El Invencible: la historia del hombre que dio nombre a una cala de Terreros
Hay nombres que parecen formar parte del paisaje desde siempre. Los pronunciamos con tanta naturalidad que rara vez nos preguntamos de dónde vienen. Es lo que ocurre con El Invencible, el nombre con el que conocemos la pequeña y primera cala urbana de Terreros. Sin embargo, detrás de este curioso topónimo no hay una armada en una batalla naval ni un episodio perdido de nuestra historia. Su origen es mucho más reciente y, sobre todo, tiene un protagonista cercano: Antonio Díaz Quesada, un pulpileño, vecino de Benzal, que quiso construirse un chalet junto al mar y terminó dejando su nombre ligado para siempre a uno de los rincones más singulares de nuestra costa.
Para entender esta historia tenemos que viajar hasta el San Juan de los Terreros de los años sesenta, cuando Terreros tenía poco que ver con el que conocemos actualmente. Sus pequeñas calas estaban prácticamente desiertas de bañistas y algunas eran conocidas casi exclusivamente por quienes acudían a ellas en verano.
Antonio Díaz decidió siendo muy joven irse a Madrid a buscar fortuna. Cuando la hizo, se construyó un cortijo en Benzal, cerca de donde había vivido con sus padres, al cual regresaba habitualmente durante los veranos y las Navidades.
Consiguió hacer un gran patrimonio gracias a sus negocios de mercancías procedentes de América, especialmente de grano, y se convirtió en un hombre con gran influencia entre personalidades de la política y la farándula nacional.
Su figura, además, no debía pasar desapercibida. Quienes lo conocieron lo recuerdan vestido con botas altas con espuelas, pantalones bombachos, camisa holgada, sombrero corto con una pluma y una fusta en la mano, que usaba para golpearse en la bota. Se desplazaba en su flamante Cadillac con chófer y, según algunos testimonios, portaba incluso una pistola. En el Pulpí de aquellos años, aquella estampa debía de resultar difícil de olvidar y, quienes lo recuerdan, comentan que le daba un aire al artista Jorge Negrete.
Para Antonio Díaz, aquella cala desconocida, repleta de acantilados de arenisca amarilla, tenía un significado especial y acostumbraba a acudir a ella para bañarse con su esposa, Doña Pepita, a quien conoció en Madrid y que era hija de un general. Según recuerdan quienes los conocieron, el matrimonio llegaba acompañado de sus dos sirvientas y disfrutaba de aquel rincón tan solitario y mediterráneo. Era otro Terreros: tranquilo, aislado y muy lejano del lugar turístico que hoy conocemos.


Pero había otra faceta de Antonio Díaz que merece ser recordada.
En el libro De la escuela rural a un internado en la capital, su autor, Pedro L. Haro Ortega, recoge la figura de Antonio Díaz como aquel vecino de Benzal que hizo fortuna en Madrid y que pasaba temporadas en su cortijo. El relato cuenta cómo, cuando venía de vacaciones, se reunía con sus amigos de la juventud y pasaba largas veladas con ellos, jugando a las cartas o disfrutando de espectáculos que él mismo organizaba con músicos locales y otros que traía de Madrid. Son famosas las fiestas que realizó, en las cuales se comenta que invitaba a ministros y artistas de primer nivel.
En dicho libro se explica cómo vecinos de Pulpí acudían a él para ayudar a varios jóvenes de familias humildes que querían continuar sus estudios, confiando en que pudiera proporcionarles ese primer impulso económico que les permitiera después acceder a una beca.
El maestro de Benzal, Don Diego, le sugirió que, habiendo niños y niñas en las escuelas de Benzal con aptitudes para el estudio, era una pena que no pudieran desarrollar sus capacidades. Entonces, Antonio Díaz le dijo que eligiese dos zagales y dos zagalas y que él se encargaría de pagarles los estudios. Finalmente fueron cinco, dos niños y tres niñas, los que mandó a estudiar a Almería, internos en los colegios privados Diocesano y Milagros, convirtiéndose en el auténtico mecenas de aquellos críos que, a día de hoy, ya son abuelos.
También recuerda la cantidad de jóvenes de Pulpí a los que ayudó para conseguir un puesto en Telefónica u otros organismos públicos, o solucionando determinadas gestiones durante el servicio militar. Son historias que todavía merecen ser investigadas, pero que ayudan a entender hasta qué punto Antonio Díaz fue una persona influyente y benefactora en la vida de algunos vecinos de Pulpí.
Y volvemos ahora a la pequeña cala de Terreros.
A Antonio Díaz le gustaba tanto aquella pequeña cala que decidió construirse allí su chalet. Pero aquello no iba a ser tan sencillo. Levantar una vivienda en primera línea de playa suponía enfrentarse a importantes obstáculos y, según los recuerdos que han llegado hasta nosotros, Antonio tuvo que pelear con el Ayuntamiento de la época para sacar adelante su proyecto.
Pero Antonio Díaz tenía recursos, contactos y una enorme capacidad de influencia. Recurrió a sus relaciones en Madrid y, especialmente, a contactos vinculados al Ministerio de Marina y de Defensa. Finalmente consiguió lo que quería: construir su chalet precisamente en el lugar donde durante años había acudido a bañarse con su esposa.
Y entonces llegó el momento de ponerle nombre.
El Invencible.
No tenemos, por el momento, un documento escrito por Antonio Díaz en el que explique por qué eligió exactamente ese nombre. Pero la historia que ha llegado hasta nosotros ofrece una explicación que encaja con todo lo ocurrido. Después de haber tenido que luchar para conseguir construir aquella vivienda, el nombre habría sido una forma de celebrar aquella victoria personal. Había encontrado obstáculos, había utilizado todos los recursos a su alcance y, finalmente, había conseguido su propósito.
El chalet se llamó El Invencible.
Y con el tiempo ocurrió algo que sucede muchas veces con los nombres de los lugares: el nombre de una propiedad terminó pasando al lugar que la rodeaba. La entrañable cala situada frente al chalet comenzó a ser conocida también como El Invencible, y así el nombre de aquella vivienda terminó formando parte del paisaje de San Juan de los Terreros.
El chalet sigue en pie. Ha pasado por diferentes propietarios y su actual dueño está restaurando el antiguo rótulo que todavía conserva el nombre con el que Antonio Díaz decidió bautizar su casa. Lo mismo ocurre con el nombre de la calle Invencible, situada junto a la vivienda.
Y hay otro detalle que hace que esta historia resulte todavía más especial.
Hasta hace poco, conocíamos a Antonio Díaz por los recuerdos de quienes lo trataron y por las referencias escritas que han ido apareciendo. Pero ahora podemos ponerle rostro.

En ella aparece con traje y corbata, muy diferente a como lo recuerdan los vecinos cuando recorría Pulpí y Terreros con sus botas con espuelas, su fusta y su Cadillac con chófer.
Quizá esta fotografía sea solo el principio. Tal vez, en alguna casa, olvidada en una caja de fotos antiguas, aparezca otra imagen suya, de sus famosas fiestas o de su flamante Cadillac, vestido con aquel atuendo tan singular. O simplemente aparezca el recuerdo de alguien que todavía conserve alguna anécdota vivida con él o haya escuchado hablar a sus padres o abuelos de cómo Antonio Díaz ayudaba a sus paisanos cuando era una persona muy influyente en Madrid.
Porque cuando bajamos a la Cala El Invencible, vemos una pequeña y preciosa playa rodeada de paredes de arenisca y abierta al Mediterráneo. Pero ese topónimo nació de un hombre que construyó su chalet rodeado de pinos carrascos y a la orilla del mar, de los obstáculos que tuvo que superar para conseguirlo y de la decisión de ponerle a aquella casa un nombre que recordara su victoria.
Antonio Díaz quiso con pasión y arrojo aquel rincón de Terreros y, más de medio siglo después, el chalet sigue en pie y la cala continúa llevando aquel nombre que ya forma parte de la memoria de Terreros: El Invencible.


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