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Un deber o un privilegio

Francisco López Belmonte

Ayer oí en un reportaje, en un Medio de Comunicación, que hay treinta millones de niños sin escolarizar en el mundo. Son muchos más los que no tienen posibilidades de obtener una formación media.

Nadja trabaja en una mina que hay cerca de su aldea, en Tanzania, a tan sólo seis kilómetros de su humilde vivienda. Se levanta antes de amanecer para estar allí a la hora de comenzar su tarea (acarrear piedras). Cuando termina su jornada vuelve a casa, se lava lo mejor que puede y se va a la escuela de la misión, a tres kilómetros en otra dirección. Por supuesto que todos los trayectos los hace andando. Está muy contento de poder aprender a leer y a escribir. Son seis hermanos y tan sólo dos tienen este privilegio, los otros tienen que trabajar todo el día. El mayor tiene doce años. Nadja tiene siete.

Joao vive en las calles de Río de Janeiro; tiene ocho años y nunca conoció a sus padres. Cada día, junto con otros chicos de su edad, recoge deshechos de metal, hierro, aluminio, cables, y los vende a un chatarrero. Con lo que gana compra algo de comida y… otras cosas que lo están envenenando. Nunca podrá ir a un colegio. Algunas O.N.Gs están trabajando mucho para ayudar a estos niños, pero no pueden llegar a todos; son demasiados.

Kevin José vive en un pueblo murciano. Tiene nueve años y todos los días su madre lo llama para que se levante, cuando se va a trabajar. Le deja un euro sobre la mesa para que se compre el almuerzo cuando vaya para la escuela. Él se queda sólo en casa porque sus padres trabajan los dos. Se levanta con el tiempo imprescindible para salir hacia clase. Baja en el ascensor (aunque le convendría más hacerlo por las escaleras ya que está un poco rellenito) y en la esquina le espera el autobús escolar que lo deja en su colegio. Con todo, siempre que puede se “escaquea” alguna clase, porque se aburre.

En muchos Centros escolares han tenido que subir las vallas hasta tres metros, cerrando al máximo el recinto. Son bastantes los escolares que saltan fuera para librarse de la enseñanza y otros que no pertenecen al Centro saltan para meterse en los patios para realizar “otras actividades”. Parece ser que algo no funciona bien. Los que quieren no pueden y los que pueden no quieren; la historia se viene repitiendo desde hace siglos y, con circunstancias diferentes, la humanidad sigue igual que siempre.

Nos lamentamos por la situación de millones de niños que sufren. Observamos con estupor la indiferencia y la irresponsabilidad de muchos padres para con sus hijos. Y ni en un caso ni en otro podemos hacer nada. Pero lo que sí podemos hacer es educar a nuestros hijos para que comprendan que la educación y la formación es un privilegio maravilloso que deben aprovechar al máximo y sentirse felices por ello. Y lo que sí podemos hacer también es apoyar a esas Organizaciones que trabajan para dar oportunidades de mejora de vida a millones de niños y presionar a nuestros gobiernos para que destinen mayor presupuesto en ayudas a otros países más necesitados. Salomón escribió: “Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él”.

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