Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Mirando lejos (II)

La cultura es una compleja integración de campos o dominios componentes, cuya suma configura el conjunto de interpretaciones (del mundo, de la existencia, de la vida humana) que dotan de sentido a todo lo que existe para una determinada comunidad.

Hay diversas culturas, según sean las diversas civilizaciones. Usualmente, el tronco vertebrador de una cultura es de naturaleza mítica o religiosa.

En concreto, para nosotros, occidentales, herederos de la tradición judeo-cristiana, el núcleo vertebrador es la religión cristiana, en paralelo con la herencia greco-latina y, en menor medida, y con una interpretación radicalmente distinta de la judaica, según nos ha hecho ver Harold Bloom, la tradición bíblica.

Lo queramos o no, sobre un conjunto de poemas fundacionales, mitos, revelaciones proféticas y relatos mitológicos se asienta la compleja estratificación histórica que ha dado origen a todo lo que somos; a nuestro arte, a nuestra fe, a nuestros valores.

En nuestra tradición, la filosofía, la gran herencia cultural griega, así como el derecho, la gran herencia romana, se pusieron al servicio de la teología, el núcleo duro de nuestra tradición.

Tras la revolución científica de los siglos XVII- XVIII, el núcleo duro de la cultura moderna pasó a ser la física, formalizada con las matemáticas.

La física es el modelo de rigor al que aspiran las otras nuevas ciencias, desgajadas del territorio de antiguas disciplinas como la filosofía o la teología.

Pero la física ha sido algo más que eso en los últimos dos siglos. Ha constituido la fuente de nuestra cosmovisión. Todas nuestras interpretaciones de las realidades naturales, históricas, sociales o personales toman a la física como modelo teórico vertebrador.

En este esquema de cosas, la física se sitúa en la vanguardia del conocimiento, y sus modelos van impregnando a las demás ciencias, primero la química y las ciencias naturales, y luego las ciencias biológicas y sociales; la psicología, la sociología, la economía, la filosofía. Y finalmente, el sentido mismo de lo que comúnmente se acepta como realidad.

Ese proceso no s instantáneo: esa impregnación y transmisión dura décadas, a veces siglos.

Puede darse, y se da, el caso de que las ciencias “periféricas” y las vigencias sociales tomen como referencia un modelo obsoleto; un esquema conceptual genérico (lo que se denomina un paradigma) que la ciencia de vanguardia ha dejado atrás.

Desde el comienzo del siglo XX se está gestando el cambio de paradigma más importante de la Historia. Un cambio que transforma completamente la idea, el sentido o lo que podemos meramente intuir que pudiera ser la denominada “realidad”.

Dos etapas claves cabe señalar: la Teoría de la Relatividad Generalizada y la Teoría Cuántica. Ambas acontecieron en sintonía con la fase creativa del siglo XX: sus tres primeras décadas.

Ahora mismo, en esta primera década del siglo XXI, se está planteando una tercera revolución que persigue una Teoría Integral de Todo, con la unificación de las cuatro fuerzas básicas de la Naturaleza (la gravitatoria, la electromagnética, y las dos nucleares, fuerte y débil) sintetizadas como expresión de una estructura geométrica multidimensional de curvaduras del tejido mismo del cosmos.

La primera revolución, la Relativista, acabó con la noción newtoniana de un tiempo absoluto, independiente del estado de movimiento del observador, e introdujo el tiempo en un entretejido con las dimensiones del espacio, dando lugar a la noción de continuo espacio-temporal. Según el movimiento de un cuerpo en ese continuo el tiempo transcurrirá para él de un modo más o menos lento que el tiempo para otro cuerpo desde el que observamos el movimiento del primero.

Esta teoría acabó con la idea de simultaneidad de sucesos, haciendo del Universo un campo energético donde la materia es energía condensada, la energía crea el espacio y la acción gravitatoria a distancia es un efecto de la deformación del espacio-tiempo en la región donde se sitúa una masa.

Esta primera revolución tiene todavía pendiente su traducción a la metafísica, por no decir al pensamiento común.

En un mundo donde todavía tienen plena vigencia visiones atomizadas y materialistas del hombre (marxismo, capitalismo, conductismo, etc…) resulta que la materia ha dejado de ser, no ya “materialista”, sino meramente material.

Esto mismo es lo que manifiesta sin lugar a dudas la Teoría Cuántica, que relega al olvido la noción de átomos materiales, haciendo de las partículas elementales la expresión de una entidad abstracta de naturaleza estadística llamada “función de onda”, que se manifiesta como “ondas de probabilidad”, que pueden interferir consigo mismas haciendo que un solo electrón o fotón atraviese dos rejillas a la vez y forme por detrás un patrón de interferencia como el de las ondas de agua de un estanque agitado.

Una misma partícula que, por otra parte, se comportará como partícula si la disparamos sin obstáculos contra una placa fotográfica, o si tiene que atravesar una sola rejilla.
El Principio de Indeterminación afirma literalmente que una partícula no tiene simultáneamente posición y velocidad definidas. No se trata de que no se puedan medir sino que no existen.

La realidad es algo intrínsecamente borroso, inconcreto, hasta que la forzamos nosotros a definirse en un sentido determinado observándola, lo que se denomina provocar el “colapso de la función de onda”.

Con la Teoría Cuántica, la materia se convierte en algo tan etéreo como una onda probabilística en interacción con el observador. Seguiremos explorando el tema.

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