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EDICIÓN: Águilas | Lorca

EL TIEMPO: Águilas | Lorca

El tiempo y el alma

“El futuro nos atormenta y el pasado nos retiene. He aquí porqué el presente se nos escapa”. Gustave Flaubert.
“¿Acaso no es también el día mas vulgar la confluencia de dos eternidades?”. Carlyle
“El tiempo es la imagen móvil de la eternidad inmóvil”. Platón
“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé”. San Agustín.
“El ahora que pasa hace el tiempo, el ahora que permanece hace la eternidad”. Boecio.

Este artículo podría haber tenido otro título, que me tentaba antes de iniciar su escritura: “El tiempo y la conciencia”.
El tiempo como enigma filosófico y cosmológico y su conexión con la mente. Ciertamente es éste el tema que abordo ahora, en este incierto ahora sobre el que habría que preguntarse, y que no es el mismo para ti, lector, que para mí, al escribir estas palabras.
Pero he preferido emplear la palabra “alma”, porque, en su ambigüedad lírica, da mejor razón de la realidad y la irrealidad existencial del tiempo, incardinado en la esencia de nuestra identidad.
Como han afirmado los poetas desde siempre, somos tiempo; somos una identidad que se reconoce a sí misma en un determinado momento por la posesión de una memoria de experiencias pasadas y la previsión o expectativa de experiencias venideras.
Sin la inmersión en el tiempo, nada somos.
Cuando el hombre que medita intensamente acalla la voz de su conciencia de sí y se aplica momentáneamente al olvido de sus recuerdos, ingresa en un gran vacío, que es la experiencia de la suspensión del tiempo. Un vacío de gran plenitud, como veremos.
Y se da también la paradójica circunstancia de que la inmersión en el tiempo que nos hace ser quienes somos, nos aniquila, nos cambia, nos va borrando y transformando, de modo que nuestra identidad es el hilo que conecta quienes somos hoy con todos aquellos que hemos sido, y en quienes ya no nos reconocemos.
El tiempo simultáneamente nos crea y nos destruye, altera nuestra realidad y nuestro mundo hasta hacerlos irreconocibles, con frecuencia ajenos, extraños, hostiles.
El tiempo vivido encierra siempre la nostalgia de lo que fue y la temerosa espera de lo que será.
Por todo ello, los antiguos griegos identificaron el tiempo con Cronos, el más joven de los titanes, quien puso fin a la primera generación de los dioses castrando a su padre, Urano, y quien devoró después a sus propios hijos para no ser destronado por ellos, hasta que Rea, su hermana y esposa, madre de Zeus, sustituyó a éste por una piedra, que entregó a la ferocidad de su padre.
Una vez alcanzada la madurez, Zeus devolvió a la vida a sus hermanos devorados y, con su ayuda, mutiló y encadenó a Cronos y dio con ello comienzo a la segunda generación de los dioses.
Cronos, como el tiempo, devora tanto como engendra, es fuente de vitalidad, en su poder genesíaco con Rea y es el que agosta esa vitalidad, castrando y devorando.
Al cabo, todos los dioses son hijos del tiempo, y se rebelan contra él, aunque vanamente, porque todos han de aceptar los caprichosos designios del Destino, que se sirve del tiempo para cumplirlos fatalmente.
El tiempo, ese poder supremo del Destino y acaso del Azar, tiene una esencia esquiva e inasible.
Es, y a la vez, no es.
No somos capaces de concebirlo en sí mismo. Necesitamos asociarlo al espacio y al número.
El tiempo surge como principio de orden en las secuencias de acontecimientos que percibimos, tanto en el mundo exterior, como en nuestra conciencia, en nuestro propio mundo interior.
El tiempo es inseparable del espacio: solo podemos medirlo vinculado al movimiento, expresado como procesos secuenciales en los que define un orden numeral de causas y efectos, sean éstos el movimiento de las agujas del reloj, las oscilaciones de las partículas subatómicas en un reloj atómico, las vibraciones de un monocordio o las oscilaciones de un péndulo.
La paradoja de la ininteligibilidad del tiempo es la que hacía a San Agustín proferir ese exasperado comentario que he citado al principio. Es la misma impotencia que ilustra el imposible propósito de capturar el pan cortándolo con un cuchillo.
Allí donde se aplique el cuchillo, la hoja solo encuentra pan a uno y otro lado. Nunca hay pan donde se encuentra la hoja.
Cuando no pensamos en el tiempo, lo experimentamos como duración.
Todos sabemos, intuitivamente, lo que es una hora o un minuto. También sabemos que la hora del amor o de la dicha no es la hora de la expectación o la angustia.
La duración es un tiempo subjetivo que los relojes no saben medir.
Cuando fijamos nuestra atención sobre el tiempo, y tratamos de discernir el pasado, el presente y el futuro, nos encontramos con que el único tiempo que tiene realidad para nuestra inquisición introspectiva es el presente.
Pero cuando intentamos discernir ese tiempo presente, nos resulta imposible no ver en él la presencia simultánea de tiempos infinitesimales pasados y futuros constituyéndolo.
El presente en un sentido absoluto es tan abstracto y tan ideal como el punto sin dimensiones de la Geometría.
En el centro mismo del tiempo, en el ahora, no existe el tiempo.
De aquí se deriva la necesidad lógica de postular una noción complementaria del tiempo: la eternidad.
La eternidad es el reflejo inmóvil del tiempo mudable. Esta concepción agustiniana de la eternidad converge con las de Platón y Boecio incluidas al principio.
La eternidad no es la perennidad, o suma de todos los infinitos tiempos pasados y futuros, la eternidad es el presente eterno, puesto en relación con todos los tiempos.
Las representaciones simbólicas tradicionales del tiempo son circulares: como rueda móvil girando en torno a un eje inmóvil, o como la rotación cíclica de los doce signos zodiacales.
Los grandes rosetones de las catedrales góticas, con su cromatismo luminoso y mandálico, ilustran este mismo principio.
En algunos tímpanos románicos, Cristo aparece como Señor del Tiempo, o Cronocrator, y no sólo como Señor del Cosmos, o Cosmocrator.
En esta analogía circular, el tiempo es el círculo en movimiento, en el que caben el transcurso y la medida. Los habitantes de la rueda se mueven sobre ella, pero, allí donde se encuentren, tienen siempre un radio a su disposición conectando cada tiempo vivido con la eternidad sin tiempo.
Ésta, la eternidad, el no tiempo, es el Ahora; es el Tiempo de Dios, y en su entorno, en los círculos concéntricos internos o externos de la rueda, se encuentran los tiempos del Más Allá, los extraños tiempos del Otro Lado.
Cuando un humano penetra en el tiempo de los muertos, en el Sid de las tradiciones célticas, se produce una ruptura con el curso del tiempo humano.
Minutos de tiempo allí pueden suponer siglos de tiempo transcurridos en el mundo. También puede suceder a la inversa.
El primero de noviembre (Samain), día primero del año nuevo céltico, que cierra un año y abre otro, se sitúa simbólicamente fuera del tiempo humano, y abre con ello una puerta al Mundo de los Muertos.
Una misma intención simbólica estructura los días de la semana, seis de los cuales representan los tres ejes de la existencia espacial en el tiempo (arriba y abajo, delante y detrás, derecha e izquierda), y el séptimo, el domingo, representa el centro sin dimensiones de la eternidad.
En el simbolismo alquímico, es común una representación circular de la eternidad con el “Ouroboros”: la serpiente que se muerde la cola, haciendo de su fin su principio, y remitiendo al eterno retorno, en una fusión de lo ctónico (la serpiente) y lo celestial (la perfección circular).
El Ouroboros representa así la anulación del tiempo mediante la repetición del acto ritual de la Creación.
La voluntad de intemporalidad presente en la mística y en el arte más sublime expresa el anhelo humano de trascender el tiempo y conectar con la Eternidad, que es la fuente del Ser.
En la Eternidad, Dios está, ahora y siempre, creando cada instante de la existencia del Universo desde su principio, si lo tuvo, hasta su fin, si ha de llegar.
La salida del tiempo, alcanzando un éxtasis sin medida computable; la aproximación humana a esa esquiva eternidad inalcanzable, es una constante búsqueda de experiencias extremas, en la orgía y el máximo desorden de los sentidos, y también en la vivencia íntima del amor más puro y absoluto.
Aquí se halla sin duda la razón de esa misteriosa proximidad que se ha dado a menudo entre los grandes pecadores, los amantes más entregados y los santos.
Todos son, a su manera, exploradores del Absoluto, con una compartida sed de Eternidad.
El presente es el único punto de encuentro entre la conciencia y el mundo. Pasado y futuro son elaboraciones subjetivas.
Solo en el presente podemos mirar hacia la Eternidad; el centro de la rueda, y avanzar por el radio en el que estamos hacia su encuentro…
Hasta aquí una somera aproximación al simbolismo del tiempo.
Queda por revisar la evolución de las nociones modernas del tiempo desde los puntos de vista de la Física y de la Metafísica.
Si algún lector se anima, le propongo para ello una próxima cita.

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