LOS DULCES

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Por Ramón Jiménez Madrid
Desciendo de familia golosa, de rama que le rinde pleitesía y culto al dios postre, especialmente aquel que está compuesto por merengue y limón. En ambas familias, tanto la materna como la paterna, la repostería se convertía en centro y fin del universo, galguería fina. Celia, la mayor de los Jiménez, siempre se ha destacado –y hasta hace poco con casi sus cien años- por una habilidad fuera de serie para toda clase de tartas y tortadas. La tía Pepita, de los Madrid, hacía con rudimentarios alimentos finos arroz con leche.
Me dicen, y lo he aprendido de lo que he ido leyendo después, que España estaba dividida en dos partes. Se ha dicho que luego rivalizaron en disparos y salvajadas, en paseos y en muertes. Pero yo, de aquellos días de los cincuenta, sólo recuerdo que Águilas estuviera dividida en dos frentes algo distintos: los que se surtían de dulces en la pastelería de Enrique, al lado del Ayuntamiento, al lado de la vieja Asociación de Cazadores, o los que preferían tragarse con gusto la dulzaina que preparaban los dos Diegos, tanto el padre como el hijo, en la pastelería que estaba en la misma Glorieta –actualmente en el local ocupado por el bar del mismo nombre- bajo la notaría de Alpáñez, el de las guapas hijas, encima de la casa de mi abuelo Máximo, lugar adonde llegaban los finos aromas que salían del taller en donde se preparaban las dulces golosinas que más tarde eran engullidas por una población que podía disfrutar de pocas bondades en aquellos días apretados.

Yo, como bien saben, siempre he mostrado, desde muy antiguo, mi preferencia por las “gildas” de Enrique, aquellos pequeños triangulares castillos con los que fortalecíamos nuestro aun prematuro colecterol, pero mi hermana Pepi sentía debilidad manifiesta por las “tetas de vaca”, una pequeña galleta endulzada que era coronada por una blanca espiral de merengue que se elevaba hasta altura considerable asemejándose a los remates de la casas gaudianas. Una legión blanca de merengue con varias puntas que buscaban, como las catedrales góticas, el místico cielo. Pero mi padre sentía predilección por las milhojas de crema, una masa crujiente con sedimento tanto en la base como en su fase intermedia. Había quien elegía los “palos catalanes” por aquel chocolate artesano que engorrinaba las comisuras de los labios, dientes, garganta y hasta es probable que el mismo esófago. Incluso, saltándome parte del guión, recuerdo aquellas naranjas compuestas, revestidas con celofán, por dulces gajos de caramelos que nos podían durar una larga mañana de verano.Creo que cierta obesidad ha sido la herencia clara de aquellos días en los que cumplíamos con los brazos gitanos de Enrique o con las tortadas quemadas de Diego, días clamorosos en los que llegaba un santo, una boda o un cumpleaños de algún primo y podíamos satisfacer nuestras exigencias saboreando las gratas artesanías que nos preparaban las dos pastelerías, apenas diferentes, muy cercanas, disputándose ambas el honor de haber inaugurado el rito de la “gilda”, la primavera de la «milhoja».
De la de Diego recuerdo todavía el olor, el perfume que brotaba de debajo de mis abuelos, el batir de las yemas de huevo, el fragor de las llandas, el ruido armonioso y delicado de la frágil y vulnerable materia. También el escaparte exterior en donde se podían mostrar los placeres de la dulce gula. De Enrique recuerdo algo más, sobre todo porque por allí merodeaba Pedro Gutiérrez, mi compañero de andanzas y bailes, con el que compartí la dicha de ser cardenal una par de días de procesión de Semana Santa, con el que competí en el arte de bailar el rigodón, yo acompañado de Juanita González, él de la hija de Salas. Pero en aquella época en la que todos nos conocíamos, en donde cada pastelero sabía si le comprábamos a él o al enemigo, incluso las familias se ponían de acuerdo para elegir el lugar, lo mismo acontecía con las farmacias o la panadería, en donde se había de comprar el dulce. Así que mientras que mis abuelos apenas tenían que bajar unos pocos escalones para abastecerse de los ricos y endulzados alimentos terrestres en la confitería de Diego, nosotros, más alejados, reincidíamos más en la de Enrique en donde éramos recibidos con expectación y hasta con besos por parte de las muchas mujeres -Carmen., Encarna- que allí se reunían para largas tertulias al pie del establecimiento con estanterías que hoy en día se hubieran protegido como como BIC cultural.
Dicen que fue espacio y tiempo tristes y ruinosos. Cuentan las historias los muchos sufrimientos que se hubo de pasar en aquellos días que fueron sin embargo azucarados para algunos de nosotros, rodeados de piononos y de todas aquellas galguerías ya mencionadas que nos transportan a los años golosos ya pasados.

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