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El francés

La pasada semana hablaba de la imposición de nuestra forma de hablar en aquellos lugares que hemos invadido, por una u otra causa. Aunque la mayoría de las veces no ha sido solamente para educar a los salvajes.

Pero a forma de hablar me refiero al idioma, al complejo sistema de signos que caracteriza una lengua común, la que nos sirve para entendernos, aunque no siempre exista el espíritu para ello.

Desde el año laporca venimos empleando una lengua común para comunicarnos, una vez superado el latín impuesto por el imperio. De sus recuelos salió el castellano como una de las lenguas romances, si no me recuerdo mal.

Y ahí estamos, casi mil años aprovechando un sistema que nos facilita hacernos entender.

Tuvo sus presiones, como entre los siglos VIII y XV, en que los árabes pisaron (y regaron) nuestras tierras, pero como el árabe parecía pelín difícil, y bastante alejado del latín cristiano, el viejo castellano se siguió hablando entre el populacho y los nobles menos advenedizos.

En la mezcla del árabe y el castellano se nos quedaron miles de palabras, básicamente de carácter geográfico o descriptivo que ya van a permanecer siempre entre nosotros, gracias a Alá y a las costumbres y la cultura que nos trajo desde el norte de África o desde la tierra siria, centro del saber de la época.

Así superamos otros quinientos años más sin obstáculos graves (que no fuera la preponderancia del inglés como lengua cultural y económica) hasta que llegamos a la democracia de finales del XX, en la que la flojera de piernas de vernos sin el dictador permitió a los políticos del turno de los ochenta, legisladores endebles a fe mía, que las lenguas de menor rango alcanzaran niveles circunstancialmente pretendidos pero nunca alcanzados.

Posiblemente por un aplastante sentido común.
Y desde entonces, que ha llovido un montón (por el norte, básicamente), hemos llegado a ver hasta el absurdo de tener que entender por subtítulos lo que dice un triste nacionalista o a que (más grave, sin duda) los enseñantes de una región hagan prevalecer sus idiomas de bolsillo sobre la lengua común.

Imagino que por el simple hecho de despreciarla, ya que no acabo de ver la mejora en la forma de expresarse y la validez para entenderse de estas lenguas superior al castellano, ni el mayor alcance en cuanto a vocabulario como para hacer sombra a una lengua más desarrollada y enriquecida, que hablamos más de 350 millones de personas y que se enriquece con aportaciones lógicas y extendidas en el tiempo y en el grupo social (a no ser que a una ministra novata se le ocurra otra cosa y altere los tiempos y las formas).

De ahí la felicidad al ver cómo la Academia Francesa se ha opuesto a reconocer oficialmente al catalán y al vasco, básicamente para (según han dicho) no repetir los errores lingüísticos de España, donde la ingenuidad del Estado ha conseguido que el idioma común sea desplazado de las escuelas.

Es una pena que las alegrías de este tipo te las den fuera, máxime cuando se trata de la protección del francés, un idioma con sensiblemente menor alcance que el español, para nuestra fortuna.

Y nosotros tan felices, y tan indolentes, y tan pavos, y…….tan……tan…….

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