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El infierno y los demás

“El infierno son los demás”
(J.P.Sartre)

Es un aforismo desolado. No habla de presencias ultraterrenas maléficas, de seres más poderosos, más sabios, más malvados que el hombre, seres responsables del Mal en el mundo, seres que nos convierten en comparsas, en marionetas accionadas desde las tinieblas. Seres que nos descargan de responsabilidades mayores, haciendo de nuestras acciones más perversas los efectos inevitables de una fatalidad y una acechanza diabólica. Quizás, pese a Sartre, estos seres existan. A la vista de la historia y la condición humana, estoy por creerlo.

Pero no voy a escribir de eso aquí y ahora. Voy a glosar, mirando alrededor mio, esa acusación formidable que nos dirige el filósofo existencialista por antonomasia. La idea contenida en ella aparece con frecuencia en su obra, desde “El Diablo y el Buen Dios” hasta “A puerta cerrada” (“Huis clos”).

En esta última obra, una serie de personajes corrientes, ordinarios, ciertamente no buenos, pero tampoco especialmente malos, seres fundamentalmente mezquinos, resentidos, insignificantes, hacen antesala. Hablarán entre ellos, se conocerán y se despreciarán mutuamente según la obra avanza. Todos llevan su lastre de miserias y rencores. Al final, serán conscientes de su situación real: han muerto, están en el infierno, y el infierno será para ellos ese hacer antesala eternamente, esa eterna espera compartida, soportándose, odiándose, atravesando hasta el infinito el hastío y la nausea de una compañía no deseada.

No se abrirá la puerta para ellos, no aparecerán oscuros demonios para atormentarlos. Eso casi sería un alivio; sería al menos un desenlace.

Ellos mismos serán sus peores y más refinados atormentadores.

Apunta aquí Sartre a un punto vital de nuestra sensibilidad, y después efectúa el disparo con pleno acierto. Esa es la maldición bíblica desde Caín, desde Babel.

“Homo hominis lupus” sentenció Tomás Hobbes.

Los hombres nos odiamos. A veces abiertamente, a veces cordialmente.
Anatole France decía que los hombres son peores de lo que parecen:”raramente he abierto una puerta por equivocación sin descubrir un espectáculo que me ha hecho sentir piedad, disgusto u horror de la humanidad”.

Ortega y Gasset abundaba en ello al comentar que la condición antisocial es tan necesaria para entender al “Hombre y la Gente” como su naturaleza social.
Frente a todas las monsergas con que los utopistas nos han pretendido, desde hace siglos, cerrar los ojos a la evidencia más palpable, frente a tanto “Buen Salvaje”, tanto “Contrato Social”, tanta “Emancipación Proletaria de las Cadenas del Capital”, tanto “Fin de la Historia” revolucionario anunciado, y lo que es peor, frecuentemente llevado a cabo cueste lo que cueste, la Historia real, la pura realidad desnuda solo nos muestran con que contumacia insistimos los hombres en empeorar las cosas, en amargarnos la vida y en hacer real y tangible el infierno entre nosotros.

Y frente a esa inveterada tendencia, tantas veces explayada con éxito bajo las más diversas banderas, religiones e ideologías se alzan, inciertos, escasamente asentados, amenazados siempre, los bastiones escasos de la moderación, la tolerancia, los valores, el sentido común.

Todos estos bastiones están hoy en vías de arruinarse, aparecen agrietados; sus cimientos fallan.

Nuestro mundo actual está en guerra. Estamos en guerra todos, los unos contra los otros. Esa guerra nos envenena la vida , nos la amarga, nos erosiona el carácter, como bien han sabido ver sociólogos y filósofos.

Unas regiones, hoy llamadas autonomías, contra otras o contra el Estado; los políticos contra los ciudadanos, los ciudadanos contra los funcionarios, y desde luego, estos contra ellos, los hijos contra los padres, las mujeres contra los hombres y los hombres contra las mujeres, los estudiantes contra los maestros, los inmigrantes contra los oriundos, y estos contra los inmigrantes, los terroristas contra todo y contra todos, los jóvenes, muy a menudo, contra sí mismos.

Al lado del escenario real de la guerra, los enfrentamientos de los políticos entre sí- la izquierda en guerra total contra los no adictos (el centro y las derechas más o menos desprejuiciadas o radicales) y, bien pronto hemos de verlo, las derechas liberadas de traumas contra las izquierdas- parecen, con toda su crudeza, escenas de sainetes tragicómicos postmodernos.

La España actual es uno de los focos más activos de esta guerra. A diario nos lo recuerdan los noticiarios: estamos en el país donde se consume- principalmente la juventud- más droga del mundo, donde un pueblo como Miranda de Ebro absorbe más cocaína que la ciudad de Londres, donde el Estado expolia concienzudamente a los ciudadanos, donde la policía se dedica a poner multas astronómicas por ocupar un metro cuadrado de arena en la playa con una sombrilla, o arrojar colillas al suelo por la calle, mientras se deja al español de a pie a merced de las bandas paramilitares de delincuentes nacionales y extranjeros que proliferan en una situación de práctica impunidad. Donde hombres y mujeres se destrozan mutuamente y no se crean Juzgados específicos para el caso al ritmo necesario para dar a basto. Donde se va a cerrar el sumario del mayor asesinato colectivo de la historia reciente sin que se conozca a ciencia cierta cual fue el arma del crimen, quién lo ejecutó realmente, quién lo instigó en la sombra, quién destruyó las pruebas y embrolló las pistas.

La única manera de evitar que los demás sean nuestro infierno es cursar en la vida (y, desde luego, no como asignatura) una carrera perpetua de auténtica Educación para la Ciudadanía.
¿Empezaremos a estudiarla alguna vez?.

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