Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Pepe Roblo

POR JUAN HERNÁNDEZ CALVO

Foto-Roblo

José Calvo Robles, “Pepe Roblo”, nació en Águilas en 1934; de profesión agricultor mecánico, albañil carpintero, matarife, barbero, practicante, haciendo pozos- galerías (buscando más agua en los pozos), y por último Artesano Honorifico del esparto. Hijo, nieto y biznieto de agricultores. Casi siempre ha trabajado por su cuenta aunque algunas veces ha trabajado para otros

Con 6 años se iba al monte de pastor solo, siendo la jornada en el monte de 8 a 10 horas o más, dependiendo lo lejos que iba. Cuando tenía que cuidar mulas y burros a veces se quedaba a dormir, en un” colchón” que se hacía con matas; la comida que llevaba en un zurrón que era un trozo de torta y un trozo de tocino, el resto lo que encontrara, higos almendras, etc.
A los 10 años se iba con su padre a recoger el esparto que él cogía haciendo montones para cargarlo en las bestias y traerlo al pueblo (entre 20 y 25 km. de distancia). Cuando se acababa la temporada del esparto había que labrar y preparar la tierra, para poner tomateras, o las verduras de cosecha, arreglar las “bestias “, traer el agua para el gasto de la casa que estaba a unos 2 km. de las casa.
Con 17 años se fue con otros tres más, a Ramonete, a sacar la fibra de los cactus Pitas, (parece ser que en la actualidad el picudo está acabando con ellas). Era un trabajo muy duro ya que recibía muchos pinchazos y era muy doloroso, se iban para una semana, tenían que dormir a la esponta de una pedriza, “de cama “apañaban unas cuantas matas y ramas, teniendo que llevar la comida para la semana, al menos como recompensa se ganaba mucho. Todas las semanas la pita que sacaban se traía en una burra, para venderla a un tal Cristóbal Mota, que tenía el almacén frente al caño de los arcos, estando así unos 5 meses. Posteriormente “el roblo” hace lo mismo, pero en el campo de Águilas.
Después se fue a la mili, y al regreso se casó con Rosita, y se puso a trabajar en la tierra que tenía su padre con un pequeño manantial pero se secó y había que trabajar por fuera haciendo de todo. Poco a poco hicieron con su padre y sus hermanos un pozo para buscar agua teniendo 45 ms. de profundidad y varias galerías, hasta que dieron con un poco de agua suficiente para el gasto de la casa y de la poca tierra que tenían. Luego de contrato cinco pozos más, de 15 a 25 ms. cada uno y 1,20 de diámetro, con un marro y un puntero y un torno para sacar el escombro. Estos pozos los hicieron a quienes se lo encargaban. Después sus hermanos se independizaron trabajando por su cuenta y como la tierra daba para poco había que hacer de todo: como no había practicante cerca, aprendió a poner inyecciones, al preguntarle yo que si alguien se había quejado contestó, diciendo entre risas: “¡no se murió nadie, ni tampoco se me infectó ninguna inyección, así que no lo haría tan mal!
“El roblo” trabajó también de ayudante de albañil haciendo varias balsas. Dice pepe que aprendió a soldar y un poco de mecánica y algo de carpintería para su arreglo. Y la profesión de matarife lo aprendió de mayor, diciéndole yo, que me relatara una matanza, dice que por aquellos años una matanza era como una fiesta porque con las necesidades que había y uno que iba con hambre. Y que los jóvenes aparte de irse bien comidos terminaban todos tiznados de hollín… disfrutaban mucho.
Pepe llevaba todos los preparativos de la matanza, hasta la mesa, ya que a él no le ha pasado pero más de un chino después de estar en la mesa para matarlo se había roto la mesa y había salido el “chino” corriendo. Contaba con ayuda de los vecinos, unos se ayudaban a los otros, ya que se necesitaban varias personas. Las matanzas normalmente se hacían en los meses de noviembre y diciembre. Se empezaba por la tarde, se mata el “chino”, se pela, y se cuelga, se le sacan las tripas y asadura etc. Y se dejaba colgado hasta la madrugada siguiente (antes de que acudieran las moscas). Muy temprano se despieza las tripas y se llenan las morcillas, salchichas, longanizas, sobrasada, blanco, etc. Las morcillas, butifarra, blancos, se cocían y se dejaban orear; y los huesos, el tocino y el jamón se guardaba en sal y luego se oreaba. Luego venía lo que todo el mundo esperaba… la “fritá” de asadura etc. que se hacía con patatas. La comida normalmente se junta con la cena hasta terminar de hacer los embutidos. Dice pepe que cuando se mata un “chino” se aprovecha hasta la sombra. Que en una matanza casi siempre había más de 20 personas (por lo menos a la hora de comer) a la hora de trabajar siempre había menos.
Dentro de los muchos trabajos que ha tenido Pepe “El roblo” quiero destacar las manos prodigiosas que ha tenido y tiene para el esparto. Hace unas piezas preciosas, y en especial unas miniaturas dignas de estar en un museo. Destacar una vez más, que Águilas ha sido cuna del esparto, fuente de la economía aguileña; que ha habido muchos artesanos-esparteros muy buenos, muchos de ellos ya no viven hoy. Recientemente “El Roblo”, junto con otros quince esparteros, han sido nombrados Artesanos Honorificas del esparto; reconocidos por la Comunidad Autónoma de Murcia y por el Ayuntamiento de Águilas.
Nos explica como anécdota que por los años 60 vino un vecino que quería que lo pelara; tenía mucho pelo y muy sucio. Cuando se puso el “roblo”, a cortárselo, le costaba mucho trabajo, las tijeras no cortaban, y una de las veces, como estaba tan duro, no se dio cuenta que le había pillado una oreja haciéndole un corte que estuvo tirando sangre varias horas, al final, se llevó la oreja entera….pero no fue a pelarse más.
Pepe el roblo ha relatado como le gustaría que su hijo Manolo aunque de profesión no es agricultor si lo tuviera como un hobby.
Hay un dicho: “hombre de muchos oficios, de futuro pobre”, creo que el dicho en este caso ha fallado. Pepe el Roblo ha sido un hombre con un futuro bueno, todo lo que hace lo hace muy bien.
Sirva este escrito para hacerle un pequeño homenaje a un hombre que conozco desde hace muchos años, a Pepe “Roblo, así como a todos los agricultores que tanto han trabajado en nuestros campos, tantas horas y muchos sin día de descanso.

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