Crónica musical: Melancolía y dramatismo

Captura
Por Francisco José Montalbán Rodríguez
El pasado viernes 22 de abril la Asociación Promúsica de Águilas nos ofreció otra de esas joyas para el recuerdo, un concierto único donde la melancolía romántica de Chopin se alternó con una dolorosa creación de Tchaikovsky.

Para alzar vuelo y aproximarnos a la emoción de un Chopin inspirado, tuvimos la fortuna de disfrutar de la interpretación de Ludmil Angelov, profundo conocedor de la obra del músico polaco. Durante la serena evolución del Maestoso de este Concierto para piano y orquesta nº 2 en Fa menor, Op. 21, la solemne introducción del tema nos prepara para los cambios posteriores. Es en el Larghetto cuando el pianista expresa con todo su cuerpo la intensidad de una emoción contenida que pugna por salir al exterior. Hay en este movimiento pasajes de una dulzura sin igual, una dulzura que nos emociona desde la suavidad de unos dedos de terciopelo que parecen no querer lastimar las teclas, una inmensa ternura que acompasan cuerpo, manos, pies y rostro del intérprete.
Con el Allegro Vivace estalla la alegría que podría estar mostrándonos la emoción del compositor de saberse amado, aunque solo sea ilusoriamente, en la débil red de su cerebro. A esta misión se unen la orquesta y un piano impetuoso, decidido en su camino hacia la luz y las sombras de quien procura el amor, como nos dice Lope de Vega en su conocido soneto :
» …creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.»
Por esas mismas veredas de tortuoso caminar deambula la desconcertada conciencia del ruso Tchaikovsky, un hombre atrapado en la contradicción constante que fue su vida. Amó la vida y deseó a menudo la muerte. Puede ser que se entregase a la Parca como resultado de una decepción amorosa. Intentó engañarse y fracasó, arrastrando y siendo arrastrado hacia una sima de dolor y depresión. Si hay una composición musical que exprese sin palabras toda una letanía de sinsabores, de altibajos emocionales y la súplica de una esperanza que no llega, ésta es, sin lugar a dudas, la Patética, Sinfonía nº 6 en Si menor, Op. 74 del músico ruso. Al principio, unos fagotes parecen gemir con humana voz como apagando el silencio mismo; son como el dolor que toma cuerpo a través de los tubos de madera y vibra en la doble lengüeta. Pero envueltos en trombas de sonidos que parecen atropellarse por salir, como hemorragia de sensaciones encontradas y diversas que se han ido macerando en la honda tristeza de un hombre de mirada perdida. Decía su hermano Modest que este Adagio-Allegro non tropo, representaba la vida y los sufrimientos, de ahí la alternancia de sombras y luces que transmiten las notas de este primer movimiento. A continuación, un Allegro con grazia parece entregarse al ejercicio de la memoria, aquella fuente de sonrisas y llanto que tanto nos mueve por dentro. Quizá intente colocar los escasos momentos felices que permanecen en lo más recóndito de su cerebro sobre los que se deshicieron en lágrimas amargas. La melodía es de un lirismo arrollador que nos va envolviendo con sus subidas y bajadas como en un tobogán de emociones que hacemos propias.
Cuando llegamos al tercer movimiento, un Presto chispeante y lleno de vigor, de un empuje creativo que se contradice con lo que después sabremos que rondaba su delicada voluntad: una amargura que habría de acabar con su propia vida. Sin embargo, ya aquí se observa una desconcertante subida y bajada de tempos y tonos que nos hablan de una conciencia atribulada.
Y por fin, el Adagio lamentoso, nos ofrece una de las cumbres expresivas de Tchaikovsky. Como Mozart, componiendo su propio Requiem, entre la agonía y la oscuridad de un espíritu ya abatido, el compositor ruso vuelve a utilizar el recurso de la voz grave y humana que ofrecen los fagotes y que acabará siendo acallada por los timbales y los metales que parecen representar la siniestra trompetería de un apocalipsis íntimo que atenaza la razón y ahoga un último suspiro en forma de patética música, la callada voz de los bajos que se pierden en la oscuridad y el silencio, ésa que nos reconcilia con las oscuras sombras de la muerte pidiendo una tregua para nuestra vida, un último respiro, una luz de esperanza.

Esta web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies