y la botella no se acaba nunca. Es en si un fenómeno adictivo de una clase nueva, y me temo que no bien estudiada.

Es un tópico hablar del poder alienente de la televisión. Pero no por tópico es menos cierto. Y actualmente, superadas las consignas ideológicas concretas que pudo transmitir en otro tiempo, como vehículo de adoctrinamiento político directo, se ha convertido en un medio alienante “per se”, en el mismo sentido en que Mac Luhan enunció un día que “el mensaje es el medio”.

La televisión no transmite ya un mensaje concreto: la televisión; ese continuo de imágenes sin principio ni fin, hecho de trozos de películas, publicidad abrumadora, programas basura, noticiarios, videoclips, todo ello junto y revuelto: ese continuo es el mensaje.

Un mensaje pensado, amigo lector, por los “especialistas en ti” para que “seas tu mismo”.

16/10/06

  • José Luis González Cobelo

A través del espejo

La niña Alicia atravesó un buen día el espejo, y se encontró en un mundo de prodigios y fantásticas criaturas, donde el fuego no quemaba y todo era posible. La niña Alicia había salido anteriormente en pos de un conejo apresurado, que siempre llegaba tarde, y, cayendo por un pozo en la tierra, se encontró en un lugar fantástico, también lleno de prodigios y seres fabulosos. El ilustrador John Tenniel fabricó- con los materiales literarios proporcionados por las lucubraciones del canónico Dobson, más conocido como Lewis Carrol, maestro de los delirios racionales agazapados detrás de la lógica y las matemáticas- un mundo onírico a medio e inquietante camino entre el delirio y la pesadilla, que era como el reverso siniestro de la doméstica cotidianeidad victoriana.

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24/09/06

  • José Luis González Cobelo

El efecto Guggenheim

En mi anterior “Mirada” traté de hacerte sentir, amigo lector, algo del infinito placer estético de la contemplación; y de la paralela confirmación íntima de que, como decía genialmente Hölderlin “de allí donde está el mal surge lo que salva”. Ese lugar salvador, donde también se ubica el origen del mal, es la condición humana.

En el espacio mítico, mágico e intemporal del Panteón romano, sentí que el hombre nos salva del hombre; que es posible renovar el pacto con la vida, que la guerra interminable con “el mundo, el demonio y la carne” puede pararse y es viable buscar una paz negociada.

Hoy te propongo otra excursión, lector. Empieza como un cuento viejo.
Érase una vez una tierra orgullosa; un país brumoso y verde, de navegantes osados y astutos como Ulises; y de constructores y metalúrgicos industriosos y activos como Nibelungos. Érase una ciudad a caballo sobre una ría de un mar bravo, activa y floreciente, con fábricas y astilleros.

Un buen día, un príncipe de lejanas tierras, Thomás Krens era su nombre, decidió promover una obra extraordinaria, en el herrumbroso corazón de aquella ciudad activa. Allí se levantaría un edificio que sería más que un edificio: sería la encarnación del espíritu del tiempo nuevo; una catedral de finales del siglo XX desde la que se pudiera entender y conocer la riqueza, complejidad y diversidad del arte contemporáneo.

En un lugar decaído, junto a la ría, donde había estado en otro tiempo el centro de la actividad industrial y naviera de la ciudad, ocupado por ruinas industriales y naves vacías; allí, en medio de aquella decadencia, él, Thomás Krens, director de la Solomón R. Guggenheim Foundation, obraría el milagro. Un milagro que no había sido posible anteriormente en Venecia y Salzburgo.

Convocó para ello a tres de los más grandes arquitectos del mundo, en un concurso restringido: un norteamericano, un asiático y un europeo. Ganó el norteamericano, llamado Frank Gehry, con una propuesta elaborada con cartones de embalar plegados que configuraban una curiosa maqueta de formas alabeadas y huidizas. Durante dos años, ese curioso objeto se convirtió en un impresionante conjunto de más de 50.000 planos, con la ayuda de un programa informático que convertía sus complejos volúmenes en plantas, alzados y secciones medidas y acotadas, articulando el juego creativo del arquitecto en una elaboradísima estructura constructivamente viable.

Y al cabo, la obra pudo iniciarse y llevarse a cabo. Y en sustitución de abandonados y cochambrosos almacenes, se alzó un gigantesco y deslumbrante objeto, duplicado por las aguas serenas del estanque y la ría junto a las que se levantaba. Ese objeto era, por su descomunal escala, un edificio monumental, pero también era muchos edificios, curvados, como suavizados por el lento comienzo de una danza grave; y era también una nave enorme anclada en la orilla, y era una flor de titanio abriéndose a la ciudad, con la que dialogaba por una de sus arterias, que corre sobre un puente elevado que abraza el despliegue iniciado de sus pétalos.

Y así, amigo lector, el museo Guggenheim se alzó en el corazón de aquella ciudad que, no lo ignoras, se llama Bilbao. Un edificio tan significativo como el Centro Pompidou de París, la Ópera de Sidney o la Catedral de Chartres. Ese edificio, que no era un edificio y era muchos, también era una obra mágica.

Y su encantamiento, su magia, empezó a obrar y a extenderse, irradiando, transformando su entorno. Y obras y actuaciones que no hubieran antes sido posibles, empezaron a serlo. La ciudad entera mejoró, se rehabilitaron sus márgenes ribereños, se acometieron mejoras urbanas de gran aliento, aumentó internacionalmente su prestigio, y se llenó de visitantes que la hicieron prosperar y enriquecerse. Así , con este final feliz, concluye la fábula. Una fábula que ilustra de maravilla una convicción de mi maestro Saenz de Oíza, que yo siempre he hecho mía, y es que a la ciudad la hacen sus edificios. Que el mejor urbanismo es el que hace posible la buena arquitectura.

Pero dejemos esto y volvamos al Guggenheim. Al “efecto Guggeneim” en una doble acepción diferenciada. Ya he descrito lo que es el “efecto Guggenheim” en términos de factor de evolución y desarrollo urbano .

Déjame hablarte ahora, lector, del “efecto Guggenheim” como aprehensión fenomenológica del sentido moderno del espacio. Hablarte del “efecto Guggenheim”, es decir, de cómo se te hace presente sensorial y cognoscitivamente ese extraño objeto en la consciencia. Porque el Guggenheim de Bilbao crea entre él y tu una curiosa barrera que hace que te sea imposible poseerlo visualmente del todo desde un punto de vista cualquiera, por privilegiado que sea. Es un edificio que no se termina de ver nunca, que nunca llega a entenderse del todo. Por eso es un disparador de metáforas, y es nave, y flor, y antro, y ruina, y extraño brote mineral en la ribera.

Es aleccionador compararlo con el Panteón romano, sobre el que dirigí mi anterior “Mirada”. El Panteón es un edificio de simplicidad platónica, una forma geométrica centrada y elemental, que define interiormente un “axis mundi” vertical que conecta el espacio con la luz del cosmos, luz que es “la sombra de las Ideas”. (La luz como “umbra Dei”).

El Guggenheim es, por dentro tanto o más que por fuera, inasimilable. Es un continuo gigantesco - con un vestíbulo de una altura libre de 55 metros- de signos arquitectónicos que su curvan, que se metamorfosean, que se interpenetran, que fluyen los unos en los otros. Es curvadura, luz y vacío, cristal y formas complejas metálicas o blancas en una incomprensible sintaxis que compone un “texto” visual sin un sentido único y privilegiado, un “texto” abierto a todas las lecturas. Dos personas no verán el mismo edificio. Una persona no verá dos veces sucesivas el mismo edificio.

Esta manera de generar arquitectura; una arquitectura en cierto modo virtual e inaprehensible, ofrece un modelo revolucionario de museo o sala de exposiciones, totalmente alejado del modelo enciclopedista aún vigente. Mucho más allá del contenedor neutro - la “caja blanca” de tantos museos y salas de exposiciones modernas- el Guggenheim es en sí la más poderosa experiencia estética.
Un mundo aparte; un sueño donde están contenidos - sueños dentro de sueños- los cuadros, esculturas o montajes expuestos.

23/08/06

  • José Luis González Cobelo

Estampas romanas. La casa de los Dioses.

Aún sigo en la rutilante estela de las actividades lúdicas y esenciales del verano. Ya me lo perdonarás, lector. No tengo ganas de encararme con las turbulencias del día a día, tan ominosas, tan repletas de desastres habidos y anunciados, que, a la vista de la incuria, la ineficiencia y la irresponsabilidad puestas de manifiesto en la tragedia de Galicia, caerán con la misma inexorabilidad de los cuerpos inertes sobre nuestras cabezas. Otro día que esté más resignado enfocaré la “Mirada” sobre esta desolación circundante, sus causas evidentes y sus improbables remedios.

Otro día, pero no hoy. Hoy no voy a hablar de lo que está mal, sino de lo que está muy bien, voy a mirar con amor y nostalgia hacia las cosas bellas y buenas que configuran nuestro común patrimonio cultural y humano.

Escribo estas lineas, amigo lector, bajo los efectos atenuados pero persistentes de un síndrome de Stendhal, apacible y controlado para evitar vértigos, pero con todo su poder estimulador y revulsivo intacto.

Es el caso que durante varios días, he saludado mañana, tarde y noche a uno de los cinco o seis edificios más importantes del inagotable patrimonio monumental romano: el Panteón; la casa de todos los Dioses. Su mole opaca y armoniosa ya estaba ahí en las mañanas, al salir del hotel, invitándome a consagrar el día, con sus regias puertas de bronce abiertas, antes de que diera comienzo la avalancha humana que lo visita, y, los Dioses me perdonen, lo profana con su atropello, su prisa y su común ceguera para la belleza.

Yo obedecía siempre a esa orden muda que recibía, y acudía a su espacio interior; ese tambor armonioso con sus decoraciones clasicistas y sus frescos renacentistas, como la delicadísima Madonna de Lorenzetto bajo la que descansa, en sobria tumba, Rafael. Atravesaba el majestuoso pórtico, franqueaba las altas puertas y acudía directamente a bañarme en la luz lustral de la mañana que se derrama como un manantial de gloria por el óculo, yendo a esas horas a besar con su esplendor a la Madonna.

Luego seguía con mi deambular de viajero dispuesto siempre a dejarme seducir, y al regresar a mediodía, la penumbra de su pórtico era una promesa de frescor punteada con el rumor de la fuente del obelisco que marca el centro de la plaza de la Rotonda. A esas horas, el óculo se convertía en un foco radiante, en un haz vertical que incidía sobre el suelo curvado de mármoles polícromos, siendo los círculos concéntricos de casetones como superpuestas coronas de intenso claroscuro ascendiendo hacia la luz.

A la caída de la tarde, el contraste entre el pórtico monumental, con sus columnas destacando en claroscuro y la ciclópea y opaca masa cilíndrica que lo apoya, con una cúpula airosa, levemente rebajada, perfecta en su desnudez geométrica, todo ello suavemente delineado por la luz declinante, ese contraste digo confería entonces al templo una intensidad de presencia y un poder telúrico irresistibles. Todo ello magnificado por la indiferente benevolencia con que sus basamentos y pretiles acogen a peregrinos fatigados y amantes innumerables, que a su vera se arrullan, como oficiando un inconsciente acto de adoración a las fuerzas de la vida; una liturgia pagana revivida con esplendor nocturno y lunar.
La luna romana emergiendo majestuosa sobre la cúpula, tal como yo he tenido ocasión de verla, representa una conjunción de cielo, tierra y Dioses donde se manifiesta el absoluto, haciéndote sentir que ese momento es esencial, que estas en el tiempo correcto y el lugar adecuado, y que lo demás no importa…

Por si lo ignoras, o lo has olvidado, amigo lector, te describo en términos objetivos como es este edificio. Para empezar, has de saber que es uno de los más sencillos- en apariencia- que cabe concebir: un pórtico con ocho columnas al frente y un frontón triangular adosado a un tambor cilíndrico de ladrillo, rematado por una cúpula de casetones interiores con un óculo central. En el interior se puede inscribir una esfera tangente de 43,30 m. de diámetro.

El óculo, por su parte, tiene un diámetro de 8,92m., pequeño comparativamente con respecto a la cúpula. Los casetones internos se muestran desnudos, moldeados con precisión con un hormigón de piedra porosa. El bronce que lo recubría inicialmente puede hoy verse formando parte del baldaquino de Bernini en el Vaticano. Es en su estado actual fruto de la reconstrucción de un edificio anterior efectuado por Adriano hacia el 118 d.C. Es el único edificio de la antigüedad que nos ha llegado esencialmente intacto.

Y este edificio tan antiguo, amigo lector, es tan importante porque es el más moderno del conjunto monumental que podemos admirar en Roma o cualquier otra ciudad. Es el ejemplo supremo de la Arquitectura sacralizando a la Naturaleza. La cúpula es en realidad la mitad de una esfera virtual de platónica perfección de la que forma parte la totalidad del templo, asentada sobre otra esfera mayor, la Tierra, significada por la curvadura del suelo. A este interior se abre el óculo central de la cúpula- también circular- creando una conexión mística con el cosmos. Los elementos que lo atraviesan: el haz de un rayo de sol, un rayo de luna, la lluvia, etcétera, se manifiestan transfigurados en la caja de resonancia de la cavidad interior del templo.

El panteón es el espacio grandioso- sin pérdida de la escala humana- y solemne - sin caer en lo sombrío, en lo tenebroso- donde el espíritu se abre naturalmente a esta revelación, totalmente intemporal y muy afín a la que provoca la iluminación Zen: que TODO ES SAGRADO, que lo absoluto está aquí y ahora, que permanece latente en lo más común y corriente.

En el panteón, la arquitectura consigue devolverle al mundo su dimensión sagrada, filtrando la realidad sin negarla. Lo mismo intentan las mejores arquitecturas contemporáneas de un Louis Kahn, un Le Corbusier, o un Tadao Ando, y tantos más…

Es interesante el contraste entre la luz hiperreal que atraviesa el óculo del panteón y la que filtra la vidriera gótica, que transforma la luz del mundo en una luz mística del más allá.

1/08/06

  • José Luis González Cobelo

Oceanografía del tedio

Nada tan equívoco como este título. Para empezar, no es de mi cosecha. Bajo este epígrafe dedicó el vasto (e ignorado), el oceánico Eugenio D´Ors páginas inspiradas y memorables al arte eximio del “Dolce far niente”. Así pues, hay un segundo equívoco que concierne al sentido de la palabra tedio.

Se suele decir de algo aburrido, indigesto, que es tedioso. Así un libro, una charla, una compañía. Pero sin duda don Eugenio se refería en sus páginas a algo más noble que el mero aburrimiento.

Y además, ¿por qué oceanografía? ¿por qué no descripción, anatomía, hasta cartografía del tedio, si se quiere?.

El estado que anuncio es más bien, como no ignoraba el poeta recordado, un actuar pasivo (…)

El tedio pues, parece ser visto por nuestro autor como algo vasto, algo tan inabarcable como un océano, del que se intenta conocer sus corrientes, sus flujos y reflujos, las migraciones de su fauna, el paisaje misterioso de sus simas y profundidades. El tedio pues, no como carencia, como falta de plenitud, sino todo lo contrario: el tedio como estado de nobleza primordial, como primer señorío del hombre. El tedio como estado del hombre que puede ser generoso y espléndido señor de su tiempo propio.

Y volvemos aquí a la idea del artículo anterior, La Mirada dedicada al viaje como estado de vida en plenitud, como experiencia, esporádica y libre, del tiempo cualitativo. Ese tiempo que, alguna vez, el “homo faber” se atreve a dedicar a la fabricación de sí mismo.

El viaje y el tedio, en su acepción dorsiana y oceánica, son los dos polos extremos de una misma experiencia del tiempo, de una misma apertura hacia el universo y el sí mismo.

El viajero sale al encuentro del rostro inicialmente oculto que el universo le destina; un rostro hecho de la superposición de vivencias, experiencias, lugares, personas. Al final, después de mucho recorrerlo, el mundo se nos presenta como un espejo en cuya fría superficie se refleja nuestro verdadero rostro.

El tedio oceánico es también una iniciación y una experiencia de viaje, solo que en ella el universo con toda su sensualidad y su belleza se desplaza hacia nosotros, nos va poseyendo, y abre en nuestra mente un espacio interior ilimitado, un océano, cuyas profundidades nos devuelven también los rasgos de nuestro rostro verdadero.

La alquimia del tedio es inversa de la del viaje, con ella nos hacemos solubles en la totalidad para encontrarnos. Con la del viaje, el mundo se precipita en un destilado de experiencias acumuladas, como sales preciosas precipitando en la retorta del alma.

Y si, como se argumentaba entonces, el viajero encuentra su caricatura inversa en el turista, el artista del “dolce far niente” será hoy confundido con un abúlico, un inútil, un gandul, un inactivo. Si nuestro tiempo puede aún apreciar el viaje, no puede ya comprender esta alternativa, esta forma de viaje interior tan contraria a su inveterado activismo.

El hombre contemporáneo, como decía García Lorca del norteamericano, viaja a ninguna parte a increíble velocidad.
Se cuenta de un gran poeta romántico que se alojó por un tiempo en una pensión, que colgaba en la puerta de su habitación un cartel que decía así: “silencio. El poeta trabaja”. Tal cartel amanecía en su puerta, vetando cualquier alteración de su descanso, tan necesario dada su condición de trasnochador libertino. Estoy convencido de que no se trataba de un chiste. Este poeta (Apollinaire, según creo) era de los nuestros. Él también era un artista del tedio.
Debería brindar ahora unas instrucciones, o unas indicaciones al menos, para que el lector pueda iniciar con ventura y éxito su particular singladura oceanográfica.

Lo primero es recomendarle encarecidamente la lectura de este texto de Eugenio D´Ors al que me refiero, si es que lo encuentra, ya que suele brillar escandalosamente por su ausencia en nuestras librerías,
La segunda es aclararle algunos puntos concretos, para que no caiga en la trampa de confundir esta experiencia con las diversas técnicas de meditación de raíz oriental tan en boga desde hace años. No se trata de eso en absoluto. No hay que negar el yo, ni hacer el vacío en la mente, ni mirarse el ombligo, ni recitar mantras, ni perseguir con asombro el sonido silencioso del aplauso con una sola mano. No hace falta vestir túnicas azafrán, ni sentarse en la posición del loto, ni magrear mística e interminablemente a la pareja, al modo tántrico.
Aún menos se trata de retroceder psico-fisiológicamente a un estadío evolutivo reptiliano, tal como cotidianamente vemos que acontece en las playas concurridas, sobre todo por estas fechas. No se trata de apagar la mente, ni de bordear la catatonia sometidos a un bombardeo solar inclemente.

El estado que anuncio es más bien, como no ignoraba el poeta recordado, un actuar pasivo; un estado de plácida hiperestesia mental, en el que, muellemente aplotronados en una “chaise longue”, en la perfumada sombra de un jardín umbrío, la capacidad discriminatoria de la mente se afina al máximo, y la apacible lentitud de la naturaleza se convierten en un inagotable muestrario de detalles y matices:
…”La chaise longue es un meridiano, divide al mundo en dos mitades. Cada mitad del mundo es representada por un perfume: alternativamente cada uno de estos perfumes invade o se retira.
Autor, cerrando nuevamente los ojos, analiza unos instantes tal vaivén. A mano izquierda hay, tras dos filas de acacias, una faja de luz ardiente del mediodía.

A mano derecha, la más profunda fronda del parque. El olor que llega del lado izquierdo es más cálido que el otro olor. Este, más delicado y voluptuoso…”
Eugenio D´Ors. Oceanografía del tedio. Los dos olores.

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