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¿Naturaleza o convención?

Me ha sorprendido gratamente que uno de los colaboradores de este medio me haya retado a un duelo dialéctico sobre un tema tan controvertido como la moral. A pesar de que no soy ningún experto en la materia, acepto con gusto y espero que lo que empezó como una invitación a reflexionar sobre las rebajas morales, pueda llegar a ser, gracias a los artículos de Salvador Montalbán, un debate interesante.

Antes de nada quiero disculparme por el símil de la araña y los comerciantes. En mi defensa he de confesar que siento una gran admiración por estos pequeños animales y que me apasiona el arte con el que se labran su forma de vida. Tal vez es menos justificable lo de haber llamado a los compradores “moscas consumistas”. Mil perdones.

En cuanto a la moralidad, comenta mi homónimo amigo que es algo que depende de cada cual, ya que, según él, no existe una moral universal. Sin embargo, y a pesar de que sus ejemplos para ilustrar que ante un mismo hecho pueden haber muchas interpretaciones son impactantes, me afirmo en mi tesis de que la moral no es una convención, sino que se trata de algo innato en el ser humano. Me decanto, sin dudar, por el naturalismo ético, porque el convencionalismo ha dado muestras de no ser viable.

Esta última teoría filosófica, iniciada por los eternos oponentes de Sócrates, los sofistas, defiende que el origen de la moralidad descansa en convenciones necesarias para la vida en común de las sociedades; sin embargo, todos los ejemplos que aduce mi contrincante dialéctico demuestran justamente que no se logra de ese modo un proyecto común pacífico, sino el conflicto de intereses. Precisamente, para los sofistas griegos, el nomos (enfrentado a la Physis o naturaleza) era entendido como opinión colectiva o ley y éste tenía su fundamento exclusivo en un acuerdo basado en el interés.

(…) pueda llegar a ser, gracias a los artículos de Salvador Montalbán, un debate interesante

Por lo tanto, no hay criterios para determinar lo que es moral e inmoral con independencia de las convenciones particulares de la sociedad de turno. Esto trae consigo que si hoy está prohibido matar, quizás mañana las normas cambien y el acuerdo sea la ley del más fuerte. Esta postura, defendida por los políticos contractualistas, encabezados por Hobbes, lleva a acatar una obediencia al pacto social y una cesión de la libertad individual en post del poder común. En el caso del Leviatán, el poder toma la forma del soberano, cuyos mandatos deben ser obedecidos. Y esto es algo que instintivamente me pone en alerta, a pesar de no haber vivido las épocas dictatoriales de antaño.

En la misma línea, Montesquieu defendió el relativismo moral basándose en este mismo principio. Otro tipo de teoría convencionalista es la ética utilitarista, que sostenía que la naturaleza humana debía ser moldeada y que la felicidad se encontraba en el placer de obedecer las reglas sociales. El problema era que la búsqueda de la felicidad para el mayor número tenía que acoplarse a la convención social, ya fuera una sociedad democrática o totalitaria. Finalmente, desde Kant hasta Habermas se ha defendido un tipo de éticas deontológicas, universalistas o procedimentales que presentan una orientación afín al convencionalismo. Entre ellas llama la atención el invento de Rawls y su concepto de “posición original”, una hipótesis según la cual todos elegiríamos lo mejor para todos.

Castillos en el aire que muestran que esta posición no se sostiene en pie. Frente a ella, el naturalismo moral me grita, desde el interior de mi propia conciencia, que hay principios universales e inalienables, de los que gustosamente escribiré en otros artículos. Querido Montalbán, touché.

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