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Sandía versus viagra

Sabíamos que comer zanahorias es bueno para la vista; y que la ingesta de naranjas previene afecciones catarrales, resfriados y otras plagas de similar patología. Por consejos médicos hemos ido aprendiendo que las verduras y algunas frutas, por su alto contenido en fibra, son buenísimas para un óptimo tránsito intestinal o, lo que viene a ser igual, para librarse del estreñimiento. Pero lo de la sandía como vasodilatador sustitutivo de la viagra… Eso va a traer mucha cola. Y no va con segundas.

¡Pura viagra, mujeres, pura viagra!. Era la voz pregonera de un frutero, en el mercado ambulante, al siguiente día de conocerse la noticia de que, según un estudio científico de una Universidad de Texas, la sandía está a punto de sustituir a la viagra en la cosa de arreglar lo de la disfunción eréctil. (Evitemos equívocos y erróneas interpretaciones de tinte sexista: el frutero se dirigía a las mujeres porque son las que, con mucha diferencia, más abundan en el frente de intendencia doméstica).

Y no parecía la parroquia -femenina y/o masculina- estar muy convencida de que lo que en algunos lugares se ha conocido siempre como melón de agua vaya a convertirse en una suerte de oro rojo; y mucho menos de que esté llamado a levantar libidos y aminorarle el problema a los menos preparados.

Claro, que tampoco ayuda mucho en cuestión de credulidad alguna información que aparece colgada en ese mundo maravilloso que es Internet. Está bien enterarse de que la sandía es una planta herbácea que pertenece a la familia de las Cucurbitáceas y que crece en una planta llamada sandiera. O saber que es muy rica en un capazo de vitaminas además de en manganeso, potasio y hierro (¿tendrá que ver algo este mineral con la cosa de la dureza?). Pero que te digan, así, de sopetón, que es un fruto rastrero de la Citrullos vulgaris no aclara mucho; al contrario de lo que ocurre con otros vocablos científicos y totalmente desconocidos para casi todos, la inercia connotativa puede llevar a muchos a pensar que se trata de otra cosa, pues ya sabemos el valor que aportan a la sociedad los individuos rastreros y vulgares.

Pero vamos a lo que íbamos y retomemos el escenario mercadero. Dos hombres de edades… digamos maduras -de esos, ya bastantes, que últimamente podemos encontrar en los mercadonas, carrefures y mercados ambulantes-, envueltos el soniquete ambiental de aquel frutero, mantenían un diálogo no se si de sordos o de besugos. “Eso es que hay sobreproducción y tienen que inventarse algo para darles salida”, decía uno de ellos, tan escéptico como incrédulo, provocando la contestación del otro en el sentido de que “sea lo que sea, verás la subida que va a experimentar”. Se refería el hombre al precio de la sandía, no a los efectos secundarios de la misma; “que de eso, apostillaba, no me creo nada de nada”, a lo que el compañero asintió con semblante apesadumbrado.

Se despidieron y emprendieron camino en diferentes direcciones, pero en cuanto cada cual se observó fuera de la visual del otro no pudo ninguno de ellos resistir la tentación. ¿Y si fuera verdad ?. Hicieron hueco en el fondo del carrito, aunque no para esconderlas sino para no chafar tomates, fresas y cerezas, y colocaron bajo todo ello un par de sandías.

No se si es que la noticia no ha causado el furor que se esperaba, pero lo realmente constatable es que el precio de la sandía no se ha disparado. O sea, que tampoco es cuestión de revocar recalificaciones de terrenos y reconvertir futuros resorts en sandieras.

Además, habrá que esperar al posicionamiento de los sectores sociopoliticoreligiosos más ultramontanos, que si ya pusieron el grito en el cielo cuando el descubrimiento de la viagra -muchos de ellos, hipócritamente-, no sabemos si se sentirán en la obligación moral de organizar una cruzada contra la sandía.

Para valorar el eco de esta noticia, lo más indicado era ojear periódicos y volver al universo de Internet. Entre los primeros aparecen titulares como ¡A comer sandías! o Sandía, la viagra de la huerta. Y alguno de los apuntes generales sobre la sandía colgados en Internet dice que es originaria del África Tropical. ¡Acabáramos!. Ya podemos ir imaginando por qué andan tan bien surtidos, o armados, los paisanos y familiares de aquel negrito que cantaba la canción del Cola Cao.

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