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Fuegos

Los fuegos del cielo se derraman sobre la piel resquebrajada de esta vieja España sin mañana, con el corazón roto. En la inclemente, devoradora luz del mediodía, arden los escasos paraísos naturales que nos quedan, y se queman las esperanzas de los que creímos, y aún creemos, en su grandeza, desguazándose cada día un poco en la almoneda de los cambalaches de los políticos, que disimulan su odio con gestos demagógicos de oportunismo electoralista. El fuego abrasa la tierra y los espíritus; llamas gigantescas se alzan.

El combustible que las alimenta y propaga por doquier con rapidez fulgurante se llama estupidez.

La estupidez e irreflexión de esos excursionistas malditos que no podían renunciar a hacer su barbacoa pese a las advertencias recibidas. ¡Estaría bueno, restringirles a ellos en sus derechos, ellos que tan bien saben lo que se hacen! No parecían saberlo lo bastante, según se ha visto. La estupidez e irreflexión de unos equipos dotados de medios de extinción nominalmente establecidos y efectivamente inexistentes, inoperantes o absolutamente descoordinados. La de los responsables locales, incapaces de percibir la necesidad de afrontar la situación de máximo riesgo existente antes del incendio. La estupidez prepotente de las autoridades autonómicas, que piden ayuda a Francia para apagar el fuego, desdeñando orgullosos la que les ofrece la vecinísima Comunidad de Madrid, porque, según las vigentes concepciones de lo que ahora es España, “del enemigo, ni agua”. Aquí tenemos un ejemplo claro, además, de lo poco que significan para esas autoridades la solidaridad y la prevalencia del bien común sobre las consignas partidistas. El silencio culpable de las máximas autoridades nacionales, que callan porque no tienen nada que decir, y temen que su retórica vacua arda también.

En fin, que, como diría un castizo: “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Ella, la madre tierra, la madre historia, la madre España, digámoslo sin sonrojo.

Al oscuro, espantoso dios de la estupidez, ayer recluido en una pintura negra de Goya, y hoy libre y campante, se le han sacrificado en holocausto al menos once vidas humanas, enviadas con ligereza a una muerte atroz, y decenas de miles de hectáreas de uno de los paisajes más agrestes, bellos y libres de contaminación humana que nos quedaban.

Hablo con conocimiento de causa y auténtico dolor en el alma, pues yo conozco bien esas, hasta ayer, hermosas tierras del Alto Tajo.

Voy a cambiar de tercio, y hablaros ahora de otro fuego bien distinto: del fuego del espíritu, tal como hace poco lo he visto inflamarse en la Plaza Mayor de Madrid. Quiero hacerlo así como una aportación personal a la esperanza, porque no me quiero amargar del todo el artículo, ni amargaros a vosotros, amigos que me seguís, su lectura.

Se trata de una experiencia extraordinaria vivida con ocasión del concierto ofrecido en homenaje a las víctimas de terrorismo, con la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven, Opus 125 en re menor, por la Staatskapelle de Berlín dirigida por Daniel Barenboim. El acontecimiento tuvo lugar el pasado 15 de julio. Se había dispuesto un estrado para los músicos cubierto por un antiestético tinglado de armaduras de hierro y plástico negro en medio de la plaza. La fea precariedad del montaje contrastaba con los perfiles armoniosos y severos de las cubiertas y chapiteles de pizarra gris que coronan sobre el cielo azul las fachadas que dan a la plaza. Un poniente de fuego derramaba su plomo derretido sobre la multitud asistente, sentada en sillas de tijera. Alrededor de este espacio, guarecidas junto a los soportales, las terrazas abarrotadas de cafés y restaurantes bullían de actividad: tráfago de camareros, conversaciones, risas, tintineos de vasos y cubiertos.

Al poco, llegaron los músicos, ocuparon sus asientos y un hombre alto, de pelo blanco y ademán resuelto, empezó a dirigir la obra, con enérgicos movimientos de batuta.

Y de la fea embocadura del tinglado que os he descrito empezó a fluir un huracán de pura belleza, de belleza dura, indigesta, radical, ultraterrena. De belleza sin concesiones al sentimentalismo, a las alambicadas armonías que son también la gloria de la música. La belleza de esta música es la de la voluntad y el intelecto, la de la sobria percepción y acatamiento del absoluto. Una música exigente, invasiba, poderosísima, que no da tregua y corta el aliento.

Y este vendaval, este torrente angélico-de los ángeles terribles que cantó el poeta Rilke- se derramó sobre los que allí estábamos, deglutió todos los sonidos profanos de esa vida intensa y cotidiana de la plaza. Cuando llegó la parte coral de la obra, el silencio era total, y la atmósfera, recalentada y eléctrica, se podía cortar con un cuchillo. Al concluir el “Himno a la Alegría”, toda la plaza, al unísono, se puso en pie, aplaudiendo a rabiar con una expectación, un entusiasmo, que podían leerse en cada cara, en caras llenas de asombro, que quizás nunca habían escuchado esta obra.
Fue un milagro. Como lo viví os lo cuento…

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